El PSOE de Gáldar acude a la Feria de Ganado, de San Isidro, como muestra de su apoyo al sector primario

“Es importante que todos tengamos las mismas oportunidades y las mismas ayudas, por lo que no debemos olvidar a nuestros ganaderos”, aseguró Francisco Hernández, candidato a la alcaldía del municipio galdense

Una de las prioridades para el Partido Socialista, liderado por Francisco Hernández, es el apoyo al sector primario y el impulso de éste. “Este sector es muy importante para nuestra Isla, pero también para nuestro municipio, desde las medianías hasta la cumbre, por lo que tienen todo nuestro apoyo para mejorar la calidad y las prestaciones del campo y la ganadería”, explicó Hernández, tras acudir a la Feria de Ganado de San Isidro, el pasado lunes. Y también añadió que, “desde la época de mi padre era consciente de la importancia del sector, me involucré al máximo, ya que Ferri junto con Manolo Martín, ambos tristemente fallecidos, fueron en su momento, los impulsores, nuevamente, de rescatar las ferias de ganado y la tradición de arrastre de éste, que se había perdido en Gáldar. Ferias en las que además de darles premios por el mantenimiento de las diferentes razas a los ganaderos, ayudas al transporte o asistencia al evento, se aprovechaba para obsequiarlos con sacos de alimento para el ganado”.

“El fiel reflejo de la salud de nuestro ganado, es sin duda las buenas elaboraciones de queso que se dan en nuestro municipio, siendo referente no sólo a nivel insular, sino también regional e incluso nacional”, expresó el candidato del PSOE.

“El sector primario forma parte de nuestro municipio, de nuestra economía y de nuestra cultura, por lo que desde el equipo socialista muestran su total apoyo ante las continuas adversidades que tiene que atravesar este sector desde hace mucho tiempo. Es importante que todos tengamos las mismas oportunidades y las mismas ayudas, por lo que no debemos olvidar a nuestros ganaderos”, aseveró Hernández.

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La Ascensión Del Señor Y El Silencio Público
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La Ascensión del Señor y el silencio público

