Amar y ser amado

El pasado viernes asistí a la charla: “Es navidad… y en casa hay una silla vacía”,  impartidas en el municipio de Santa María de Guía, por las profesionales, Nuria Vega, psicóloga y tanatóloga, especialista en psico-oncología, cuidados paliativos, perdida y duelo, también se encontraban dos enfermeras del hospital Materno Infantil de Gran Canaria, miembros del grupo de duelo, Pulseras Blancas.

Contamos con el testimonio desgarrador de unos padres que perdieron a su hija apenas hace un año. Unos padres que han pasado por un largo  proceso  de duelo, pero que allí estuvieron compartiendo, escuchando,  acercándose a otros padres que han perdido a sus hijos y ahora  tienen el corazón roto, entendiendo su dolor, porque ellos han estado donde están ellos ahora. En definitiva corazones que se abren a los demás.

Si uno tiene la fortuna de vivir lo suficiente, también tiene la desgracia de experimentar varias veces la vida, esa muerte que se produce con la muerte de nuestros seres queridos, esa parte de nosotros que se mueren con ellos. Con todas estas pérdidas morimos en parte, y nuestra voluntad es seguir viviendo. Como seres racionales, en mayor o menor medida la muerte de un ser querido nos quiebra la identidad, nos la quiebra como personas, como individuos y también colectivamente, esto además no es una metáfora, personalmente, he perdido hace muy poco a mi padre, a partir de aquí me queda la duda de que hasta qué punto mi identidad de hijo se perdió con él.  De alguna forma cuando muere alguien querido, cercano, se queda mutilada la identidad y sino, como poco, lo que nos queda es un legado de perplejidad.

Los seres humanos estamos pre-programados genéticamente para el contacto emocional y para la vinculación afectiva con los demás. Nosotros por naturaleza somos seres sociales y relacionales, tenemos esta pre-programación genética, y de hecho, la evolución de la especie humana ha ido confirmando y corroborando esta realidad inherente al ser humano a través de cambios corporales importantes, como pueden ser por ejemplo, la caída del vello, como nuestra piel desnuda nos permite profundizar más en el contacto entre nosotros. Personas que padecen demencias, el contacto, el tacto, es un potente canal de comunicación y a nivel emocional es muy importante incluso cuando se viven duelos. Otro ejemplo es la postura erecta, el cambiar morfológicamente nuestro cuerpo, nos ha liberado los brazos, las manos, nos ha hecho una especie de amplios horizontes, muy visuales, y esto nos ha permitido entre nosotros, introducir una enorme variabilidad, y una enorme riqueza a la hora de relacionarnos los unos/as con los otros/as. Con estos cambios, con los brazos liberados, nos podemos abrazar mejor, nos podemos ver mejor, nos podemos besar, nos podemos comunicar, y en definitiva nos podemos querer mejor.

Es decir, la evolución de la especie humana y los cambios corporales, han contribuido y contribuyen a que estemos orientados para el contacto, para la vinculación afectiva con el otro, en definitiva, no lo digo yo, esto me lo dice mi profesor de psicopatología: “Los seres humanos estamos especialmente dotados para amar y ser amados”. Esta es la única verdad de nuestra especie, la certeza que tenemos.

El psicólogo y filósofo Alemán Erich Fromm, dice: “si quieres evitar el dolor del duelo, el precio que tendrás que pagar, es el de estar totalmente desvinculado de los demás, y por lo tanto, excluido de toda posibilidad de experimentar la felicidad”.

El dolor y el amor van juntos, la vida y la muerte también, inspiración y exhalación. Palabras de el maestro Celso Navarro, un hombre de verbo claro y amable, que nos dio este pasado fin de semana, una ponencia sobre una de las respuestas más difíciles de encontrar y de responder, la respuesta de la muerte desde el Zen. El instante presente, mediante la práctica de la meditación, detener nuestra mente racional que está impregnada emotivamente. Vivir el instante presente, aquí y ahora vida, aquí y ahora muerte. Aceptar, que no trata de que te resignes, trata de afrontar, de abrirte y permitir lo que está sucediendo, ya que no tenemos el poder de que sea de otra manera para poder cambiarlo.

Permítete experimental tu propia naturaleza, el aprendizaje a aflojar, a soltar, a permitir que cuando no queremos obtener respuesta, no queremos retener nada, podemos experimentar que es la muerte de una forma consciente, y perderle el miedo. El aferramiento es sufrimiento.

