14 abril 2026 10:44 am
Teatro Pleito La Aldea
Teatro Pleito La Aldea
La Aldea de San Nicolás impulsa una obra teatral sobre el histórico Pleito de La Aldea
El Ayuntamiento de La Aldea de San Nicolás, a través de la Concejalía de Cultura dirigida por Víctor Juan Hernández, pone en marcha un ambicioso proyecto cultural centrado en la creación de una obra de teatro que abordará uno de los episodios más relevantes de nuestra historia: el Pleito de La Aldea. Esta iniciativa cuenta con la financiación de la Consejería de Cultura del Cabildo de Gran Canaria, dirigida por Guacimara Medina, reforzando así el compromiso institucional con la recuperación y difusión del patrimonio histórico y cultural del municipio.
El Pleito de La Aldea constituye uno de los conflictos jurídicos, sociales y económicos más prolongados de la historia del archipiélago con una duración aproximada de tres siglos, desde sus orígenes en el Antiguo Régimen hasta su resolución definitiva en 1927. Su origen se sitúa en la apropiación y control de las tierras por parte de los señores jurisdiccionales, especialmente vinculados al Marquesado de Nava y Grimón, marqués de Villanueva del Prado, quienes impusieron a la población campesina un sistema de cultivo en “medias perpetuas”. Este modelo impedía el acceso a la propiedad de la tierra, perpetuando una situación de desigualdad y dependencia.
Durante generaciones, los aldeanos sostuvieron una lucha constante por el reconocimiento de sus derechos, enfrentándose a un sistema legal complejo y profundamente desigual. La magnitud del conflicto llevó a la intervención directa del Estado, destacando la histórica visita del Ministro de Gracia y Justicia, Galo Ponte y Escartín, el 14 de febrero de 1927, un hecho excepcional que evidencia la relevancia del Pleito en el contexto canario y nacional.
El proyecto teatral nace con el objetivo de explicar, escenificar y transmitir no solo el desenlace del conflicto, sino también sus orígenes, su prolongación a lo largo de tres siglos, sus protagonistas y el profundo significado que tuvo para la identidad y la dignidad de los aldeanos.
Para su desarrollo, la Concejalía de Cultura ha establecido acuerdos de colaboración con diferentes colectivos del municipio, entre los que destacan la Escuela de Música Isidro Rodríguez, encargada de la recuperación y adaptación de piezas musicales para la puesta en escena; el grupo de teatro local La Gaviota, con María del Carmen Morales; talleres formativos dirigidos a todos los segmentos de población y dirección artística de Ruth Plata León; y el trabajo de investigación y producción escénica de RC Producciones, responsables de iniciativas como las estatuas parlantes del Centenario.
La representación está prevista para el próximo mes de septiembre en el marco de las Fiestas Patronales en honor a San Nicolás de Tolentino, y tiene como finalidad la creación de una obra teatral de carácter comunitario y documental que ponga en valor los principales hitos del Pleito de La Aldea, así como los trescientos años de lucha que marcaron la historia del municipio hasta su resolución definitiva en 1927.
En palabras del concejal de Cultura, Víctor Juan Hernández, “este proyecto representa una oportunidad única para recuperar y dar a conocer nuestra historia desde una perspectiva cercana, participativa y profundamente arraigada en el sentir de nuestro pueblo.
Asimismo, añadió que “la implicación de colectivos culturales, educativos y sociales del municipio convierte esta iniciativa en un verdadero proyecto comunitario, donde la cultura actúa como herramienta de unión, aprendizaje y transmisión de valores. Queremos que esta obra no solo emocione, sino que también ayude a comprender quiénes somos y de dónde venimos”.
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Un Primer Paso
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Un primer paso por Olga Valiente

Mateo no quería convertirse en héroe ni dedicar sus días a salvar princesas. Él quería conquistar planetas. Mientras sus primos y amigos se aprendían los nombres de los dinosaurios, jugaban al fútbol o coleccionaban cromos, él memorizaba la distancia entre Mercurio y Venus, los nombres de las constelaciones y las temperaturas imposibles de Urano y Neptuno. Solía pasar horas leyendo los artículos que la NASA publicaba sobre las nuevas galaxias y los nuevos planetas descubiertos por alguno de los satélites que surcaban el universo, pero había uno en particular que lo obsesionaba: Marte. Desde muy pequeño le gustaba subir a la azotea para observarlo a través del telescopio de su padre, prometiéndose a sí mismo que, algún día, sería el primero en pisarlo. Siempre que lo escuchaban, sus padres sonreían y le acariciaban el pelo, y los profesores asentían como hacen los adultos cuando oyen a un niño fantasear con personajes de cuento. Pero Mateo no fantaseaba. Por las noches, cuando todos en casa dormían, se asomaba a la ventana y miraba el cielo, buscándolo, aunque no siempre fuera visible. —¿Y si no está deshabitado? —preguntaba, sin dejar de mirar. Él no creía que los planetas estuvieran deshabitados. De hecho, pensaba que en todos existía algún tipo de ser adaptado a las condiciones del lugar, esperando a ser descubierto. En su mente, en Marte los habitantes no respiraban como los humanos. Allí vivían con menos oxígeno, sus pieles resistían mejor los cambios de temperatura, eran de color rojizo y tenían los ojos más grandes para poder ver en la penumbra de las tormentas de polvo. A veces los dibujaba: altos, delgados, flotando debido a la escasa gravedad. —Ellos no necesitan hablar —decía—. Se comunican a través de la mente o de las emociones. Y en esos pensamientos siempre había una escena que se repetía: el momento de su llegada al planeta. Su primer paso. Un primer paso sin cámaras, sin banderas, sin retransmisiones en vivo ni discursos. Solo él descendiendo de la nave, levantando el polvo rojo con el andar de sus botas y, unos pasos más allá, ellos, observándolo con curiosidad. Mateo sabía que, en el fondo, ya lo estaban esperando, porque eran más sabios que nosotros y les gustaba recibir a quienes no iban a conquistar, sino a aprender de aquellos que tenían mucho que enseñar. Y así pasaron los años. Mateo siguió dibujando en sus cuadernos, aunque aquellos trazos dejaron de ser simples dibujos para convertirse en proyectos de estudio. Sus noches de observación se transformaron en horas de trabajo y su certeza, en disciplina. Pero nunca, nunca, dejó de creer. Siguió sintiendo que ese planeta seguía siendo suyo porque, quizá, en otra vida ya le había pertenecido. Y mientras el mundo seguía girando, ajeno a la promesa que un día se hizo cuando solo era un crío, él mantenía intacta la esperanza de demostrar que no estamos solos.