| Susurraste un «te amo» mirándome a los ojos, y escuché un aleteo rozándome los labios. Todo tu cuerpo entonces estaba entre mis brazos sumergido en el mío con el fulgor de un faro. Eras para mi sueño conmigo el mismo árbol donde en las ramas cantan siempre los mismos pájaros. Afloraste un gemido con los ojos cerrados, ya cuando toda tú era un fanal temblando. En la voz de mi pecho —sed de un alud varado— fuiste cauce de un río, y aire y luz en mi canto. No pude contener mi silbo desatado ni tu viento de aves ni el vaivén de mis barcos. En la galerna alada, sin saber cómo o cuando, el tiempo se detuvo en su pretil arcano. Supe entonces que siempre, mi alma entera en tu mano, latiendo en llama viva te seguiría amando. ¡Que en tu seno de frutos —abril de savia sin llanto— sólo mi amor podría sin fin volar abrasado! |

Imitar sin pensar
Las modas nacen deprisa. Un gesto, una celebración, una fotografía o un vídeo bastan para que miles de jóvenes quieran imitar lo que ven sin preguntarse de dónde viene ni qué significa. Es el precio de vivir en un mundo donde la apariencia suele correr más que el conocimiento. Un muchacho se bajó los pantalones un palmo porque su ídolo lo había hecho. Otro lo imitó al día siguiente. Después llegaron cientos más. Ninguno sabía explicar el motivo, ni le importaba. Lo importante era parecerse a quien admiraban. Con el paso del tiempo descubrieron que muchos gestos, formas de vestir o maneras de comportarse tenían historias que desconocían. Algunas eran simples modas; otras habían nacido en ambientes marginales, en bandas, incluso en prisiones o en culturas muy distintas de la nuestra. Comprendieron demasiado tarde que copiar sin entender es la forma más rápida de dejar que otros piensen por uno. Los años pasan y la imagen que cada cual construye también deja huella. Se toman decisiones que parecen insignificantes en el momento, pero que acaban definiendo la personalidad, las costumbres e incluso la forma en que los demás nos perciben. Corregir ese rumbo siempre es posible, pero nunca resulta tan sencillo como haber reflexionado antes de imitar. Todo esto me viene a la cabeza al recordar la celebración del futbolista de la selección española Lamine Yamal. Un deportista de élite sabe que millones de ojos observan cada uno de sus movimientos. Los referentes no solo marcan goles; también marcan conductas. Quienes los admiran merecen mensajes que inspiren esfuerzo, respeto y criterio, no simples gestos vacíos destinados a ser copiados sin reflexión. La lección es sencilla: no conviertas la admiración en obediencia, no imites porque sí, pregunta, piensa y decide por ti mismo. La libertad empieza cuando dejas de seguir al rebaño. A buen seguro, quien renuncia a pensar acaba viviendo la vida de otros. Y esa es la peor de las derrotas: descubrir, cuando ya es demasiado tarde, que nunca fue uno mismo quien eligió el camino.