12 abril 2026 11:21 am
Guerra Anunciada
Guerra Anunciada
Reflexión sobre un conflicto que desborda a sus propios impulsores
Una guerra anunciada y mal calculada

Cuando Donald Trump —ese personaje que parece extraído de un western y que actúa con la arrogancia de un «pistolero» del lejano oeste— aseguró que un conflicto con Irán «no duraría más de dos semanas», muchos vimos en sus palabras algo más que fanfarronería. Era la enésima muestra de un estilo político que mezcla la chulería de patio de colegio con un mesianismo peligroso. No solo simplifica realidades complejas, sino que su exceso de confianza roza la temeridad, llegando al extremo de parafrasear textos bíblicos para advertir que en Teherán «no quedará piedra sobre piedra».

Llegados a este punto, ante una retórica más propia de un delirio que de una estrategia de Estado, cabe preguntarse: ¿es posible mayor ceguera política? Parece que se ha roto el molde de la sensatez.

Sin embargo, a pesar de sus supuestos «doctos conocimientos» en estrategia, la realidad le ha propinado un baño de humildad. En esta danza bélica le acompaña Benjamín Netanyahu, otro actor que merece mención aparte; un líder que ha hecho del belicismo su bandera y que, espoleado por la amenaza constante que rodea a Israel desde 1948, parece haber olvidado que la geopolítica de Oriente Medio no se resuelve con titulares de prensa. Por mucho que Trump se crea el «león rubio», el ultimátum de ocho días dado a Teherán ha expirado dejando tras de sí un rastro de destrucción y un desgaste absoluto de su propia credibilidad, con una popularidad que ya cae en picado según los datos oficiales de su propio país.

Desde mi perspectiva —y vaya por delante que hablo desde la experiencia de un humilde marino mercante y maúro de Telde—, esta guerra no es solo un error estratégico; es el síntoma de una forma obsoleta de entender el poder. Trump actúa como un «Dios viviente» que pretende actualizar el orden mundial a su antojo, despreciando cualquier norma que se interponga en su camino.

Él mismo ha dejado de fingir: la democracia, la libertad del pueblo iraní o el sufrimiento de las mujeres en ese régimen le importan, hablando en plata, un bledo. Su objetivo es el control puro y duro; repetir la jugada ensayada en Venezuela para hacerse con el petróleo y las riquezas minerales. Para un perfil paranoico obsesionado con el «America First», las vidas humanas que se pierdan en ambos bandos son solo cifras en un balance de resultados. Me pregunto: ¿en qué se diferencia esta mentalidad de aquellos que en el pasado soñaban con razas dominantes y el exterminio de lo que consideraban «inferior»? Hoy no se persigue al judío, pero se estigmatiza al hispano y a todo aquel que no encaje en su molde anglosajón.

Para entender el desastre actual, hay que recordar que la herida entre Washington y Teherán supura desde 1979. Décadas de sanciones y amenazas han creado un ecosistema de desconfianza mutua. Por su parte, Netanyahu ha cimentado su carrera señalando a Irán como el «mal encarnado». Y aunque es cierto que el ideario iraní —que desde la escuela predica la desaparición de Israel— le da argumentos de peso, la decisión de abandonar el acuerdo nuclear de 2015 por la vía de la «máxima presión» solo sirvió para incendiar un terreno que ya estaba seco.

Como advirtió el historiador Arnold Toynbee: «Las guerras comienzan en la mente de los hombres antes de librarse en los campos de batalla». Este conflicto parece haber sido parido desde la lógica de la confrontación y el negocio, no desde la diplomacia.

Lo más preocupante es que esta aventura bélica, lejos de fortalecer a sus impulsores, los ha aislado. El mundo está hastiado de intervenciones fallidas. Las lecciones de Vietnam, Irak, Afganistán o Libia están frescas en la memoria colectiva. Trump y Netanyahu han demostrado una alarmante incapacidad para medir las consecuencias humanas y diplomáticas de sus actos. No hay un plan de salida, no hay una comprensión real de la región; solo hay una huida hacia adelante que erosiona la poca confianza que les quedaba.

Que quede claro: el régimen iraní es autoritario, teocrático y despreciable en su trato a los derechos humanos. No caeré en la trampa de cierta «izquierda progre» que pone paños calientes a dictaduras según el color de su bandera. El sistema de los ayatolás es indefendible para una mente occidental. Pero eso no otorga una «patente de corso» para intervenir y moldear países a la fuerza. Como decimos por aquí: si al moro le gusta el cordero, que se lo coma tranquilo. El caos que dejaron en Irak, la vuelta de los talibanes en Afganistán o la fragmentación de Libia tras la caída de Gadafi deberían ser advertencia suficiente.

Ya lo dijo en 1821 John Quincy Adams, uno de los pocos diplomáticos estadounidenses que parece que usaba la cabeza: «Estados Unidos no debe ir al extranjero en busca de monstruos que destruir». Una frase que hoy retumba con una vigencia aterradora.

Esta guerra no será ni rápida ni limpia. Mientras la tensión escala y los mercados crujen, es la población civil la que paga la factura. Los impulsores de este conflicto han quedado expuestos en sus tres grandes carencias:

  1. Estratégicas: por subestimar la resistencia del adversario.

  2. Diplomáticas: por dar la espalda a sus aliados tradicionales.

  3. Morales: por ignorar el consenso internacional.

Como reflexión final, y para que nadie me confunda con un «progre fumado» con la camiseta del Che Guevara, reitero: no defiendo al régimen iraní. Cuestiono la lógica de un conflicto movido por intereses personales y económicos de un grupo de «amigachos» que juegan al ajedrez con vidas ajenas.

A Donald Trump y a Benjamín Netanyahu les diría que se metan en la cabeza que el mundo ya no acepta la fuerza bruta como única respuesta. La soberanía y la diplomacia real no son lujos, son necesidades.

Y como decimos los maúros de Telde: «A ese pollo, cuando acabe la mili, le limpias bien los mocos y lo casas con tu hija si quieres; pero a la mía, me la dejas tranquila… que para algo me gasté las perras que ahorraba en los cortes de plátanos en educarla».

Hay cosas, señores, que el dinero y las bombas no pueden comprar.

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