12 abril 2026 11:39 am
Puede Estados Unidos Abandonar La Otan
Puede Estados Unidos Abandonar La Otan
¿Puede Estados Unidos abandonar la OTAN?

Reflexiones de un viejo lobo de mar ante un escenario inquietante

En las últimas semanas, el tablero geopolítico ha vuelto a temblar. El debate sobre el papel de Estados Unidos en la OTAN no es nuevo, pero ha cobrado una vigencia alarmante. Las declaraciones de esa figura a la que habitualmente llamo el “rubio pistolero del salvaje oeste americano”, cuestionando abiertamente la utilidad de la Alianza o sugiriendo un portazo definitivo, han reavivado una pregunta que hace una década parecía un delirio: ¿Es realmente posible que Washington abandone la OTAN? Y, de ser así, ¿qué quedaría del mundo que conocemos?

Entre el formalismo y el desconocimiento

Desde un punto de vista estrictamente formal —conceptos como «formalidad» o «consecuencia» que nuestro «rubio pistolero» parece ignorar—, el Tratado del Atlántico Norte permite que cualquier miembro se retire con un preaviso de un año. Sin embargo, la realidad institucional estadounidense es un laberinto mucho más complejo.

Aunque el presidente dirige la política exterior, el Congreso tiene la llave de los tratados. De hecho, ya hay blindajes legislativos para impedir que un inquilino de la Casa Blanca actúe por libre sin el consentimiento de los dos tercios del Senado. No es solo una barrera jurídica; es la defensa de un pilar que ha sostenido el consenso estratégico de EE. UU. durante décadas.

El vacío de poder y la ceguera ideológica

Imaginar una OTAN sin el gigante americano no es solo un cambio de cromos; es rediseñar la arquitectura de seguridad occidental nacida tras 1945. Estados Unidos es el músculo: aporta la disuasión nuclear, la inteligencia y la logística global. Sin ellos, la Alianza quedaría inevitablemente herida de muerte.

Es curioso —o más bien trágico— que la trasnochada y fumada ultra izquierda, como la de Podemos y Cía, se niegue a ver esta realidad, aplaudiendo un debilitamiento que dejaría a Europa a la intemperie.

Europa, por su parte, se vería obligada a un protagonismo para el que no tiene los deberes hechos. Aunque Francia, Alemania o el Reino Unido tienen sus capacidades, la autonomía estratégica sigue siendo un brindis al sol. Somos un mosaico de intereses nacionales y percepciones de amenaza distintas. La ausencia de EE. UU. no solo dejaría un vacío de misiles, sino un vacío de liderazgo que nadie parece estar listo para llenar.

Un mundo a merced de los «monaguillos» del caos

Si el «pistolero» decide marcharse, el efecto dominó sería global. Potencias como Rusia verían el camino libre para expandir su influencia en el Este, mientras China tomaría nota de la fragmentación de Occidente. El mundo sería más multipolar, sí, pero infinitamente más incierto.

Como bien dijo Lord Ismay, la OTAN nació para «mantener a los estadounidenses dentro, a los rusos fuera y a los alemanes bajo control». Si se rompe ese equilibrio, la estabilidad internacional —ese esfuerzo continuo del que hablaba Kissinger— se va al traste por la calenturienta cabeza de quien hoy se cree el «enviado del Todopoderoso».

La visión desde el muelle: ¡Amargos chochos!

Si yo, maúro de Telde y viejo lobo de mar, fuera hoy el Secretario General de la OTAN, le respondería a este personaje al más puro estilo de mi pueblo:

“Si te quieres d’ir, d’ite, que de aquí nadie te ajulea”. Pero se lo diría con ese tono chulesco peninsular y faltón que él usa, ese aire de quien se cree «Dios en la Tierra» elegido para meter en cintura a todos los gallos de este gallinero llamado Planeta.

Porque el panorama es para echarse a temblar: por un lado, el rubio; por otro, sus «monaguillos». Tenemos a un Putin con delirios de Zar tocando las pelotas a Europa; a un Netanyahu judío convertido en un auténtico “mata moros”; a un Kim Jong-Un, algo estreñido y gordito, jugando a los misiles… y para rematar, un ramillete de gobernantes europeos especialistas en el “Yes, guana Trump”, que van de «buenos buenísimos» cuando, en realidad, la mayoría son unos tontos del culo.

En fin, querido lector, ¿qué más quiere que le diga? Ya sabe que no hay muladar sin pulgas, ni linaje sin putas. Así que, como decimos por aquí: ¡Échele paja a la burra! y de aquel negocio, no me hable más cristiano… ¡Amargos chochos!

¡Qué cosas tiene la vida!

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