Julio Cesar
Julio Cesar
Casualidad puntual o provocación deliberada

Vaya por delante que quien suscribe es solo un humilde viejo lobo de mar, maúro de Telde por nacimiento y vocación. No busquen en estas líneas el rastro de un «progre» de manual, de esos de pancarta, animalismo de boquilla y camiseta del Che; pero tampoco me ubiquen en el extremo opuesto. Antes de entrar en faena, debo confesar que todo lo que sea hablar de «cuernos» es algo que, sencillamente, me chirría en el intelecto. ¡Qué le vamos a hacer!

Una imagen bajo la lupa

La reciente publicación de una fotografía del rey emérito, Juan Carlos I, rodeado de un nutrido grupo de toreros ataviados con sus trajes de luces, ha reavivado un debate que trasciende lo meramente anecdótico. La imagen, aparentemente informal o fruto de una coincidencia, adquiere inevitablemente una dimensión simbólica al situarse en el complejo tablero de la sociedad española actual y su cambiante relación con la tauromaquia.

En nuestra tierra, en Canarias, no tenemos ese problema. Las corridas de toros están prohibidas por el Gobierno Autonómico desde 1991, cuando se incluyó la llamada «fiesta nacional» dentro de la Ley 8/1991. Fuimos, dicho sea de paso, la primera comunidad autónoma en hacerlo. ¡Toma ya!

Como curiosidad histórica, cabe recordar que en el Archipiélago no se celebran corridas desde 1984, pero no porque los canarios fuéramos «buenos, buenísimos» o animalistas precoces, sino por una cuestión mucho más pragmática: resultaba carísimo trasladar las reses bravas hasta las islas.

Entre la afinidad y el símbolo

Volviendo al caso que nos ocupa, e intentando mantener la objetividad, conviene alejarse de interpretaciones precipitadas. No es ningún secreto que la figura del emérito ha mantenido históricamente una cercanía estrecha con el mundo taurino y el de los cuernos —a la expresión cultural me refiero, porque a la otra, como el valor en la mili, solo «se le supone»—. Desde esta perspectiva, la foto podría ser una simple prolongación de sus afinidades personales en un encuentro privado.

Sin embargo, el momento en que la imagen ve la luz no es un detalle menor. España atraviesa un proceso de revisión crítica de sus tradiciones. El distanciamiento de las nuevas generaciones hacia este espectáculo es innegable; la tauromaquia ha dejado de ser un elemento de consenso.

«Cualquier gesto de la Corona, ya sea voluntario o no, es interpretado como una toma de posición en una sociedad que ya no guarda silencios.»

¿Provocación o desconexión?

¿Estamos ante una provocación deliberada? No existen indicios claros para afirmarlo. Para que hubiera intencionalidad, debería existir una voluntad explícita de intervenir en el debate social, algo que no encaja con el perfil discreto que el emérito ha intentado mantener recientemente.

Resulta más plausible pensar en una desconexión —quizá involuntaria— entre ciertos códigos tradicionales y la sensibilidad actual. Lo que en otro tiempo habría pasado desapercibido, hoy genera incomodidad. La fotografía se sitúa en esa zona ambigua donde lo casual se vuelve simbólico.

Tal vez la cuestión de fondo no sea la intención del gesto, sino la lectura que hace de él una sociedad plural y en transformación. Este episodio nos invita a reflexionar sobre el delicado equilibrio que deben mantener las instituciones entre sus gustos privados y la diversidad de una ciudadanía a la que, de una forma u otra, siguen vinculados.


Y volviendo a la inoportunidad de la dichosa foto, les contesto como maúro de Telde que soy: ¿Qué quiere que le diga, cristiano? Yo sigo pensando lo mismo; estas cosas no se pueden hacer de «ahora para dispues». Así que, la próxima vez, afíleme bien el lápiz y esparrame mejor la vista, compadre, que ahí más allá… ¡Casos se han dado!

¡Qué cosas!

