Fotoatalaya
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Un inicio fulgurante y la expulsión local encarrilaron el triunfo de un Gáldar sólido y eficaz en La Atalaya.

El Gáldar continúa en estado de gracia. En una tarde marcada por la seriedad y el orden táctico, el conjunto galdense conquistó La Atalaya con un contundente 0-3, firmando su octava victoria consecutiva y asegurando matemáticamente el subcampeonato de liga.

El partido no pudo empezar mejor para los visitantes. En el minuto 3, una presión asfixiante liderada por Dani permitió al mediapunta robar un balón en zona de peligro. Con criterio, asistió a Juanma, que tras zafarse de su marcador con un recorte seco, ajustó el disparo a la base del poste, haciendo inútil la estirada del guardameta local.

Tras el 0-1, el encuentro entró en una fase de ida y vuelta. El Gáldar dispuso de ocasiones para ampliar la ventaja, pero la falta de acierto mantuvo la incertidumbre hasta el minuto 32, cuando llegó la jugada clave. Juanma se plantó solo ante portería y, en su intento de vaselina, el portero local interceptó el balón con la mano fuera del área. La expulsión fue clara e inmediata, pese a las protestas de la grada.

En esa misma acción a balón parado, la fortuna se alió con el trabajo: el lanzamiento tropezó en la barrera, pero Christian, siempre atento al rechace, recogió el balón suelto para anotar el 0-2 antes del descanso.

En la segunda mitad, la Atalaya B intentó reaccionar con orgullo, volcándose al ataque a pesar de la inferioridad numérica. Sin embargo, se encontró con la versión más sólida del Gáldar. Los visitantes, lejos de entrar en el intercambio de golpes, tiraron de veteranía para dormir el partido a través del toque, sin permitir que el rival generara peligro real. Ya en el minuto 89, con el tiempo prácticamente cumplido, el Memi  culminó un contragolpe para cerrar el definitivo 0-3.

Con este triunfo, el Gáldar cierra una fase regular sobresaliente y ya fija su mirada en el playoff de ascenso. Como subcampeón, contará con el factor campo y la ventaja deportiva en caso de empate.

La jornada también sirve para poner el broche a la liga regular y reconocer el brillante campeonato de la U.D. Guía, que se proclamó campeona matemática hace varias semanas tras una trayectoria impecable.

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17 y 18 de junio: España no puede permitirse otro silencio

España se enfrenta a una cita que va mucho más allá de lo judicial. La comparecencia del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero ante el juez no puede interpretarse como un simple trámite procesal. Cuando quien ha ocupado la Presidencia del Gobierno es llamado a declarar, lo que está en juego no es únicamente una cuestión legal: también se pone a prueba la dignidad institucional del país. Es cierto que Zapatero, como cualquier ciudadano, puede acogerse a los derechos que le reconoce la ley. Entre ellos, el derecho a no declarar si así lo considera oportuno su defensa. Pero una cosa es lo estrictamente legal y otra muy distinta la responsabilidad política, moral e institucional que acompaña a quien ha dirigido los destinos de España. La ley marca el mínimo. La ética exige bastante más. España está cansada de silencios calculados, de explicaciones a medias y de una sensación creciente de impunidad entre quienes han ocupado o siguen ocupando altas responsabilidades públicas. La ciudadanía observa con preocupación cómo determinados asuntos que afectan a la credibilidad del Estado, a la confianza en la justicia y a la imagen internacional del país acaban envueltos en estrategias políticas, recursos judiciales, maniobras parlamentarias y discursos contradictorios. No se trata solo de un caso concreto. Se trata de un clima general de deterioro institucional. Durante los últimos años, España ha vivido instalada en una tensión permanente. La confrontación política, las sospechas sobre el uso partidista de las instituciones, las dudas sobre la independencia de determinados órganos del Estado y las decisiones judiciales o legislativas más controvertidas han contribuido a erosionar la confianza pública. En ese contexto, cualquier gesto de opacidad por parte de un expresidente tendría un efecto devastador. Porque un expresidente no puede comportarse como si su responsabilidad terminara el día que abandona La Moncloa. La responsabilidad institucional no se jubila, no se archiva y no desaparece con el paso del tiempo. Quien ha representado al Estado conserva, incluso fuera del cargo, una obligación especial con la verdad, la transparencia y el respeto a los ciudadanos. Por eso, si Zapatero decidiera acogerse a su derecho a no declarar, el gesto podría ser legal, sí, pero resultaría políticamente muy difícil de defender. La ciudadanía no necesita más silencios. Necesita respuestas. Necesita claridad. Necesita comprobar que quienes han gobernado España siguen estando dispuestos a rendir cuentas cuando las circunstancias lo exigen. Un silencio en este momento no sería prudencia. Sería una forma de desentenderse de la responsabilidad institucional. Conviene decirlo sin rodeos: el 17 y 18 de junio no se examina únicamente a un expresidente. Se examina también la madurez democrática de España. Se examina si las instituciones son capaces de sostenerse sobre algo más que formalismos jurídicos. Se examina si quienes han ocupado los cargos más altos entienden que la confianza pública no se conserva con evasivas, sino con explicaciones. Si Zapatero declara con claridad, enviará un mensaje de respeto institucional y compromiso con la transparencia. Si opta por callar, el mensaje será el contrario: que incluso quienes han dirigido el país pueden permitirse no dar explicaciones cuando la sociedad más las reclama. Y eso, en un momento de profundo descrédito político, sería un golpe innecesario para España. El país no puede seguir instalado en la sospecha permanente. No puede normalizar que los grandes asuntos de Estado se resuelvan entre silencios, tecnicismos y estrategias de desgaste. La democracia no se fortalece únicamente cumpliendo la ley; se fortalece también dando la cara. Zapatero tiene derecho a callar. Nadie lo discute. Pero España tiene derecho a exigirle que no lo haga. La legalidad es el suelo. La ética es el techo. Y hoy España necesita altura institucional, no refugios procesales. Necesita dirigentes, actuales y pasados, capaces de entender que la confianza de un país no se conserva escondiéndose detrás de los derechos que la ley concede, sino ejerciendo con responsabilidad los deberes que la historia impone. El 17 y 18 de junio no serán solo unas fechas en el calendario judicial. Serán una prueba de dignidad democrática. España no puede permitirse otro silencio más. No puede seguir dando al mundo la imagen de un país atrapado en sus propias disputas, debilitado por sus contradicciones y resignado a que la política se parezca cada vez menos al servicio público y cada vez más a una lucha por la supervivencia del poder. Porque el pueblo llano, piense como piense y vote a quien vote, merece algo mejor. Merece instituciones serias, gobernantes responsables y antiguos presidentes que entiendan que haber dirigido España no fue un privilegio personal, sino una obligación histórica. Y, para no perder la costumbre de terminar con una expresión muy nuestra, canaria y directa, solo cabe decir: ¡Ve, María Purísima, cómo nos han dejado el cacharro! Uno mira alrededor y se pregunta en qué momento se apagó el farol. Porque casos se han dado, sí. Pero hay silencios que pesan más que una declaración. Y España, hoy, no está para más silencios. ¡QUE COSAS!