Plan de senderismo para este fin de semana de Monte Pavón a Montaña Alta

. Sábado 18 de marzo por la Cruz del Galeote

 La concejalía de Turismo del Ayuntamiento de Valleseco, que gestiona la edil, Elsa Montero Sánchez, dentro de la programación de senderismo por Gran Canaria, ha ideado la siguiente caminata por la isla, denominada “Monte Pavón, Galeote a Montaña Pavón” una distancia de 9.6 km.

Así, el próximo sábado tenemos plan de conocer este sendero lleno de historia, saldremos del municipio a las 7.00 horas, para descubrir este espacio enmarcado entre el Parque Rural de Doramas y el Paisaje Protegido de Cumbres, que alberga los mejores pastizales de la isla y donde se elabora el queso de los altos de Guía.

Iniciamos el recorrido en la Degollada de Monte Pavón para ascender entre prados donde los pájaros disfrutan del festín mañanero de insectos hasta la cruz de Galeote. Desde allí podremos contemplar Tamadaba y los altos de Gáldar y Guía. Con un poco de suerte podremos ver algún ganado de ovejas que suelen ser ordeñadas en estas fechas para producir el codiciado “Queso de flor de Guía”.  A continuación, haremos un descenso entre pinos, frutales, nacientes y caseríos de la zona hasta llegar a Montaña Alta.

La caminata tiene una dificultad media y una duración estimada de seis horas. El precio es de 8 € y las inscripciones se pueden realizar en la Oficina de Turismo, situada en el Museo Etnográfico-Centro de Interpretación “MECIV” o llamando al teléfono 928 61 80 32. 

Suscribete a nuestro newsletter

Articulos
Redacción NorteGranCanaria

Venezuela y… ¿Qué hay de lo mío?

