En el momento en el que la luna alcanzó su punto más alto, me detuve. Allí, en lo alto de aquella roca. No miré atrás ni siquiera un segundo, no tuve dudas. Los de mi tribu, siempre que me veían mirando las estrellas, cuando me escuchaban hablando con ella, solían perseguirme.
Y ahora, no iba a ser menos.
Mi vestido, el que me regalo mi abuela al cumplir los dieciséis, se movía con el viento, como si él también tuviera memoria y, al igual que yo, recordara otros tiempos, otras vidas. Abajo, los hombres de mi tribu, y algunos animales, miraban en todas las direcciones, obedeciendo órdenes que no lograban entender del todo. Pero ninguno miraba hacia arriba.
Estaba prohibido mirarla.
Era tan bonita, tan brillante, tan… mágica. No estaba allí para ser alcanzada, sino para ser admirada y recordarnos que no existen límites en nuestro interior. Su luz hace que algunos continúen y otros se detengan; ayuda a que el deseo se quede en la tierra y sea la consciencia la que se eleve; y eso, asusta.
A todos, menos a mí.
Mi abuela me enseñó a seguir, a no rendirme. Y ahora, sobre aquella roca, no era huir lo que había escogido, sino elevarme.