La posibilidad de una escalada bélica abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán ha devuelto al primer plano un fantasma que la memoria colectiva occidental no ha logrado sacudir: la Guerra de Vietnam. Aunque las épocas y las geografías difieren, el eco de aquel conflicto resuena con fuerza en el debate actual. ¿Estamos ante una repetición de la historia o ante un escenario cualitativamente distinto?
Las sombras del pasado: ideología y asimetría
El paralelismo más evidente reside en la naturaleza del adversario. En Vietnam, Washington subestimó la capacidad de resistencia de un enemigo que fusionaba el nacionalismo con una ideología férrea. Hoy, en Oriente Medio, nos encontramos con actores regionales cuya motivación religiosa y doctrinal les otorga una disposición al sacrificio que rompe cualquier lógica militar convencional.
Es común escuchar que estos combatientes «buscan la muerte» por una recompensa celestial —esa idea de las 70 vírgenes que, dicho sea de paso y perdonen la broma, me hace preguntarme de dónde sacará su Dios a tantas—. Pero, más allá de la anécdota, reducir el conflicto al «fanatismo» es un error de análisis. Al igual que en el sudeste asiático se ignoró el peso del sentimiento nacionalista, hoy no podemos obviar que tras la religión hay intereses geopolíticos y agravios históricos profundos.
El riesgo de una intervención terrestre sigue siendo el gran escollo. Las guerras asimétricas, donde una potencia tecnológica se enfrenta a fuerzas ligeras y flexibles, suelen derivar en conflictos de desgaste, costosos y políticamente insostenibles. Nadie en la sociedad estadounidense ha olvidado las imágenes de los féretros regresando a casa; ese coste humano sigue siendo el principal freno a una invasión a gran escala.
Un escenario distinto: tecnología y geografía
No obstante, las diferencias son sustanciales. Vietnam fue un tablero de la Guerra Fría; hoy vivimos en un mundo multipolar con actores mucho más diversos. Además, la posición de Israel es distinta: no es una potencia expedicionaria a miles de kilómetros de su casa, sino un actor implicado en su propio entorno geográfico inmediato.
La tecnología también ha cambiado las reglas del juego. El uso de drones, la ciberinteligencia y los ataques de precisión permiten una confrontación que, si bien no elimina el riesgo de escalada, busca evitar —al menos sobre el papel— el empantanamiento de grandes contingentes de infantería en el terreno.
El papel de Europa: más allá de la retórica vacía
Ante este panorama, ¿qué debe hacer la Unión Europea? Su relevancia no vendrá de su músculo militar, sino de su capacidad diplomática y económica. Europa debe apostar por la desescalada, actuando como un mediador capaz de mantener canales abiertos que otros han cerrado.
Pero esto requiere realismo. No basta con la «payasada dialéctica» de ciertos sectores progresistas. El clásico «No a la guerra» de figuras como el señor Sánchez resulta vacío si no va acompañado de hechos tangibles. Como decimos en mi tierra: «A Dios rogando y con el mazo dando». La paz no se construye con frases bonitas para la galería, sino con una estrategia propia que proteja los suministros energéticos, gestione los flujos migratorios y preserve la estabilidad internacional.
Europa no puede permitirse una alineación automática y acrítica con estrategias ajenas. Necesitamos autonomía para no ser arrastrados a escenarios que no controlamos. Si nuestros líderes actúan con la profundidad intelectual de un mal alumno de la LOGSE —progresistas en la forma, pero carentes de visión estratégica en el fondo—, entonces sí que podemos decir aquello de «apaga y vámonos».
Conclusión
¿Es Oriente Medio el nuevo Vietnam? Afirmarlo categóricamente sería una simplificación, pero como diría un maúro de Telde como yo: «Cristiano, no le engaño si le digo que… ¡casos se han dado!».
La historia no se repite de forma idéntica, pero sus lecciones son advertencias que no conviene ignorar. El reto para Estados Unidos e Israel es evitar un callejón sin salida. Para Europa, el desafío es dejar de ser un espectador que solo sabe pronunciar eslóganes y empezar a actuar con la prudencia y la firmeza que los tiempos exigen. Que corra la zapatilla, porque el tiempo se agota.
¡Que Cosas!