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¿Nos están las petroleras tomando el pelo?

La indignación generalizada entre los consumidores no solo es legítima; es inevitable cuando se ponen cifras concretas sobre la mesa. Detrás del discurso abstracto sobre las «consecuencias del mercado», las tensiones internacionales o las impredecibles declaraciones de Donald Trump —quien parece disfrutar agitando las bolsas mundiales a golpe de aviso—, subyace una realidad numérica difícil de justificar desde cualquier ética social.

Mientras millones de ciudadanos ven cómo llenar el depósito o calentar el hogar se convierte en un suplicio cotidiano, las grandes energéticas y los brókeres de turno continúan acumulando beneficios que marean. En España, las principales compañías del sector sumaron cerca de 10.500 millones de euros de beneficio en un solo año. Incluso en un contexto de supuesta «normalización», las ganancias siguen siendo descomunales.

El paradigma de los beneficios en tiempos de crisis

El caso de Repsol es especialmente revelador. La compañía cerró 2025 con un beneficio neto de 1.899 millones de euros, un 8,1% más que el año anterior. Lo sangrante no es solo la cifra, sino el contexto: estos resultados se logran en plena volatilidad energética, con una ciudadanía asfixiada por precios que se disparan al ritmo de la geopolítica.

Más significativo aún es el margen de refino, que aumentó casi un 20% en 2025, alcanzando los 7,9 dólares por barril. Esto demuestra una verdad incómoda: no es solo que el petróleo suba, es que se gana mucho más por cada unidad procesada. Mientras tanto, la política de remuneración al accionista sigue blindada con miles de millones destinados a dividendos y recompras de acciones. Aquí es donde la percepción de injusticia se convierte en una evidencia estructural.

El Estado propone, pero el mercado dispone

Asistimos a una paradoja inquietante. Cuando el Estado intenta amortiguar el golpe mediante rebajas fiscales —como la reciente reducción del IVA—, renuncia a ingresos públicos que deberían sostener servicios comunes. Sin embargo, ese «respiro» rara vez llega íntegro al bolsillo del ciudadano.

El ejemplo del pasado domingo es de manual: a las 00:00 horas entró en vigor la bajada del IVA del 21% al 10%. Apenas tres horas después, los surtidores solo reflejaban una bajada media del 15%. ¿Dónde quedó el resto? Diluido en los márgenes empresariales. Hasta la fecha, no consta sanción alguna por esta «tomadura de pelo» coordinada, a pesar de que la medida supone un sacrificio millonario para las arcas públicas hasta el 30 de junio.

Una competencia ficticia

El problema se agrava cuando el propio sistema reconoce sus límites. En un mercado como el español, donde apenas operan cinco grandes actores, demostrar un acuerdo de precios explícito es una quimera legal. El resultado es una competencia ficticia donde los beneficios de las empresas evolucionan de forma sospechosamente paralela.

El mensaje que se traslada a la sociedad es demoledor: el poder político parece admitir su incapacidad para intervenir con eficacia. Si las únicas herramientas disponibles son rebajas de impuestos que acaban engrosando indirectamente la cuenta de resultados de las mismas empresas que generan el problema, la sensación de desprotección es total.

En resumen, el diagnóstico es claro:

  1. Los ciudadanos pierden poder adquisitivo a marchas forzadas.

  2. El Estado recauda menos para intentar protegerlos.

  3. Las petroleras obtienen beneficios récord e incluso crecientes.

Justicia frente a mercado

No se trata solo de economía; se trata de justicia. Un sistema que socializa los costes mientras concentra los beneficios en plena crisis global no es un sistema equilibrado; es un sistema que le está fallando a la mayoría. Cuanto más se tolere esta dinámica, más difícil será convencer a la ciudadanía de que el mercado juega limpio.

Que no vengan ahora con la letanía de la «ley de la oferta y la demanda». Cuando el hambre aprieta, las teorías económicas dejan de servir. La historia nos ha enseñado —desde la Revolución Francesa hasta nuestros días— que nadie es mejor que nadie y que la paz social tiene un límite que no conviene tensar.

Como decimos los muros de «Terde», donde me incluyo: “Este negocio de las petroleras ya me está cogiendo la camella y oliendo a trapo quemado”. Me da en la nariz que los de siempre están haciendo su particular agosto a costa de tratarnos como pardillos, o peor aún, como alumnos sumisos que se tragan cualquier consigna simplemente porque la dicta el líder de turno. ¡Qué cosas!

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