Artenara, convertida en poesía y color: Margarita Ojeda y Felipe Juan presentan un homenaje a la cumbre
Proyecto Artenara
Proyecto Artenara

El Restaurante Arte Gaia acogerá el sábado 8 de agosto la presentación de un libro compuesto por 21 poemas y 21 pinturas de pequeño formato dedicados al municipio cumbrero

Artenara será contemplada desde la palabra, el color y la música en una propuesta artística que nace del conocimiento cercano del paisaje y de la vida en las cumbres de Gran Canaria. La poeta Margarita Ojeda García y el pintor Felipe Juan presentan la serie Artenara, una nueva entrega del proyecto dedicado a los municipios de la isla que combina literatura y pintura para retratar la identidad de cada localidad.

El libro reúne 21 poemas y 21 cuadros de pequeño formato, concebidos como un homenaje al municipio más alto de Gran Canaria, a su naturaleza, sus tradiciones y, especialmente, a las personas que han construido su historia cotidiana.

La presentación del volumen y la inauguración de la exposición tendrán lugar el sábado 8 de agosto de 2026, a las 19.00 horas, en el Restaurante Arte Gaia, situado en la plaza de San Matías, número 2, en Artenara.

Dos miradas unidas por el paisaje

Natural de Juncalillo de Gáldar, Margarita Ojeda mantiene una relación estrecha con Artenara, no solo por su proximidad geográfica, sino también por los vínculos familiares, humanos y culturales que históricamente han unido a ambas localidades.

En los poemas que integran esta publicación aparecen la gente del campo, los barrancos, la lluvia, las montañas y la vida de dos pueblos de agricultores que han compartido el horizonte del Pinar de Tamadaba. La autora se acerca a Artenara desde la memoria y desde una sensibilidad nacida en la propia cumbre, atendiendo tanto a la grandeza del paisaje como a las pequeñas historias que permanecen en sus caminos, cuevas y bancales.

Ojeda García cuenta con seis poemarios publicados, que reúnen alrededor de 680 composiciones. A lo largo de su trayectoria ha participado en numerosas antologías, publicaciones culturales y proyectos literarios dentro y fuera de Canarias. También pertenece a varias asociaciones vinculadas a la literatura y la poesía, entre ellas la Asociación Canaria de Escritores.

Frente a la palabra se sitúa la pintura de Felipe Juan, aunque ambas disciplinas no compiten entre sí. Se acompañan. Sus cuadros traducen al lenguaje visual los sentimientos, escenarios y símbolos presentes en los poemas.

El artista, nacido en Las Palmas de Gran Canaria en 1974 y estrechamente vinculado a Valleseco, ha desarrollado desde finales de los años noventa una extensa trayectoria expositiva. Su obra ha recorrido todos los municipios de Gran Canaria y las distintas islas del archipiélago, además de espacios culturales de la Península y países como Alemania, Holanda, Japón, Estados Unidos, Francia, Venezuela y México.

Su pintura, de carácter simbólico y con ciertos elementos surrealistas, presta una atención constante a la naturaleza, la luz y el mundo interior. Desde hace años desarrolla proyectos multidisciplinares en los que confluyen pintura, poesía y música, además de ilustrar publicaciones dedicadas a distintos municipios de Gran Canaria.

La cumbre como territorio emocional

Artenara no pretende ser únicamente un recorrido por lugares reconocibles. El proyecto busca acercarse a aquello que no siempre puede explicarse mediante una descripción: el silencio de las noches, el viento entre las montañas, la serenidad de las cuevas, la dureza del trabajo agrícola o la sensación de tiempo detenido que acompaña a muchos rincones del municipio.

En los textos seleccionados para la publicación se subraya la relación fraterna entre Artenara y Juncalillo, dos territorios unidos por la agricultura, las relaciones familiares y una forma semejante de entender la vida. También aparecen referencias al patrimonio cultural de Risco Caído, al Pinar de Tamadaba, a la Virgen de la Cuevita, a Santo Domingo de Guzmán y al cielo limpio que corona las cumbres.

