(reflexiones sobre el último día del año)

Entre campanadas

Cada año dice que no le importa, que las campanadas son solo ruido, que lo de las uvas es una tontería, que el calendario es un invento más con el que tratan de manipularnos, que es una noche como otra cualquiera en la que la gente finge que le importas y te saluda cuando, en realidad, no has sabido nada de ellas en todo el año, que pensar que el año siguiente todo mejorará es de tontos.

Y, sin embargo, aquí está otra vez.

Su madre ha puesto la mesa como manda la tradición, aunque nadie en la familia sepa por qué el mantel rojo y la cubertería dorada, por qué se deben comer uvas y brindar con cava en lugar de tomar manises y refresco, por qué a esa hora y no antes, por qué ese silencio extraño atendiendo a si sonarán o no los cuartos antes de la primera campanada.

Todos se miran y sonríen nerviosos, comprobando el reloj a cada momento como si se les fuera a ir la vida si se les pasa un segundo.

Siempre hay quien comenta lo rápido que ha pasado el año, quien brinda pensando en que lo que viene va a ser mejor, quien pide salud para sí mismo y para los suyos… Pero ella, se mantiene callada.

Entre una campanada y la siguiente, ella no pide deseos. Ella… piensa en las ausencias, en lo que no salió como esperaba, en lo que dejó para después y se le escapó, en las veces que prometió que el año que viene haría algo que nunca llegó a hacer, en el amor que perdió sin querer.

La primera uva es la más fácil de todas, la que toma por inercia, siguiendo a la manada. Las siguientes, sin embargo, empiezan a pesar y no por la prisa de tomarlas, sino por todo lo que ellas arrastran. Cada campanada es un recuerdo que se despide sin permiso, una versión de ella que queda atrás, un dolor sufrido en silencio, una herida que no llegó a curarse, una risa que ya no suena igual. Y, al llegar la última campanada, nunca llega a formular su deseo. Hace mucho tiempo que aprendió que el futuro no entiende de listas, así que solo desea ser ella, exigirse menos, vivir siendo consciente, estar presente.

Brinda, sí. Pero no por grandes cosas.

Brinda por poder seguir, por las veces que se levantó sin ganas ya, aun así, lo hizo; por haber cambiado y haber aprendido, incluso doliendo; por no ser la misma de siempre, pese a echar de menos a la que era.

Todos se abrazan. En la calle, suenan los petardos. La pantalla de su móvil se llena de mensajes por compromiso y ella responde, cumpliendo con el ritual, aunque en el fondo, desee hacer otra cosa.

Pese a todo, se despide del año sin reproches y da las gracias a la vida por todo lo aprendido, pidiendo seguir siendo, un año más, tan honesta y fiel con ella misma como ha sido capaz de serlo hasta ahora.

Porque le costó aprender que la vida no cambia, y empieza de cero, a medianoche del último del año, sino que lo hace cada día, poco a poco, cuando atreves a mirarte sin miedo. Y eso, curiosamente, también merece celebrarse.

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