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NGC

EE.UU.: El país que camina con un fusil en la mano y un espejo roto en el bolsillo

Una reflexión necesaria sobre la dualidad de una nación forjada entre el mito de la libertad y el peso de su propia sombra. Por desgracia, nos estamos acostumbrando —si no lo estamos ya del todo— a despertarnos cada día con un titular de periódico o un avance de telediario que nos escupe la violencia desatada en la sociedad estadounidense. Como viejo lobo de mar, con mucho salitre acumulado en los ojos y el orgullo de ser de Telde, estas noticias me han empujado a una reflexión que no pretende ser una verdad absoluta, sino la visión madura de quien ha visto mucho mundo y prefiere mirar más allá de la superficie. La sociedad de los Estados Unidos es un escenario de contrastes que marean. Es el lugar donde puede ocurrir un tiroteo masivo y, a la vez, donde nacen las iniciativas ciudadanas que más conmueven al planeta. Es la potencia que interviene militarmente en tierras lejanas mientras lidera esfuerzos humanitarios globales. Se divide internamente hasta el abismo, pero posee una capacidad casi mística para reinventarse. Quizá la clave para entenderlos esté en aceptar que es una nación que convive con su propia sombra: una oscuridad que no la define por completo, pero que es imposible de ignorar. Dos narrativas, un abismo Hoy, Estados Unidos parece fracturado en dos realidades irreconciliables. No hablamos solo de demócratas y republicanos; hablamos de dos visiones del mundo, dos identidades culturales y dos formas opuestas de entender qué significa ser estadounidense. Los medios y las redes sociales han convertido la discrepancia en enemistad. El adversario ya no es alguien con quien debatir, sino alguien a quien temer. Y el miedo, cuando echa raíces, siempre termina abriendo la puerta a la violencia. Comprender esa tensión constante entre la luz y la oscuridad es esencial para descifrar no solo los titulares sangrientos, sino la complejidad de un país que sigue manejando el timón del destino del mundo. Una historia escrita con pólvora Hay países que se construyen sobre mitos y otros que lo hacen sobre heridas. Estados Unidos pertenece a ambos. Se proclama como el “faro de la libertad”, pero su violencia interna brota desde los cimientos. La independencia de la nación no fue un pacto diplomático, sino una guerra que dejó 25.000 muertos, una cifra colosal para finales del siglo XVIII. Poco después, la «Conquista del Oeste» desplazó a más de 60 tribus indígenas, un proceso de exterminio que a menudo se nos vende como una epopeya romántica cuando fue ocupación a sangre y fuego. Luego, la Guerra Civil (1861-1865) con sus 600.000 fallecidos, dejó una herida racial, cultural y económica que todavía late bajo la piel del país. Desde entonces, la guerra parece haberse convertido en un hábito: Cuba, Filipinas, Vietnam, Corea, Irak, Afganistán… Para EE. UU., el conflicto no es un episodio, es una constante. El mito sagrado del arma Para un europeo, resulta incomprensible la vigencia de la Segunda Enmienda. Lo que nació en 1791 como una necesidad de milicias coloniales, hoy es un símbolo sagrado. Con más de 390 millones de armas en circulación —más que habitantes—, el objeto ha pasado a ser identidad. Tres de cada diez adultos poseen una, y la mayoría asegura que jamás renunciaría a ella. Es la frontera mental entre su concepto de «libertad» y la «opresión». El problema es que, cuando un mito se arma, la realidad suele quedar desarmada. Entre Martin Luther King y el supermercado Sería injusto decir que el estadounidense medio es violento. No olvidemos que este es también el país de Martin Luther King, de los movimientos por los derechos civiles y de las protestas pacíficas que han cambiado la conciencia del mundo. Es una nación capaz de lo mejor y de lo peor: de enviar un hombre a la Luna y, al mismo tiempo, permitir que un adolescente compre un rifle semiautomático en un supermercado. La violencia allí no es genética, es estructural. Es una herencia que se filtra en la política y en la vida cotidiana. Estados Unidos avanza con un fusil en la mano (su mito fundacional) y un espejo roto en el bolsillo (su imagen fragmentada). Reflexión final Quizá la pregunta no sea si Estados Unidos es un país violento, sino por qué no ha logrado romper el ciclo histórico que lo ata a ese destino. Todas las naciones tienen sombras, pero no todas permiten que esa sombra les marque el paso a pie juntillas. Ojalá Dios ilumine a esa gran nación y les ayude a corregir el rumbo, porque sus errores nos pasan factura a todos. Comprender lo que ocurre allí requiere mirar más allá del telediario y analizar las raíces de un país que, para bien o para mal, ha diseñado el mundo en que vivimos. Y para despedirme, como solemos decir por mi tierra: “De verdad que siento, compadre, el royo aquí jincado, pero es que este Julio González el de Telde, cuando coge la tablilla, pega el hombre a hablar y no hay quien lo pare”. ¡Qué cosas!