La poesía de Margarita Ojeda observa esos elementos desde la experiencia. La pintura de Felipe Juan los reorganiza mediante formas, símbolos y colores. El resultado es una obra conjunta que no se limita a representar Artenara, sino que intenta explicar la manera en la que el municipio es vivido y recordado por quienes mantienen una relación profunda con él.

Poesía, pintura y música en la inauguración

El acto inaugural contará también con la intervención musical del timplista Raúl Pérez, cuya actuación incorporará el sonido del instrumento canario a una velada concebida como un encuentro entre distintas manifestaciones artísticas.

Participarán además el profesor y escritor Juan Francisco Santana Domínguez, junto a Pilar Ramos Díaz y Aday Gil Díaz, autores de los textos que acompañan y contextualizan la obra.

Pilar Ramos destaca en su aportación la capacidad de Margarita Ojeda para escuchar lo que cuentan los barrancos y las montañas, mientras que Felipe Juan ilumina esos relatos mediante una pintura que convierte las páginas en una historia de cumbres. Por su parte, Aday Gil pone el acento en los valores transmitidos por el campo, la familia y el paisaje cultural que comparten Artenara y Juncalillo.

El proyecto ha encontrado en Arte Gaia un espacio dispuesto a acoger esta mirada artística sobre el municipio. Felipe Juan ha expresado su agradecimiento a Juana Teresa Gil Falcón, Juani, por el cariño y la implicación mostrados desde el inicio para hacer posible la presentación.

La exposición podrá visitarse del 8 al 27 de agosto, de jueves a domingo, entre las 10.00 y las 17.00 horas. Durante ese periodo podrán adquirirse tanto los ejemplares del libro como las obras pictóricas expuestas.

Durante unas semanas, Artenara será libro, lienzo y música. Una invitación a detenerse ante la cumbre y descubrir que, detrás de su paisaje, permanece intacta una forma propia de vivir, trabajar y sentir.

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Capitan Manuel Damía Guimerá
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Redacción NorteGranCanaria

