Estamos viviendo días de incertidumbre. El Hantavirus ha llegado y con él, como siempre ocurre, una oleada de informaciones contradictorias, titulares que asustan y una polémica mediática que crece sin control. Pero lo peor de todo no es el virus. Lo peor es lo que está despertando en nosotros.
El miedo nos ciega. Nos nubla la razón y nos encierra en el instinto más primario: protegernos a nosotros mismos sin importar lo que pase alrededor. Y en esa ceguera, olvidamos algo esencial: que somos personas, que vivimos en comunidad, que nuestra única posibilidad real de salir adelante es haciéndolo juntos.
Porque el miedo nos hace insolidarios. Y lo estamos viendo estos días con una crudeza que duele.
Hay personas que necesitan llegar a tierra firme. Personas que huyen, que buscan un puerto donde ser tratadas con dignidad, con atención sanitaria, con un techo y con respeto. No son números. No son «riesgos». Son vidas. Y lo que estamos viendo, en lugar de una respuesta coordinada y humana, es una reacción fría, calculadora y, en muchos casos, profundamente inmoral.
Es aquí donde debo señalar, con toda la claridad que merece esta situación, al Gobierno de Canarias.
No encuentro otra palabra: lo que está haciendo es una auténtica tiranía mediática y moral. Cerrar puertas cuando lo que toca es abrirlas. Levantar muros cuando lo que urge es tender puentes. Negar la atención cuando la obligación de un gobierno es proteger, acoger y dar respuesta, especialmente a quienes más vulnerables son.
Un gobierno jamás debería actuar desde el miedo, pero menos aún desde la mezquindad. Su obligación ética, su responsabilidad moral, es garantizar el derecho a la salud, a la asistencia y a la dignidad de todas las personas, vengan de donde vengan. No puede permitirse el lujo de mirar hacia otro lado mientras la alarma mediática hace el trabajo sucio de deshumanizar al que sufre.
Lo que estamos viendo no es prevención. Es abandono. Es falta de ética. Es una manera cobarde de gobernar: aprovechar el miedo para justificar la exclusión.
Y no, no podemos permitirlo.
Por eso alzo la voz. Porque debemos hacer caso a quienes saben. A la Organización Mundial de la Salud, a los epidemiólogos, a los profesionales que han dedicado años de estudio y formación para saber exactamente cómo actuar en estos casos. Ellos nos lo han dicho claro: no se combate un virus con rechazo, sino con información, con medios, con atención temprana y, sobre todo, con humanidad.
Ayudar no es el problema. Ayudar es la solución.
Necesitamos gobiernos que lideren, no que escondan la cabeza. Necesitamos políticas que acojan, no que señalen. Necesitamos que el derecho fundamental a ser ayudado prevalezca sobre el titular fácil y la ocurrencia populista.
Porque al final, cuando pase el ruido y el miedo, lo que quedará será la verdad de lo que hicimos o dejamos de hacer.
Yo elijo la dignidad. Elijo la mano tendida. Elijo escuchar a la ciencia y no al pánico.
Y exijo a quienes nos gobiernan que hagan lo mismo. Que dejen de actuar como tiranos del miedo y empiecen a comportarse como lo que deberían ser: servidores públicos al servicio de la vida, no de su propia supervivencia política.
Gema Díaz
Directora de la revista digital masnosotras.com