Hay mañanas que no se explican con el reloj, sino con el pecho. Hoy es una de ellas. Mientras escribo estas líneas, sostengo una copa de vino blanco seco, de ese que nace del fuego y la ceniza en Lanzarote, y levanto la mirada para brindar. Brindo porque la muerte no tuvo la última palabra. Brindo porque Él ha resucitado. ¿Me acompañas en este trago de esperanza?
El Domingo de Resurrección es mucho más que una hoja roja en el calendario litúrgico o el cierre de una semana de procesiones. Para quienes sentimos la fe como algo que late bajo la piel, este día es un punto de inflexión interior. Venimos del silencio espeso del Viernes, del dolor que aprieta y de esa reflexión obligatoria que nos regala la ausencia. Pero hoy, de pronto, estalla la luz. Y no es una claridad cualquiera; es una que transforma el paisaje de nuestras rutinas y nos invita, casi de la mano, a volver a empezar.
Al mirar el sepulcro vacío, nos asalta una pregunta inevitable: ¿Qué hay en nosotros que necesita resucitar? ### La esperanza como verbo, no como sustantivo La Pascua no es un museo de recuerdos ni un evento histórico que observamos desde la barrera. Es una experiencia que estamos llamados a encarnar. Entre el ruido del trabajo, las facturas, las prisas y esas mochilas invisibles que todos cargamos, el mensaje de hoy nos susurra una esperanza activa.
Para el que cree, ese vacío en la tumba no es una ausencia, es la mayor presencia imaginable. Es la prueba de que el amor tiene más fuerza que el final, de que la vida siempre se abre paso entre las grietas de lo perdido. Pero esa certeza no es solo un consuelo; es una responsabilidad. Nos toca a nosotros ser los espejos que reflejen esa luz en nuestro día a día.
Un día para el hombre nuevo
Este domingo nos obliga a detenernos. Nos invita a mirar hacia dentro y reconocer nuestras sombras, esas que todos tenemos, pero con una diferencia vital: hoy sabemos que ninguna sombra es definitiva.
A mí, personalmente, este día me reconcilia con la idea del recomienzo. Es la oportunidad de perdonar, de hacer las paces con el espejo y con el prójimo. Es una jornada que no señala con el dedo ni juzga desde un altar; es una mano tendida que acoge y propone.
A veces se piensa, con cierta miopía, que la espiritualidad es un refugio anticuado, «cosas de curas de sotana negra y mentes caducas». Nada más lejos de la realidad. La fe es una fuerza fresca, una energía nueva que nos empuja a amar mejor y a vivir con más consciencia. Como decimos los Scouts: se trata de estar «Siempre Listos» para servir, para dar sin llevar la cuenta de lo entregado.
Un amanecer que siempre llega
En este mundo que corre sin saber a dónde, a menudo empañado por el rencor, el Domingo de Resurrección es un oasis de sentido. Nos habla de renovación y nos asegura al oído que, tras la noche más cerrada, siempre hay un alba esperando su turno.
No importa si eres asiduo a la misa o si las procesiones te quedan lejos. No importa, incluso, si te cuesta creer. Hoy, gracias a Aquel que venció a la muerte, tienes ante ti la oportunidad de renovarte, de podar lo seco y permitir que crezca el hombre nuevo que llevas dentro.
¡Inténtalo! No es tan difícil como parece. Solo hace falta la voluntad de querer ser un poco mejor que ayer.
Por eso, vuelvo a alzar mi copa. Por la vida, por la fe renovada y por este día tan extraordinario para los cristianos de cada rincón del mundo.
¡Feliz Domingo de Resurrección, amigos! ¡Qué maravilla de misterio!
