Queridos Reyes de Oriente:
Fueron muchos los años que pasé esperándoles, intentando no quedarme dormida, con el corazón acelerado de la emoción y, ahora, a mis 39, los sigo esperando igual, con la misma ilusión, pero de otra manera: con pasos sigilosos por la casa, con la luz tenue para no despertarla de su sueño, con el alma en vilo para no romper la magia.
Ya no me acuesto temprano por nervios, sino que me acuesto tarde por responsabilidad. Ya no coloco mis zapatos, sino los suyos, que se alegra al pensar en las chuches que le pondrán dentro.
Ahora, y desde hace ya seis maravillosos años, entiendo el cansancio de aquella magia, la que también vivieron mis padres. El amor y el esfuerzo que requiere, el cuidado, la entrega silenciosa.
En esta noche ya no pido nada, solo observo y sonrío en la oscuridad, convirtiéndome, sin darme cuenta, en parte del milagro. Y mientras coloco regalos con su nombre, siento algo parecido a la felicidad más plena y me siento agradecida por poder regalar ilusión, sin esperar nada a cambio más que su cara al levantarse. Recuerdos que se quedarán a vivir conmigo para siempre.
Pido perdón si alguna vez dudé de ustedes, porque ahora ya no dudo. Ahora soy cómplice y guardiana del misterio. Arquitecta de recuerdos y vivencias que durarán toda su vida.
Cuando amanezca, fingiré sorpresa. Celebraré con ella y la abrazaré. Y guardaré para mí el dulce y bonito secreto de haberlos visto llegar.
Pero ya toca despedirse. No es un adiós definitivo, sino un “hasta aquí por este año”. Descansen, pues deben estar agotados. Vuelvan a Oriente con la certeza de que la magia, un año más, cumplió con su misión.
Nos vemos el año que viene, cuando, otra noche más, silenciosa, me encuentren despierta, repitiendo este mismo ritual de amor, ritual que solo entiende quien ya no espera sorpresas ni regalos, sino sonrisas y emoción.
Con cariño,
una mamá que cree ahora más que nunca.


