Cl Santa Rita
Cl Santa Rita
Este viernes a partir de las 21:00 en el Municipal de Vecindario
Unión Agüimes y Santa Rita, cara a cara por el título de Segunda Categoría de la Liga Cabildo de Gran Canaria

La categoría de plata define a su campeón. El Terrero Municipal de Vecindario será escenario este viernes 23 de enero, a partir de las 21:00 horas, de la gran final de la Liga Cabildo de Gran Canaria de Segunda Categoría, con un duelo de alto voltaje entre el Unión Agüimes y el Santa Rita.

El conjunto sureño llega a la cita como líder indiscutido e invicto de la Fase Regular, con 28 puntos en diez jornadas, y con la condición de vigente campeón de la Liga Cabildo de Gran Canaria en Segunda Categoría, avales que lo sitúan como una referencia de la categoría. Regularidad, bloque y experiencia han sido las señas de identidad del equipo durante toda la temporada.

El Unión Agüimes cuenta con el Puntal C Aitor Lorenzo, un hombre frío en las finales que ya ha dado varios triunfos a su equipo, sin olvidar al conejero David Medina, que llegó esta temporada al equipo, a Antonio Cerezuela, Jonay Roque o al sénior -siendo su primer año- Guayre Rodríguez, segundo máximo tumbador de la categoría.

El Santa Rita, segundo clasificado con 21 puntos, afronta la final con la ambición de dar la sorpresa y confirmar su candidatura en la categoría de plata. La pasada temporada compitió en Primera Categoría y ganó el Torneo DIELCA de Lucha Corrida.

El equipo capitalino cuenta con la jerarquía de su destacado A, Santi Santana “El Faro”, hombre llamado a marcar diferencias en las grandes noches, y con el destacado B Rafa Santiago, que ha ido de menos a más con el paso de las jornadas. A ello se suma el importante papel de sus juveniles, Mohamed Mbaye y Javier Díaz “Pollo de la Laja II”, piezas clave en el equilibrio del equipo.

También habrá duelo de mandadores, por parte del Santa Rita Nauzet Rodríguez “Pollo de la Calle” y, en el Unión Agüimes, Fernandín Ramírez “El Estilista”. El Municipal de Vecindario será el que dicte sentencia para levantar el título de la Liga Cabildo de Gran Canaria de Segunda Categoría.

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¿Por qué el nombre de “Julito” inquieta tanto a Zapatero y a Pedro Sánchez?

