Se miraba en el espejo como quien busca no solo ver su reflejo, sino encontrar en él algún viejo recuerdo. Entre sus manos temblorosas, el espejo dorado de su abuela descansaba esperando la orden más correcta y adecuada. Su trenza, cuidadosamente entrelazada, guardando en ella cientos de promesas, esperaba ahora una canción tarareada que abriera la puerta y le permitiera entrar.
Iba vestida de verde, el color favorito de su madre, como el de los prados de las películas y de los libros que solía leer. Llevaba unas flores bordadas que parecían tener vida propia aun estando sobre la tela, cómplices silenciosas de un corazón joven que, a su tierna edad, aprendió a amar y a esperar sin prisa, aunque acabase sin recibir nada a cambio. En su forma de sostener el espejo había algo bohemio, como si en cualquier momento fuera a guardarlo en su bolsa de tela y salir a perderse por calles italianas empedradas donde los balcones de las casas lucían flores de colores y ropas tendidas, siguiendo el rastro de algún poeta famoso ya fallecido o algún amor imposible.
Sus ojos, profundos y atentos, sonreían al verse reflejados, sabiendo que esa misma noche no necesitaría permiso para volver a soñar. Su corazón sabía el romanticismo no estaba en ser vista, sino en dejarse sentir, en el brillo de los pendientes al caminar, el movimiento de la falda a cada paso, la respiración contenida antes de abrir una puerta, la certeza íntima de quien sabe que alguien, en algún lugar, piensa en ella aun sin saber su nombre.
Cerró los ojos y suspiró. Y fue entonces cuando comprendió que no le hacía falta salir de casa para que la vida tuviera sentido: bastante con mirarse así, cada día en el espejo de su abuela, con esa ternura antigua de quien se sabe protagonista de su propia historia de amor.


