20 marzo 2026 10:22 am
Quiero Una Tormenta Con Mi Nombre
Quiero Una Tormenta Con Mi Nombre
(Absténgase de leerlo si es usted susceptible de tomarse las cosas demasiado en serio)
Quiero una tormenta con mi nombre

Señores meteorólogos, me presento:

Me llamo Olga, soy mujer ––lo aclaro porque hoy en día se puede ser cualquier cosa–– y quiero presentarles una queja formal, y con glamour, por supuesto.

Todavía no sé por qué no han puesto mi nombre a una tormenta. Entiendo que son miles los nombres entre los que pueden escoger, pero eso es porque aún no me conocen porque, si existe alguien merecedor de todo un fenómeno meteorológico, soy yo.

Y no, no es cuestión de ego —que también––, sino de justicia.

Todos saben que una tormenta no es cualquier cosa y, por eso, no puede llevar cualquier nombre. Debe tener presencia, provocar que, al anunciarse, la gente no pueda evitar levantar la cabeza, como influencer convertida en el centro de atención de la fiesta. Bella, intensa, caprichosa, magnética y ligeramente impredecible.

Como yo.

Piénsenlo un segundo. Visualícenlo. ¿Qué tiene una tormenta para no ser nunca olvidada? ¿Fuerza? La tengo. ¿Carácter? Uf, me sobra. ¿Capacidad de provocar el caos en cuestión de segundos? Esa es mi especialidad ––como buena géminis––. ¿Belleza destructora? No quiero presumir, pero tampoco mentir, así que… mejor me callo.

Si es que… ¡hasta cambio la presión atmosférica cuando llego a los sitios!

Tengo esa energía arrolladora que nunca pasa desapercibida, esa presencia que siempre se nota y a todos altera. Uno de mis gestos puede parecer brisa, pero también huracán que todo se lleva y a todos despeina. Y no porque quiera ir por ahí provocando desastres ––al menos no siempre–– sino porque hay quienes nacen para ser la pereza de los lunes y quienes lo hacen para ser avisos naranjas. Y yo, soy más de alertas.

Y luego está mi independencia, porque la tormenta que lleve mi nombre no puede depender de nadie. Ella se forma sola, crece sola, avanza sola y, si hace falta, arrasa con todo sin ayuda. Poderosa. Independiente. Empoderada. Con voz y con criterio. Con ideas propias y con la costumbre de pedir perdón y no permiso. Evitando entrar de puntillas y siempre dejando huella.

Y encima, soy creativa, característica que ustedes todavía no valoran en el mundo de la meteorología pero que ya va siendo hora de que tengan en cuenta. Porque no todas las tormentas son merecedoras de ser consideradas como tal. Algunas solo traen lluvia. Otras, grandes rachas de viento. Yo traería historias.

Sería algo así como una tormenta narrativa, de esas que empiezan con nubarrones elegantes que se van mezclando con ráfagas teatrales, se añaden algunos truenos aislados y terminan siendo el tema principal de las noticias durante semanas.

Además, también comunico, porque soy escritora. Y eso es fundamental porque no llegaría en silencio, sin avisar, sino haciendo notar mi pronta presencia y haciendo una entrada digna ––con discurso, intención y presencia escénica––. Y eso, señores meteorólogos, tiene mucho mérito.

Y qué me dicen del liderazgo. Quién mejor que una géminis para controlar la situación en mitad de un vendaval con toda la tranquilidad y seguridad del mundo ––aunque por dentro haya dos personalidades discutiendo y una tercera pensando en las musarañas––. Bueno, he de decir que esto no es solo una característica astrológica. Es prácticamente una advertencia técnica sobre lo que será el fenómeno atmosférico que lleve mi nombre: aire, cambio, movimiento, contradicción elegante, brisa poética, tormenta eléctrica de ideas, pensamiento filosófico, hambre, ganas de cambiar de vida cada diez días ––o diez minutos––, impulsos repentinos de organizar todo y nada, pérdida de control…

Hay quienes lo llaman “inestabilidad”. Yo lo llamo “versatilidad atmosférica”.

A veces también cambio de humor… sin querer… en cuestión de… pero eso también hace que mi nombre sea perfecto para una tormenta. ¿O acaso prefieren llamarla “estabilidad emocional”? No tendría sentido ––ni chispa, ni giros, ni sorpresas––.

Pero, evidentemente, no todo va a ser caos, porque también soy maravillosa ––y conviene que apunten bien esto para que lo tengan en cuenta–– por mi capacidad de reinventarme, mi fuerza, mi sensibilidad para presentir lo que va a suceder, mi valentía para decir lo que pienso y mi capacidad para convertir en fascinante lo contradictorio.

Todas las mujeres merecen una tormenta con su nombre porque todas son especiales e inolvidables. Pero yo lo soy más. Inspiro respeto, miedo, admiración; desordeno con estilo… y, seamos sinceros: mi nombre sonaría espectacular.

“Tormenta Olga”.

Suena a algo que nunca se olvida y ese, es mi superpoder.

Así que les pido, con toda la humildad que me permite ser yo, que reconsideren sus criterios de selección. Que se pregunten, con total honestidad, qué nombre merece de verdad una tormenta y… me llamen.

Porque algunas personas nacen para ser calma;yo, para ser noticia.

Atentamente, la mujer que no pide un fenómeno meteorológico con nombre propio por capricho sino por merecimiento.

Compartir
Más Noticias

Suscribete a nuestro newsletter