Finca Lomo Valerón Troia: El escenario donde tus momentos especiales cobran vida en Agaete
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En el entorno rural de Agaete, donde el verde de la vegetación se funde con el azul del cielo canario, ha surgido un espacio que promete transformar la manera en que celebramos los instantes más significativos. Se trata de la Finca Lomo Valerón Troia, un enclave que combina la serenidad del campo con la calidez de un equipo volcado en hacer realidad los deseos de sus visitantes.

Un escenario para compartir bajo el sol del noroeste

Ubicada estratégicamente en la Calle Pileta, 18, esta finca no es solo un lugar de celebraciones; es un espacio pensado para que cada invitado se sienta protagonista. Su propuesta se centra en la cercanía y la exclusividad, permitiendo desde una reunión íntima con amigos hasta el despliegue de una boda, o la ilusión de un bautizo o comunión.

Lo que hace latir el corazón de Lomo Valerón Troia es su capacidad de ofrecer rincones para todos los gustos:

  • Zonas para el relax: Una piscina cristalina perfecta para crear recuerdos bajo el sol.

  • Naturaleza y libertad: Amplias zonas verdes donde respirar hondo y disfrutar del paisaje.

  • Felicidad compartida: Espacios dedicados para que los más pequeños se diviertan en libertad mientras los adultos disfrutan del encuentro.

En primera persona: Hablamos con el responsable de Lomo Valerón Troia

Para profundizar en la esencia de este rincón de Agaete, conversamos con el encargado de la finca, quien nos explica qué hace a este lugar tan especial y humano.

P: ¿Cómo nace la idea de abrir la Finca Lomo Valerón Troia al público? R: Nace de la pasión por nuestra tierra y de observar que la gente busca algo más que un simple salón. Queríamos ofrecer un lugar donde el tiempo parezca detenerse, donde se pudiera celebrar un evento respirando aire puro, pero con todas las facilidades modernas. Queríamos que fuera «el escenario para celebrar la vida», tal como dice nuestro lema.

P: Hemos visto que dan mucha importancia al bienestar de todos los asistentes. ¿Cómo se refleja eso en sus instalaciones? R: Totalmente. Buscamos que cada persona encuentre su sitio. Por eso invertimos en zonas infantiles seguras y amplias zonas verdes donde poder caminar y disfrutar. La piscina también es un gran atractivo, siempre bajo un entorno cuidado, privado y muy acogedor.

P: Además de eventos, ofrecen visitas guiadas. ¿Qué busca el visitante en estas rutas? R: Buscan desconexión y aprendizaje. Agaete tiene una energía especial y la finca es el punto de partida ideal para conectar con el entorno natural. No solo queremos que vengan a una fiesta, sino que se lleven un recuerdo de la belleza de nuestra ubicación.

Mucho más que fiestas: Una conexión con lo auténtico

La dirección de la finca ha querido ir más allá de los eventos, apostando por las visitas guiadas. Esta iniciativa busca que los visitantes no solo celebren, sino que se reencuerren con la riqueza del paisaje de Agaete, disfrutando de la calma del entorno rural en una experiencia que abraza los cinco sentidos.

Reserva tu fecha especial

Para que cada detalle salga perfecto, la dirección recomienda contactar con antelación y así asegurar que vuestro día especial tenga el espacio que merece. Puedes pedir información sin compromiso aquí:

Finca Lomo Valerón Troia no es solo un destino, es el escenario donde se escriben las historias más bonitas de quienes eligen Agaete para celebrar la vida.

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Capitan Manuel Damía Guimerá
Articulos
Redacción NorteGranCanaria