Homenaje póstumo a mi amigo, colega y maestro, capitán Manuel Damía Guimerá

Ayer zarpó hacia su último puerto de destino, el Capitán Manuel Damiá Guimerá, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, por lo que hice un paréntesis en mis artículos de opinión diario, para dedicarle a él, que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, ésta, que nunca le conté, pero que estoy seguro que hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las contaba en el puente del buque Tajo, y me decía… ¡Julio esa es buena!  Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribe “Historias de la Mar. Ahí te va, para ti Manolo, convertida en artículo de opinión y homenaje póstumo, porque “los viejos lobos de mar”, sabemos que los capitanes como tú, que no se van del todo. Se quedan en la mar que nos enseñaron a querer. ¡Grande Manolo! Esta mañana como de costumbre, me senté delante de mí portátil, dispuesto a preparar la crónica de hoy viernes, y cuando ya prácticamente la tenía acabada, recibí un WhatsApp desde Castellón de mi buena y vieja amiga Isabel, esposa del también viejo y entrañable amigo, el Capitan Manuel Damiá Guimerá, a quien conozco desde que era Oficial Alumno de Puente y hacia mis prácticas en el buque Duero de la Naviera Pinillos, donde él ejercía de primer oficial. Luego acabada las practicas, me embarqué en un buque inglés y perdimos todo contacto, hasta que regresé a España y él al enterase que estaba buscando nuevo barco, me reclamó para el suyo, donde ahora era Capitan; El Tajo, de la misma naviera donde yo había hecho buena parte de mis prácticas de mar. Con él ingresé de tercer oficial, ascendí a segundo y luego a primero, hasta que la compañía me destinó a Tierra para sustituir, provisionalmente al delegado que existía en Las Palmas, ya que éste se iba de vacaciones.  Después de esto, ya no coincidimos en ningún otro barco, pero nuestra amistad perduró, a pesar de que apenas nos veíamos. Él era un fan de mis libros y publicaciones y yo desde que acababa uno nuevo, se lo hacía llegar Llevaba unos ya 18 años jubilado y ayer me comunicó su esposa qué, mi querido y admirado “Capitán Manuel Damiá Guimerá”, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, había   zarpado hacia su último puerto de destino.  Por lo que, automáticamente me detuve en el artículo que estaba escribiendo, para hacer uno distinto que pudiera dedicárselo a él, y en calidad de homenaje póstumo, recordando que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, y esta nueva, que nunca le conté, pero que estoy seguro que, hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las leía en borrador en el puente del buque Tajo y me decía… ¡Julio esa es buena!  Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribes de “Historias de la Mar”. Sabe bien amigo Manolo, que aquel libro, ya lo acabé y publiqué con mucho éxito, por cierto, pues ya van tres ediciones entre España y Sudamerioca.  Pero yo quiero contarte hoy otra nueva ,  que para que te entretengas mientras, en ese viaje que te llevará al Cielo junto al Todopoderoso, te entretengas una vez más leyéndome. Así que, ahí te va amigo Manolo. “El mes en que la mar me dejó varado… en el hielo” Hay recuerdos que regresan como una marea lenta: primero un olor, luego un ruido, después una imagen. Y cuando uno menos lo espera, ahí está de nuevo la juventud, llamando a la puerta como un viejo camarada que viene a tomar un café y a recordarte que la vida, pese a todo, sigue siendo hermosa. Hoy, mientras España navega entre temporales que parecen no escampar, me ha dado por rescatar una vivencia que nació en un ciclón y terminó siendo una historia cálida, casi tierna. Por ello quiero dedicarla a ti, que fuiste mi maestro, mi capitán y mi amigo, Manuel Damiá Guimerá, que ayer has emprendido tu última singladura.  “Ana: la primera vez que la muerte me miró a los ojos” Aquel viaje a Canadá comenzó con mal gesto. Nos cruzamos con el “ciclón tropical Ana” que, aunque ya venía subiendo por la costa Este de los Estados Unidos perdiendo fuelle, conservaba la “mala leche” suficiente como para recordarnos que la mar, cuando quiere, se convierte en un animal vivo. Mi barco tenía 150 metros de eslora, 30.000 toneladas, moderno, orgullos, pero se movía como si alguien lo hubiera agarrado por la quilla y lo estuviera sacudiendo para ver qué caía dentro. El viento no soplaba, “mordía como un perro de presa canario” que no quería soltarnos. Las olas no rompían: “caían como muro de piedra”. Y yo, joven tercer oficial de puente, descubrí que la muerte tiene cara… y que era “fea como el demonio”. Pero sobrevivimos. Y llegamos a nuestro destino, Canadá. Porque sabes bien que los marinos no navegamos; “resistimos”. Y porque yo llevaba en la cabeza las enseñanzas de aquel hombre que sabía leer la mar como otros leen un libro; el Capitán Guimerá. “Summer Side: cuando el océano se volvió piedra” Llegamos a “Summer Side”, en la Isla del Príncipe Eduardo, (Canadá) el 28 de diciembre. El termómetro marcaba –18 ºC, que ya es suficiente para que, a un canario como yo, se le congelaran hasta los recuerdos. Dos días después bajó a “–25 ºC”, y la bahía entera se convirtió en una lápida blanca. El barco quedó atrapado, inmóvil, prisionero del hielo como un juguete olvidado por un gigante distraído. La mar, aquella mar que días antes rugía como una fiera, ahora era un silencio absoluto. Un silencio que no se oía; se sentía. Allí estuvimos atracados “un mes entero”, sin podernos mover, esperando a que un rompehielos de la Armada canadiense viniera a rescatarnos. Un mes de frío, de rutinas suspendidas, de vida detenida… y de una sorpresa que aún hoy me hace sonreír.  Target: la flecha que