Si usted es lector asiduo de mis columnas diarias, habrá notado un silencio inusual este pasado domingo. Los lunes, ya lo saben, me los tomo de descanso por aquello de seguir la tradición del “día de los zapateros”, pero el domingo tiene una explicación más placentera: me escapé.
Como buen “españolito”, aproveché el puente de mayo para refugiarme en el sur de Gran Canaria, concretamente en un rincón idílico y casi secreto donde el tiempo se detiene. Un lugar para respirar aire puro, escuchar el silencio y recuperar ese placer casi místico de espantar moscas cojoneras con un paño. Hablo de la finca de mi amigo y colega, el veterano lobo de mar Manolo León, “el Patrón”, en El Salobre.
El milagro del café y la «locura» del Patrón
Manolo es de esos marinos que, tras dar mil vueltas al mundo, decidió que su retiro sería un desafío a la lógica. Se empeñó en crear una plantación de café en pleno sur de Gran Canaria. Muchos lo tacharon de loco, pero ahí está su cafetal, único en Europa, demostrando que al «Patrón» no hay oleaje que lo detenga. Como decía Bolívar tras el terremoto de Caracas: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Y yo añado: ¡Olé tus cojones, Simón! Se nota que por tus venas corría sangre canaria.
Allí estaba yo, entre cafetales que burlaron al Seprona y anécdotas de pescas furtivas en África, cuando la «solajera» del mediodía me jugó una mala pasada. Me quedé traspuesto y, entre el calor y el aroma a grano tostado, me asaltó un sueño que todavía me tiene la ceja levantada.
Un monólogo en el teatro del absurdo
En mi sueño, no estaba en una finca, sino en el centro de un escenario, bajo un foco cenital. El público callaba. Yo entraba con paso solemne, como quien va a anunciar una catástrofe o que se ha acabado el papel higiénico.
—Buenas noches, señoras y señores —decía yo en mi sueño—. Dependiendo de cuándo hayan decidido ustedes que es buen momento para cuestionarse la salud mental de Donald Trump y Benjamin Netanyahu.
Porque esa es la duda que me persigue: ¿Están estos dos bien de la cabeza? ¿O están, como decimos por aquí, como un par de “jairas calzonas”?
En el sueño, abría mi móvil y las noticias eran un guion de película de serie B. El «rubio pistolero del Oeste» le decía al «bélico judío» que, si él invadía el Líbano, él no se quedaría atrás y se pediría Cuba como capricho. Es más, en mi delirio onírico, el portaaviones USS John F. Kennedy ya estaba fondeado frente a La Habana.
Mi espíritu, que me miraba desde el techo del teatro, me preguntaba: “¿Seguro que quieres seguir leyendo, Julio?”. Pero la curiosidad de marino es poderosa. Es como una serie mala de Netflix: no entiendes nada, pero no puedes dejar de mirar.
El diagnóstico: «Cholas de plástico» en el desierto
Intentaba buscar racionalidad, pero mi cerebro —agotado de tanto titular surrealista— me decía: “Mira, Julio, si quieres entender esto, búscate otro órgano. Yo me largo de vacaciones”. Me sentía como en las clases de Teoría del Buque del Sr. Majín en la Escuela de Náutica de Tenerife: nadie entendía nada y al final tenías que largarte a Cádiz para que alguien te explicara de qué iba la cosa.
En el sueño, preguntaba al público: —¿Están Trump y el otro «pollo frito» bien de la cabeza?
Hice una pausa dramática, de esas que harían llorar a Shakespeare, y solté la verdad: —No lo sé. Pero lo que sí sé es que el que ya no está bien de la suya soy yo, intentando entenderlos.
Regreso a la realidad (con caldo de pescado)
Me desperté con la voz del Patrón: “¡Arriba, gandul! Que te tengo que enseñar los cafetales”.
La realidad me devolvió a la paz de El Salobre, a un caldo de pescado con cherne fresco de Arguineguín y a la hospitalidad de los de siempre. Pero la duda no se me quitó ni con el café de Manolo.
No sé si es el exceso de agua oxigenada para mantener ese rubio artificial, o si es que Netanyahu se ha tomado demasiado en serio las promesas de Yavé en el Antiguo Testamento, pero lo cierto es que ambos parecen caminar por el mundo como “cholas de plástico” compradas en un chino para cruzar el Sáhara en agosto: no van a durar el viaje y nos van a dejar a todos con los pies quemados.
Qué cosas tiene la política, y qué bien se está en el sur, lejos de los locos que manejan el timón del mundo.
