Dicen que, cuando el Sol llega a Géminis, todo el universo se relaja. Es el momento de tumbarse, estirar los pies y prepararse para «el caos en su forma más elegante».
Y es que, en este signo, el caos siempre tiene más estilo, se presenta con la mejor de las narrativas y con una banda sonora que no deja indiferente a nadie. Además, se ríe de sí mismo mientras va formando jaleo.
Y los gemelos, por supuesto, encantados.
Mientras otros signos pasan casi toda su etapa solar intentando entender por qué sienten que la vida los sacude como una lavadora en pleno centrifugado, Géminis se despierta cada día con actitud de presentador de concurso de la tele.
—¡Buenos días, querido público! Bienvenidos a otro maravilloso episodio de nuestra vida. ¿Con qué personalidad saldremos hoy a la calle?
Y así, siempre. Pero este año, queridos y queridas, llega Urano, el planeta de las sorpresas, los cambios repentinos y los «¡pero qué necesidad tenía yo de esto!». Un planeta que viene dispuesto a quedarse durante siete largos años, aportando grandes dosis de descargas eléctricas que llenarán a los Géminis de nuevas e interesantes ideas que, una vez más, empezarán y dejarán a medias; de amigos que llegarán sin avisar —tras mucho tiempo sin saber de ellos—, se beberán su café y les aconsejarán todos los cambios que deberían hacer en sus vidas para cambiar de «vibras» —cuando el único cambio que necesitan es invitarlos a salir de sus vidas… otra vez—, a lo que responderán con un «sí, qué buena idea».
Y es que, si algo los define, es su flexibilidad mental, su empatía con los demás, su curiosidad infinita, su capacidad de mandar al carajo de manera educada e irónica —que solo los que son como ellos entienden—, su capacidad de hablar con tres personas a la vez sin perder detalle y su talento natural para aceptar retos y empezar nuevos proyectos como si fuesen roscas.
Mercurio, su planeta regente, retrograda siempre que puede, como el borracho que, beba lo que beba, siempre sabe volver a casa: zigzagueando, tropezando con su propia órbita y enviando mensajes que nadie le pide, pero de vuelta.
Y, sin embargo, los Géminis, lejos de preocuparse, lo toman como una oportunidad única que les concede la vida para contestar a los WhatsApps que dejaron en visto desde hace tres semanas, excusándose de manera descarada.
—Lo siento, me pongo fatal cuando Mercurio retrograda.
Pero eso no es todo, porque, mientras tanto, nuestra querida amiga la Luna seguro que hace conjunción con algo y, a su vez, se coloca en oposición a no sé qué y en cuadratura con vete tú a saber… Y, por supuesto, los gemelos lo viven como si fueran retos nunca aceptados, obstáculos que superar, pruebas que les envía el mismísimo Dios o una señal del más allá para hacer aquello que llevaban tiempo queriendo hacer, pero que no se atrevían.
Y, justo cuando salen de todo ese caos astrológico que eleva aún más la ya de por sí complejidad de su persona, Marte entra en juego. Y con él, su intensidad —y todos sabemos que los Géminis no son nada intensos…—, que los invita a liberar su impulsividad de fábrica, dándonos ese empujoncito mezcla de café y Red Bull.
—¡Yupi, vamos a dejarnos llevar por nuestros impulsos!
Resultado: cambio de trabajo, corte de pelo, una planta nueva en casa y matrícula en un curso de japonés.
Los demás signos no. Ellos se mantienen a distancia, observando desde la grada, confundidos y agotados de tanto cambio, viendo cómo este signo transforma el desorden en entretenimiento.
Y, mientras el cielo sigue moviendo planetas como si estuviera de mudanza, los geminianos traducen lo que está ocurriendo aunque nadie se lo pida, aunque nadie les pregunte, aunque ni ellos mismos lo entiendan. Porque esa es la magia de las personas Géminis: el caos no las descoloca, las inspira; el desorden no las confunde, las divierte; y la temporada astral, por muy intensa que sea, siempre les servirá de excusa para ser aún más ellas mismas: brillantes, intensas, contradictorias, agotadoras, habladoras, divertidas y absolutamente impredecibles.