¿Estamos olvidando quiénes somos ante un hecho central que pasa desapercibido? Ayer, jueves 14 de mayo, los cristianos celebramos la Ascensión del Señor, uno de los acontecimientos más significativos y profundos del calendario litúrgico. Según se relata rigurosamente en el libro de los Hechos de los Apóstoles (1, 6-11), Jesucristo, tras su resurrección, se despidió de sus discípulos y ascendió al Cielo ante la mirada de todos ellos, prometiendo el posterior envío del Espíritu Santo. Durante siglos, esta solemnidad no solo tuvo un carácter sagrado, sino que marcó de forma indeleble el ritmo espiritual, laboral y cultural de toda España. Era un día grande; una jornada de misa, de fiesta compartida y de honda celebración comunitaria. Sin embargo, hoy, en pleno siglo XXI, la Ascensión cruza nuestro calendario como un espectro, sin que apenas nadie repare en ella ni la mencione. Se percibe un vacío ensordecedor en la prensa, una ausencia absoluta en las ondas de la radio y una profunda indiferencia en las calles. Este silencio resulta verdaderamente sorprendente en un país donde la gran mayoría de la población se sigue declarando creyente y donde la matriz cristiana ha moldeado de forma inequívoca nuestra identidad colectiva. «La Constitución define a España como un Estado aconfesional, pero eso no significa —ni puede significar jamás— que debamos extirpar nuestras raíces. La aconfesionalidad garantiza libertad, no desmemoria». Aconfesionalidad no es amnesia Antes de que las corrientes biempensantes de siempre se apresuren a esgrimir el argumento de que España es un Estado aconfesional, les contesto con absoluta rotundidad: sí, lo es; pero amnésica, no. La Constitución consagra la aconfesionalidad para garantizar la libertad de culto y la neutralidad del Estado, no para decretar el olvido de nuestro propio devenir histórico. Sin embargo, la tendencia actual en los medios de comunicación y en las altas esferas de la vida pública parece empeñada en evitar, a toda costa, cualquier referencia a las grandes festividades cristianas, soslayando incluso aquellas que constituyen el núcleo vivo de nuestro patrimonio histórico común. No se trata aquí de mendigar privilegios trasnochados ni de reclamar imposiciones religiosas en una sociedad plural. Se trata de algo muchísimo más básico y elemental: reconocer que España posee una historia, una tradición y un alma cultural que no pueden ignorarse deliberadamente sin empobrecer de forma irreversible lo que somos. La paradoja es flagrante. La sociedad civil española continúa siendo mayoritariamente creyente; las familias conservan con celo sus costumbres íntimas y las parroquias locales se siguen poblando en las grandes celebraciones litúrgicas. No obstante, los grandes medios de difusión han adoptado una postura de «hiperneutralidad», confundiendo de manera errónea la laicidad con el mutismo absoluto. La representación pública de esa realidad sociológica y espiritual ha sido prácticamente desterrada. La Ascensión es, por desgracia, el ejemplo perfecto de cómo una festividad que vertebraba el pulso de la sociedad se diluye hoy en una calculada indiferencia mediática. Las consecuencias del desarraigo Al silenciar estos hitos, perdemos un lenguaje común, quebramos la memoria compartida y saboteamos la continuidad entre generaciones. Las fiestas cristianas nunca han sido meros actos de culto recogidos intramuros: son el tejido cultural invisible que ha dado forma a la arquitectura, a la literatura, a las tradiciones populares y hasta al propio calendario laboral que rige nuestras vidas. Todo nuestro entorno está atravesado por una herencia milenaria que no se puede borrar por decreto sin sufrir severas consecuencias de identidad. Cuando dejamos de nombrar lo que nos define y lo expulsamos de la conversación pública, damos un paso definitivo hacia una sociedad desarraigada, un desierto cultural donde cada nueva generación parece obligada a empezar desde cero, desprovista de referentes estables. Es fundamental aclarar que esta crítica no nace de una postura estrictamente religiosa, sino eminentemente cultural. Reivindicar la presencia de la Ascensión —así como de tantas otras festividades históricas— en los medios de comunicación y en el ágora pública no es una petición de catequesis colectiva, ni una rabieta de «mea pilas» o santurrones. Es, llanamente, una exigencia de respeto por nuestra propia historia. Es perfectamente compatible ser un país moderno, plural y aconfesional con el hecho de reconocer, valorar y abrazar las tradiciones que nos han esculpido como comunidad. Lo contrario —el silencio cómplice, la omisión sistemática y la indiferencia— no es neutralidad: es amnesia cultural programada. Conclusión: la fragilidad del olvido Un país que olvida voluntariamente sus raíces se vuelve irremediablemente más frágil, más manipulable y más difuso. Como español, como creyente, o sencillamente como un ciudadano maúro de Telde que es plenamente consciente de la trascendencia de la memoria colectiva, me causa una honda preocupación constatar cómo celebraciones esenciales como la Ascensión se desvanecen sigilosamente del espacio público. No nos mueve la nostalgia estéril ni el integrismo religioso: nos mueve la defensa de la identidad. España no puede renunciar a lo que ha sido sin poner en riesgo absoluto lo que es hoy. Recordar la Ascensión —aunque solo sea como un hito de nuestra vasta cultura— es una forma de mantener encendido ese hilo de continuidad histórica que nos une con nuestros antepasados y nos dota de un sentido compartido de comunidad. Y para acabar, recurriendo a una expresión muy típica de nuestra tierra canaria y de mi propio pueblo, diré sencillamente que… «Esto se entiende de ahora pá después, compadre». Con solo tres palabras bien dichas —las de un cristiano que sabe de dónde viene—, conviene recordar que ahí más allá… ¡Casos se han dado! ¡Qué cosas!