Hay nombres que, a primera vista, parecen inofensivos. Nombres pequeños, casi familiares, hechos para sonar en una sobremesa, en la puerta de un colegio o en una calle de barrio. “Julito” es uno de ellos. Tiene aire de diminutivo doméstico, de infancia, de confianza, de alguien que nunca debería provocar sobresaltos en las alturas del poder. Y, sin embargo, en política los nombres no siempre pesan por su tamaño, sino por lo que arrastran detrás. Hoy, “Julito” ha dejado de ser un simple apodo para convertirse en una palabra incómoda. Una de esas que, al pronunciarse, altera el gesto, enfría la conversación y obliga a mirar hacia zonas que algunos preferirían mantener en penumbra. La pregunta, por tanto, no es menor: ¿cómo puede un nombre tan pequeño proyectar una sombra tan larga? Detrás de ese diminutivo aparece Julio Martínez Martínez, empresario vinculado al caso Plus Ultra y señalado en el marco de las investigaciones judiciales como una figura relevante en la presunta red de influencias que rodea el rescate de la aerolínea. Según las informaciones conocidas, el juez José Luis Calama y los informes policiales sitúan a Martínez en una posición especialmente delicada: la de posible intermediario, hombre de confianza o pieza operativa en una trama que, de confirmarse, tendría consecuencias políticas de enorme profundidad. Ahí está el verdadero problema. No en el apodo, sino en lo que el apodo simboliza. “Julito” no inquieta por ser quien es, sino por lo que puede saber. Por lo que puede haber visto. Por lo que puede haber gestionado. Por los nombres que pueden aparecer unidos al suyo. Y, sobre todo, porque en toda investigación compleja suele haber una figura que, sin ocupar el despacho principal, termina abriendo la puerta del edificio entero. En política, los nombres no son solo nombres. Son señales. Y el de “Julito” se ha convertido en una señal roja dentro de un tablero donde el PSOE, el Gobierno de Pedro Sánchez y el entorno de José Luis Rodríguez Zapatero tienen mucho más que perder que una simple batalla mediática. El hombre que incomoda al relato Pedro Sánchez ha construido buena parte de su carrera sobre el control del relato. Control del tiempo, del mensaje, de la escena y hasta del silencio. Sabe cuándo comparecer, cuándo desaparecer, cuándo cambiar de tono y cuándo convertir una crisis en una maniobra de supervivencia. Pero hay asuntos que no se controlan desde una sala de prensa. “Julito” representa precisamente eso: una grieta en la pared recién pintada. No derrumba por sí sola el edificio, pero deja ver que detrás de la fachada puede haber humedades antiguas. Y cuando una grieta aparece en el lugar equivocado, lo prudente no es taparla con pintura, sino revisar los cimientos. El problema para Sánchez y para Zapatero no es únicamente judicial. Es político, moral y narrativo. Durante años, el socialismo gobernante ha intentado presentarse como una fuerza de regeneración frente a los excesos ajenos. Pero cada nueva pieza vinculada a presuntas redes de influencia, favores, intermediarios y rescates públicos erosiona ese discurso. Porque una cosa es predicar transparencia y otra muy distinta soportar la luz cuando empieza a apuntar hacia dentro. El silencio también habla En la vida pública, el silencio puede ser una estrategia. A veces protege. A veces gana tiempo. A veces evita errores. Pero también puede delatar. Cuando una cuestión empieza a resultar demasiado concreta, el silencio deja de ser prudencia y empieza a parecer miedo. Y el nombre de “Julito” tiene esa cualidad peligrosa: es breve, fácil de recordar y difícil de borrar una vez instalado en la conversación pública. Los asesores temen este tipo de símbolos porque no necesitan grandes explicaciones. Funcionan solos. Se repiten. Se convierten en pregunta, en comentario, en sospecha. Y cuando un nombre entra en la calle, ya no pertenece al argumentario de ningún partido. Eso es lo que ocurre ahora. “Julito” no es solo un empresario investigado ni un personaje secundario en una causa judicial. Se ha convertido en el recordatorio de que, a veces, las grandes crisis políticas no empiezan con un discurso solemne, sino con un hilo pequeño del que alguien decide tirar. Y cuando se tira del hilo, nunca se sabe cuánta tela viene detrás. Zapatero, Sánchez y el peso de las compañías La figura de Zapatero vuelve al centro del debate en un momento especialmente delicado para el Gobierno. No como expresidente retirado de la primera línea, sino como nombre asociado a una investigación que amenaza con reabrir preguntas incómodas sobre poder, influencia y puertas giratorias políticas. Sánchez tampoco puede mirar hacia otro lado con facilidad. Aunque las responsabilidades judiciales, si las hubiera, deberán determinarlas los tribunales, la responsabilidad política tiene otros tiempos. Y esos tiempos suelen ser más rápidos, más crueles y menos pacientes que los de la justicia. Un Gobierno puede sobrevivir a una mala encuesta, a una bronca parlamentaria o incluso a una derrota electoral parcial. Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir a la sensación de descomposición moral. Cuando los ciudadanos empiezan a creer que el poder se protege a sí mismo, que los amigos pesan más que las normas y que las instituciones se usan como escudo, el desgaste ya no es coyuntural: es estructural. Y ese es el verdadero riesgo para Sánchez. No que “Julito” sea noticia durante unos días. El riesgo es que “Julito” termine siendo el nombre que resuma algo mucho mayor: la sospecha de que alrededor del poder se ha creado una red de lealtades, favores y silencios que merece una explicación completa. La política del miedo al detalle Los grandes escándalos rara vez se entienden al principio. Empiezan con papeles sueltos, nombres menores, intermediarios aparentemente secundarios y frases que parecen no encajar. Luego, con el tiempo, el mapa empieza a tomar forma. Por eso los detalles importan. Un teléfono. Un mensaje. Una reunión. Un viaje. Una llamada. Una sociedad. Un pago. Un nombre escrito donde no debería estar. La política teme esos detalles porque no obedecen al discurso oficial. No aceptan