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Redacción NorteGranCanaria

IA sí o IA no

“Porqué no se le pueden poner puertas al campo” Durante semanas, el debate sobre la “inteligencia artificial” ha vuelto a encender tertulias, columnas y sobremesas. Hay quien la ve como una amenaza existencial, un monstruo digital capaz de devorar empleos, identidades y hasta la propia condición humana. Otros, en cambio, la consideran un avance inevitable, una herramienta poderosa que, bien usada, puede multiplicar nuestras capacidades. Yo, que he pasado media vida en la mar y la otra media escribiendo sobre ella, no puedo evitar recordar que este debate no es nuevo. Cambian los nombres, cambian los artefactos, pero el miedo al progreso es siempre el mismo. Recuerden que en 1633 casi mandan a la hoguera al astrónomo   Galileo Galilei, por afirmar que la Tierra giraba alrededor del Sol. Y el pobre hombre, para salvar de morir chamuscado tuvo que retractarse de su teoría heliocéntrica ante el Tribunal de la Santa Inquisición, aunque diciendo…. “Y sin embargo se mueve”, y como en aquel tiempo “los sabios de la iglesia” se parecían mucho a los actuales alumnos de la LOGSE socialista, no supieron interpretar sus palabras y gracias a ello, le perdonaron la vida.    “Cuando la mar también temió a la tecnología” Quienes hoy se escandalizan con las IA se parecen mucho a aquellos que, en mis primeros años de navegación, protestaban por la llegada de la “navegación por satélite”. Decían que se perdería el romanticismo, y que los oficiales se volverían torpes; que la mar castigaría a quienes confiaran en “máquinas que no sienten el viento”. Y, sin embargo, el tiempo puso cada cosa en su sitio. La navegación satelital no solo no destruyó la profesión, sino que “la hizo más segura, más precisa y más humana”, porque liberó al marino de tareas repetitivas y le permitió concentrarse en lo esencial; esto es, gobernar el barco y cuidar de su gente. Lo mismo ocurrió con las “calculadoras astronómicas”, con “las curvas de las llamadas, tablas americanas de estabilidad portátiles”, o con los primeros “ordenadores de a bordo”. Cada avance fue recibido con recelo, y cada avance terminó siendo imprescindible. Hoy, dudo que exista un solo barco en el mundo sin GPS, y también dudo que, muchos oficiales sepan usar un sextante como lo hacíamos nosotros. Pero eso no es decadencia: “es evolución”. “La IA como nueva herramienta de navegación humana” La inteligencia artificial es, en esencia, “una herramienta”. No es un oráculo, no es un demonio, no es un sustituto de la inteligencia humana. Es un instrumento que amplifica nuestras capacidades, igual que lo hizo el radar, el GPS o las cartas electrónicas facilita el trabajo. Acelera cálculos complejos. Democratiza el acceso al conocimiento y además permiten que un ciudadano normal, un estudiante o un profesional tenga a mano un asistente capaz de sintetizar información, explicar conceptos y ayudar a pensar. La IA no piensa por nosotros, solo “nos obliga a pensar mejor”.    “La ciencia sin conciencia: el riesgo real” Ahora bien, sería irresponsable ignorar los riesgos. La historia nos recuerda que, “la ciencia sin conciencia es la ruina del espíritu”, como decía Rabelais. El uranio, por ejemplo, prometía energía limpia y terminó también en Hiroshima. La química prometía fertilidad y terminó en gases de guerra. La informática prometía libertad y terminó en vigilancia masiva. La IA no es diferente. Puede ser usada para manipular, para desinformar, para automatizar injusticias, para amplificar desigualdades. Pero ese riesgo “no es argumento para frenar el progreso”, sino para gobernarlo con ética, regulación y responsabilidad. La solución nunca ha sido prohibir la herramienta, “sino educar al artesano” (pensamiento mesiánico)   “No se le pueden poner puertas al campo” La inteligencia artificial ha llegado, y no se va a marchar. Podemos discutir cómo regularla, cómo integrarla, cómo evitar abusos. Pero pretender detenerla es tan absurdo como prohibir el GPS en los barcos o volver a las tablas logarítmicas por decreto. La humanidad siempre ha avanzado cuando ha abrazado el conocimiento, no cuando lo ha temido. Y si algo he aprendido en la mar es que “el progreso es como la marea”, puedes ignorarlo, puedes protestar, puedes incluso intentar frenarlo… pero al final, ni se para ni espera, y sube y baja igual.   “El horizonte verdadero” Porque al final —y esto lo sabe cualquiera que haya hecho guardias largas en el puente de un barco, “el horizonte nunca es el que parece”. El aparente es solo una línea engañosa, dibujada por la luz y la distancia. El verdadero está más allá; donde la mar se junta con la voluntad, donde el futuro se abre como una derrota limpia y donde cada avance, por polémico que sea, termina siendo parte de la travesía humana. La inteligencia artificial es exactamente eso; “un horizonte verdadero”. No el que algunos ven con miedo, ni el que otros deforman con alarmismos, sino el que se revela cuando uno se atreve a mirar más lejos, más hondo y con menos prejuicios. Quien navega sabe que el barco que teme avanzar se queda a merced del oleaje. Quien se atreve, en cambio, descubre que el mar siempre recompensa al que confía en su rumbo. Por eso defiendo la IA a capa y espada, porque es viento nuevo en las velas, porque es carta actualizada en un mundo que cambia, porque es faro en noches de incertidumbre, y porque negar su avance sería renunciar al horizonte verdadero que nos corresponde como especie. La mar enseña que “solo avanza quien se atreve”. La historia confirma que “solo progresa quien no teme aprender”, y la IA, como toda marea que llega para quedarse, nos invita a seguir navegando hacia adelante, sin miedo, sin supersticiones y con la serenidad de quien sabe que el futuro no se detiene… “Se conquista”. La IA no es un enemigo; por el contrario, es un nuevo instrumento de navegación para la vida moderna. Si la usamos con conciencia, será una aliada formidable. Si la usamos sin ética, será un peligro. Pero renunciar a ella sería como navegar de noche