Venezuela y… ¿Qué hay de lo mío? “Escribo este articulo con mi pluma mojada en salitre, mi amor por Venezuela; segunda patria, y el faro del corazón encendido”.   Por: Julio César González Padrón Hay países que no navegan, sobreviven. Países que avanzan como cascos agujereados, remendados con promesas rotas, empujados por un pueblo que ya no rema por esperanza, sino por pura supervivencia. Venezuela, mi Venezuela del alma, es uno de ellos. Un barco que lleva años atrapado en una tormenta que no figura en ningún atlas, una tormenta que el mundo observa desde la distancia como quien mira un naufragio ajeno y decide que no es asunto suyo. Un barco a quien tanto debemos los españoles y muy especialmente los canarios. El 3 de enero, la operación “Resolución Absoluta” del ejército estadounidense, detuvo al dictador Nicolás Maduro y a su esposa Delcy Rodríguez. El mundo entero creyó escuchar el crujido del casco chavista partiéndose en dos. Muchos venezolanos, agotados de remar contra la miseria, sintieron que por fin la tormenta cedía, que el horizonte se abría, que la historia —esa vieja capitana caprichosa— había decidido mover ficha. Pero ocho meses después, la mar —que nunca engaña— nos escupe la verdad en la cara y “el régimen chavista sigue en pie”. No solo en pie, sino que “más vivo y sano que nunca”, sostenido por intereses extranjeros, por silencios cómplices, cobardes y por mediadores que ya no meden, sino que protegen. Washington, con Donald Trump al timón, ha demostrado que la democracia venezolana le importa menos que un bidón de petróleo. La libertad del pueblo venezolano no es prioridad para “el rubio pistolero de aldea del salvaje oeste americano”. Claro, la única prioridad “son las riquezas del subsuelo de Venezuela”. Y mientras tanto, el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero continúa apareciendo en Caracas como si fuera el farero oficial del chavismo, encendiendo luces que solo iluminan a los verdugos y dejando en sombra a las víctimas. Su apoyo al régimen chavista —siempre presentado como “mediación”, “diálogo” o “puentes”— se ha convertido en un misterio que huele a humedad, a camarote cerrado demasiado tiempo. Porque mientras Venezuela se hundía, el traidor de Zapatero insistía en lavar la cara del chavismo,en defender lo indefendible, en justificar lo injustificable, en blanquear lo que ya no admitía más pintura. El traidor e impresentable “joyero” del Zapatero, bajo mi opinión, no era mediador: “era el práctico del puerto chavista”, guiando al régimen entre arrecifes diplomáticos para que no encallara. Un hombre que hablaba de diálogo, mientras ignoraba torturas, desapariciones, censura y hambre. Un hombre que parecía y parece actualmente con su discípulo aventajado Pedro Sánchez, más preocupados por salvar sus respectivas reputaciones y las del chavismo, que por salvar al hermano pueblo venezolano. Los viejos lobos de mar —los que hemos visto barcos hundirse por culpa de capitanes que juraban tenerlo todo bajo control— sabemos reconocer cuando una operación militar no es una liberación, sino un simple cambio de manos. Y eso fue desgraciadamente la operación Yankee “Resolución Absoluta; un relevo de timón, no un cambio de rumbo”. Porque el chavismo, aunque descabezado, sigue respirando. Sigue mandando. Sigue saqueando. Sigue oprimiendo. Y lo hace con la bendición de quienes deberían exigir democracia, no negociar con su ausencia. Si, lamentablemente ocho meses después, el régimen chavista sigue en pie. No solo en pie, sino, además, “reorganizado, rearmado, reoxigenado”. Como esos cascos podridos que, aunque deberían hundirse, flotan porque alguien desde fuera les sigue apuntalando las cuadernas. Los presos políticos han sido liberados a cuentagotas, con condiciones que más parecen cadenas invisibles que gestos de justicia. Por eso, la pregunta que resuena hoy en Venezuela y en los que amamos a ese gran país hermano, del cual nos sentimos parte inseparable los canarios —y en la conciencia de quienes aún conservan dignidad— es un rugido que atraviesa océanos… ¿Para cuándo la liberación total del pueblo venezolano? ¿Para cuándo el regreso a un régimen democrático que no dependa de la voluntad de un líder extranjero ni de los intereses de una potencia? ¿Para cuándo el fin de los silencios, de las excusas, de los mediadores que ya no median, de los aliados que ya no ayudan, de los enemigos que ya no asustan? Porque no nos engañemos, la libertad no llega por decreto. No llega por operaciones militares. No llega por promesas de líderes que miran más al subsuelo que a la gente, como es el caso del “pistolero rubio americano, Donal Trump”. La libertad llega cuando un pueblo decide que ya no quiere ser espectador, sino capitán de su propio destino. Cuando la comunidad internacional deja de mirar hacia otro lado. Cuando los aliados dejan de ser cómplices. Cuando los enemigos dejan de ser excusas, cuando un pueblo entero pone “sus cojones sobre la mesa” y grita… ¡Basta ya! Soy venezolano y por mis venas circula sangre española e isleña. Venezuela no necesita salvadores. Necesita “horizonte” como que el que le señaló Simón Bolívar en 1810, y ese horizonte solo llegará de nuevo, cuando la presión interna y externa coincidan en un punto; “el respeto absoluto a los derechos humanos y a la voluntad popular”. Mientras tanto, el pueblo venezolano, nuestros hermanos, sigue esperando, como un marinero que mira al océano y pregunta, con la paciencia rota y el alma en guardia: “¿Y de lo mío… pá cuándo compadre?”   Muchos venezolanos, y no pocos españoles, especialmente canarios, que sentimos a este país como nuestra segunda patria, nos preguntamos… ¿Qué clase de brújula usa el presidente Trump? ¿Quizás o tal vez una brújula que siempre apunta hacia Caracas y a las riquezas de su subsuelo, pero nunca hacia la libertad real del pueblo llano venezolano? ¿Una brújula que parece más interesada en proteger a los capitanes del naufragio que en rescatar a los pasajeros? Los marinos veteranos —los que hemos visto demasiados naufragios como para creer, y ya tenemos “clacas” incrustadas hasta en los “c….” de tanta mar navegada, sabemos distinguir a un pulpo de