14 abril 2026 10:46 am
NÉstor BolaÑos
NÉstor BolaÑos
Néstor Bolaños presenta ‘Oniria: el reino de los sueños’ en la Biblioteca de Gáldar dentro del XIX Circuito ‘Días de Cuentos’
El espectáculo de narración oral para adultos ‘Oniria: el reino de los sueños’, a cargo del cuentacuentos grancanario Néstor Bolaños, llega a la  la Biblioteca Municipal de Gáldar el próximo jueves 16 de abril, a las 17:30 horas. La cita está enmarcada en el XIX Circuito de Narración Oral ‘Días de cuentos’, impulsado por la Consejería de Cultura del Cabildo de Gran Canaria y la Biblioteca Insular, en colaboración con la red de bibliotecas municipales de la isla y la Concejalía de Bibliotecas, que dirige Carlos Ruiz Moreno.
Néstor Bolaños, con más de una década de trayectoria en la tradición oral,  propone un recorrido por la naturaleza ilógica y fantástica del mundo onírico. Licenciado en Psicología, el narrador combina nuevas técnicas escénicas con humor, ternura y creatividad, dotando a sus relatos de una carga emocional creada para conectar directamente con la sensibilidad del público. ‘Oniria’ busca trasladar a la escena la lógica difusa de los sueños, ofreciendo una experiencia literaria íntima y sugerente pensada para el público adulto.
Esta sesión forma parte de la programación cultural que acerca la narración oral a diferentes municipios de Gran Canaria, cuya finalidad es difundir la literatura y las artes escénicas en formato oral. De esta manera,  Gáldar se suma a las iniciativas que promueven el Pacto por la Lectura y Escritura en Gran Canaria.
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Un Primer Paso
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Un primer paso por Olga Valiente

Mateo no quería convertirse en héroe ni dedicar sus días a salvar princesas. Él quería conquistar planetas. Mientras sus primos y amigos se aprendían los nombres de los dinosaurios, jugaban al fútbol o coleccionaban cromos, él memorizaba la distancia entre Mercurio y Venus, los nombres de las constelaciones y las temperaturas imposibles de Urano y Neptuno. Solía pasar horas leyendo los artículos que la NASA publicaba sobre las nuevas galaxias y los nuevos planetas descubiertos por alguno de los satélites que surcaban el universo, pero había uno en particular que lo obsesionaba: Marte. Desde muy pequeño le gustaba subir a la azotea para observarlo a través del telescopio de su padre, prometiéndose a sí mismo que, algún día, sería el primero en pisarlo. Siempre que lo escuchaban, sus padres sonreían y le acariciaban el pelo, y los profesores asentían como hacen los adultos cuando oyen a un niño fantasear con personajes de cuento. Pero Mateo no fantaseaba. Por las noches, cuando todos en casa dormían, se asomaba a la ventana y miraba el cielo, buscándolo, aunque no siempre fuera visible. —¿Y si no está deshabitado? —preguntaba, sin dejar de mirar. Él no creía que los planetas estuvieran deshabitados. De hecho, pensaba que en todos existía algún tipo de ser adaptado a las condiciones del lugar, esperando a ser descubierto. En su mente, en Marte los habitantes no respiraban como los humanos. Allí vivían con menos oxígeno, sus pieles resistían mejor los cambios de temperatura, eran de color rojizo y tenían los ojos más grandes para poder ver en la penumbra de las tormentas de polvo. A veces los dibujaba: altos, delgados, flotando debido a la escasa gravedad. —Ellos no necesitan hablar —decía—. Se comunican a través de la mente o de las emociones. Y en esos pensamientos siempre había una escena que se repetía: el momento de su llegada al planeta. Su primer paso. Un primer paso sin cámaras, sin banderas, sin retransmisiones en vivo ni discursos. Solo él descendiendo de la nave, levantando el polvo rojo con el andar de sus botas y, unos pasos más allá, ellos, observándolo con curiosidad. Mateo sabía que, en el fondo, ya lo estaban esperando, porque eran más sabios que nosotros y les gustaba recibir a quienes no iban a conquistar, sino a aprender de aquellos que tenían mucho que enseñar. Y así pasaron los años. Mateo siguió dibujando en sus cuadernos, aunque aquellos trazos dejaron de ser simples dibujos para convertirse en proyectos de estudio. Sus noches de observación se transformaron en horas de trabajo y su certeza, en disciplina. Pero nunca, nunca, dejó de creer. Siguió sintiendo que ese planeta seguía siendo suyo porque, quizá, en otra vida ya le había pertenecido. Y mientras el mundo seguía girando, ajeno a la promesa que un día se hizo cuando solo era un crío, él mantenía intacta la esperanza de demostrar que no estamos solos.