Se paró el reloj

No recuerda cuándo fue la última vez que estuvo solo la noche de Fin de Año, si es que alguna vez había sido así. Este año acabará, para todos los que, como él, no son judíos, de forma peculiar, porque en el mismo momento se despedirá el día, la semana, el mes y el año. Se está preparando para ir a ver las campanadas a la plaza de San Juan, a los pies del Cristo de Telde, y así no estar solo en casa.

Recuerda las fiestas de juventud, donde la falta de teléfono móvil nos daba una libertad que las redes sociales, hoy, nos quitan. Y cómo en esa plaza, a la que hoy volverá, quedaba con sus amigos. Esta noche no espera encontrar a ninguno. Apenas han pasado dos semanas desde que ha vuelto a la isla que le vio nacer, después de muchos años entregados a la cultura de lo instantáneo en Silicon Valley, sin acordarse de ellos.

Completan su atuendo de esta noche un triste cotillón y una lata de uvas peladas. Al salir al rellano, se encuentra con la doctora italiana, su vecina de piso. Ella le sonríe y le desea que tenga un muy feliz comienzo de año, y, cómo se dice en su país: «Chi ben comincia é a meta dell’opera». Él le agradece sus palabras y se excusa porque va con el tiempo justo.

Están a punto de dar las doce, cuando entra a la plaza, mira el reloj, y en ese momento, antes de dar la primera campanada, se para. ¡Se paró el reloj! El bullicio, la fiesta, la gente, todo, menos él, se ha quedado inmóvil. Está en medio de una fotografía temporal, viéndolos parados, con posturas más propias de estar jugando al escondite inglés que de unas campanadas de fin de año.

Está en shock, no lo entiende, pero continúa caminando, entre la gente paralizada, hacia el banco de siempre. Y ahí están todos, muchos acompañados de sus parejas, e, incluso, algún hijo. Quiere pensar que podrían estarle esperando, como en los viejos tiempos.

Es entonces cuando suena la primera campanada y todos vuelven a la vida. Y ellos, sus amigos de juventud, lo ven, y corren a abrazarle y a darle la bienvenida al grupo de nuevo.

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