Homenaje póstumo a mi amigo, colega y maestro, capitán Manuel Damía Guimerá

Ayer zarpó hacia su último puerto de destino, el Capitán Manuel Damiá Guimerá, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, por lo que hice un paréntesis en mis artículos de opinión diario, para dedicarle a él, que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, ésta, que nunca le conté, pero que estoy seguro que hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las contaba en el puente del buque Tajo, y me decía… ¡Julio esa es buena!  Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribe “Historias de la Mar. Ahí te va, para ti Manolo, convertida en artículo de opinión y homenaje póstumo, porque “los viejos lobos de mar”, sabemos que los capitanes como tú, que no se van del todo. Se quedan en la mar que nos enseñaron a querer. ¡Grande Manolo! Esta mañana como de costumbre, me senté delante de mí portátil, dispuesto a preparar la crónica de hoy viernes, y cuando ya prácticamente la tenía acabada, recibí un WhatsApp desde Castellón de mi buena y vieja amiga Isabel, esposa del también viejo y entrañable amigo, el Capitan Manuel Damiá Guimerá, a quien conozco desde que era Oficial Alumno de Puente y hacia mis prácticas en el buque Duero de la Naviera Pinillos, donde él ejercía de primer oficial. Luego acabada las practicas, me embarqué en un buque inglés y perdimos todo contacto, hasta que regresé a España y él al enterase que estaba buscando nuevo barco, me reclamó para el suyo, donde ahora era Capitan; El Tajo, de la misma naviera donde yo había hecho buena parte de mis prácticas de mar. Con él ingresé de tercer oficial, ascendí a segundo y luego a primero, hasta que la compañía me destinó a Tierra para sustituir, provisionalmente al delegado que existía en Las Palmas, ya que éste se iba de vacaciones.  Después de esto, ya no coincidimos en ningún otro barco, pero nuestra amistad perduró, a pesar de que apenas nos veíamos. Él era un fan de mis libros y publicaciones y yo desde que acababa uno nuevo, se lo hacía llegar Llevaba unos ya 18 años jubilado y ayer me comunicó su esposa qué, mi querido y admirado “Capitán Manuel Damiá Guimerá”, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, había   zarpado hacia su último puerto de destino.  Por lo que, automáticamente me detuve en el artículo que estaba escribiendo, para hacer uno distinto que pudiera dedicárselo a él, y en calidad de homenaje póstumo, recordando que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, y esta nueva, que nunca le conté, pero que estoy seguro que, hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las leía en borrador en el puente del buque Tajo y me decía… ¡Julio esa es buena!  Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribes de “Historias de la Mar”. Sabe bien amigo Manolo, que aquel libro, ya lo acabé y publiqué con mucho éxito, por cierto, pues ya van tres ediciones entre España y Sudamerioca.  Pero yo quiero contarte hoy otra nueva ,  que para que te entretengas mientras, en ese viaje que te llevará al Cielo junto al Todopoderoso, te entretengas una vez más leyéndome. Así que, ahí te va amigo Manolo. “El mes en que la mar me dejó varado… en el hielo” Hay recuerdos que regresan como una marea lenta: primero un olor, luego un ruido, después una imagen. Y cuando uno menos lo espera, ahí está de nuevo la juventud, llamando a la puerta como un viejo camarada que viene a tomar un café y a recordarte que la vida, pese a todo, sigue siendo hermosa. Hoy, mientras España navega entre temporales que parecen no escampar, me ha dado por rescatar una vivencia que nació en un ciclón y terminó siendo una historia cálida, casi tierna. Por ello quiero dedicarla a ti, que fuiste mi maestro, mi capitán y mi amigo, Manuel Damiá Guimerá, que ayer has emprendido tu última singladura.  “Ana: la primera vez que la muerte me miró a los ojos” Aquel viaje a Canadá comenzó con mal gesto. Nos cruzamos con el “ciclón tropical Ana” que, aunque ya venía subiendo por la costa Este de los Estados Unidos perdiendo fuelle, conservaba la “mala leche” suficiente como para recordarnos que la mar, cuando quiere, se convierte en un animal vivo. Mi barco tenía 150 metros de eslora, 30.000 toneladas, moderno, orgullos, pero se movía como si alguien lo hubiera agarrado por la quilla y lo estuviera sacudiendo para ver qué caía dentro. El viento no soplaba, “mordía como un perro de presa canario” que no quería soltarnos. Las olas no rompían: “caían como muro de piedra”. Y yo, joven tercer oficial de puente, descubrí que la muerte tiene cara… y que era “fea como el demonio”. Pero sobrevivimos. Y llegamos a nuestro destino, Canadá. Porque sabes bien que los marinos no navegamos; “resistimos”. Y porque yo llevaba en la cabeza las enseñanzas de aquel hombre que sabía leer la mar como otros leen un libro; el Capitán Guimerá. “Summer Side: cuando el océano se volvió piedra” Llegamos a “Summer Side”, en la Isla del Príncipe Eduardo, (Canadá) el 28 de diciembre. El termómetro marcaba –18 ºC, que ya es suficiente para que, a un canario como yo, se le congelaran hasta los recuerdos. Dos días después bajó a “–25 ºC”, y la bahía entera se convirtió en una lápida blanca. El barco quedó atrapado, inmóvil, prisionero del hielo como un juguete olvidado por un gigante distraído. La mar, aquella mar que días antes rugía como una fiera, ahora era un silencio absoluto. Un silencio que no se oía; se sentía. Allí estuvimos atracados “un mes entero”, sin podernos mover, esperando a que un rompehielos de la Armada canadiense viniera a rescatarnos. Un mes de frío, de rutinas suspendidas, de vida detenida… y de una sorpresa que aún hoy me hace sonreír.  Target: la flecha que