Tláloc
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Hernán Cortés y doña Marina

En las semanas pasadas se ha vuelto a reproducir la tan vieja como falaz exigencia de que España debe pedir perdón a la actual México por los abusos y el robo de tesoros que, según los creadores y alimentadores de la Leyenda Negra, perpetraron los conquistadores de las tierras que llamaron en 1519 Virreinato de la Nueva España, que entre otros países incluía lo que hoy es México.

Para más abundamiento, los detractores de la labor de la España de los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II, siempre citan al desacreditado por ser poco objetivo Fray Bartolomé de las Casas, pero prácticamente nunca citan el libro, posiblemente porque lo desconozcan, “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”, escrito por Bernal Díaz del Castillo, que narra esta importantísima y peculiar epopeya española en el Nuevo Mundo habiendo sido testigo presencial de este hecho, pues participó como soldado en esta aventura.

Si sólo nos quedamos en la superficie de estos hechos y damos por ciertos los manidos eslóganes que han esgrimido tanto Andrés Manuel López Obrador como Claudia Sheinbaum, ambos presidentes de México, para exigir a España que pida perdón por esa conquista, estaremos haciendo un flaco favor la verdad histórica y denigrando la labor de España en América. Como muy documentadamente afirman con rotundidad el historiador mexicano Juan Miguel Zunzunegui en sus conferencias, y el argentino Marcelo Gullo en su libro “Nada por lo que pedir perdón”, entre otras de sus publicaciones, rechazan esa atrabiliaria exigencia de que el Rey Felipe deba de avergonzarse y pedir perdón por la conquista de México nada menos que a los mestizos descendientes de aquellos aguerridos colonizadores.

Conviene tener presente que entre 1519 y 1521 Hernán Cortés, al frente de unos 400 soldados españoles, pero seguido por un gigantesco ejército de indígenas Totonacas, tlaxcaltecas y de otras tribus, logró acabar con el horror impuesto en toda mesoamérica por los mexicas y sus cruentos y multitudinarios sacrificios humanos.

Pero la parte, a mi entender, más interesante de esta epopeya que es menos conocida en España, no así en tierras mexicanas, fue la importantísima labor de doña Marina, pareja de Cortés y más conocida como La Malinche. Ella nació alrededor del año 1500 en la región que hoy es Veracruz y era hija de un cacique. Tras la muerte de su padre, fue vendida como esclava a otro cacique de Tabasco. En 1519, durante la llegada de Hernán Cortés, fue entregada a los conquistadores como parte de un tributo.

Por los azarosos designios del destino, Cortés descubrió en Malinche que ella estaba dotada de una gran inteligencia y una sutil habilidad diplomática, que unido a su conocimiento de las lenguas náhuatl y maya, le permitían actuar como una hábil intérprete, facilitando así la comunicación entre los españoles y los pueblos nativos. Como indígena que era, conocía bastante bien las costumbres y la historia de los pueblos de la zona, por lo que su labor no sólo se reducía a actuar de intérprete sino que fundamentalmente asesoraba a Hernán Cortés sobre cómo tratar y qué ofrecer a los caciques de las tribus que se iba encontrando en su marcha hacia el corazón del imperio mexica para conseguir que se les unieran frente al que era su tiránico y despiadado enemigo común: Moctezuma.

Si bien todo esto se encuentra en el relato de Bernal Díaz del Castillo y otros muchos documentos de la época, tanto españoles como indígenas, una muy buena aproximación al conocimiento de cómo fue realmente la conquista de México, lograda fundamentalmente usando más que las armas la diplomacia desplegada por Hernán Cortés y Malinche, doña Marina, se puede encontrar en la muy recomendable novela histórica “El dios de la lluvia llora sobre México”, escrita por el novelista húngaro Lászlo Passuth.

En este libro, obviamente de forma novelada, pero con gran fidelidad histórica certificada por la bibliografía existente y en lugar muy especial las crónicas de Bernal Díaz del Castillo, se puede empezar a comprenderse cómo Hernán Cortés, con tan sólo unos 400 españoles pudo conquistar a un imperio gigantesco como el azteca, gobernado por el semidiós Moctezuma, defendido por decenas de miles de guerreros y habitado por millones de personas.

Para terminar tengo que confesar mi pesar por no haber podido ir a Madrid a ver el musical “Malinche”, ese que con tanto éxito ha creado y dirigido Nacho Cano y que ahora pasea, con más éxito si cabe, por la capital de México. Por esto siento las lágrimas de Tláloc, el dios mexica de la lluvia, llorando amargamente sobre mi cabeza.

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La madre que me parió por Esteban Rodríguez García

Hay expresiones que nacen del alma y guardan verdades eternas. “La madre que me parió” es una de ellas. Dicha con ternura, con asombro o con memoria, nos devuelve al origen, al primer abrazo, al primer cuidado, a esa presencia que nos sostuvo antes incluso de saber quién éramos. Con motivo del Día Internacional de la Madre, quiero rendir tributo a mi madre y, a través de ella, a todas las madres. También a todas las personas que, sin haber parido, han ejercido de madre: quienes han cuidado, acompañado, protegido, alimentado, escuchado y sostenido la vida de otros con entrega silenciosa. Madre es una palabra profundamente vinculada al cuidado, a la atención, al hogar, al crecimiento. Madre es símbolo de vida, de ayuda, de presencia. Es canal por donde la vida llega, pero también raíz desde la que muchas vidas aprenden a mantenerse en pie. Una madre no solo da vida; muchas veces enseña a vivirla. Mi madre representa para mí a esa madre universal, eterna, que continúa más allá de la muerte física. Cuando su cuerpo se disuelve en el tiempo, su espíritu permanece latente en quienes la amaron, la conocieron o recibieron algo de ella. Basta con nombrarla para sentir su presencia. Basta con recordarla para que vuelva su sonrisa, su manera de estar, esa energía serena que todavía acompaña. Ella fue ejemplo vivo de superación y resiliencia. Tenía la capacidad de sobreponerse a los acontecimientos con una calma que no era resignación, sino sabiduría. Respondía a la vida desde la atención plena, desde una serenidad sencilla, desde una sonrisa capaz de abrazar el alma. Su fuerza no hacía ruido, pero sostenía. Su forma de cuidar no imponía, pero dejaba huella. Su presencia tenía ese poder indestructible que sigue impulsando a continuar, incluso en la adversidad. Por eso, celebrar a la madre es celebrar la vida cuidada, la vida acompañada, la vida sostenida por manos que muchas veces dieron más de lo que tenían. Es reconocer la memoria de quienes ya partieron y agradecer a quienes todavía están. Es mirar con gratitud a todas esas personas que han hecho del cuidado una forma de amor. Feliz Día de la Madre a todas las madres y a todas las personas que, sea cual sea su condición, han ejercido la maternidad desde el amor, la presencia y la entrega.