Ya se va acercando el día. Se nota en el aire, en las banderas colgadas de los balcones, en las fiestas de los colegios, en el sonido lejano de los timples afinándose, en el olor a gofio que se escapa por las ventanas de las abuelas.
Ya casi está aquí el Día de Canarias y, con él, el sentimiento de pertenencia de quienes nacimos aquí, rodeados de mar, sol y vientos alisios.
Porque ser canario no es solo celebrar una fecha, sino una forma de ser.
Cada 30 de mayo festejamos las fiestas de pueblo que empiezan tranquilas y terminan con media plaza cantando al unísono, aunque nadie se sepa bien la letra; la decoración de las carretas de las romerías, a las que tanto tiempo y cariño se les dedica y que después compartimos con todo el que decide acercarse; las parrandas caminando bajo el sol y los vecinos ofreciendo comida mientras te llaman «mi niño», haciéndote sentir como en casa aunque no los conozcas de nada.
Porque vivir aquí es compartirlo todo con todos.
En Canarias siempre nos sobra tiempo para montar un asadero con tortilla, queso, pan, alioli y vino. Y todos sabemos que, después de un asadero, ya somos más que amigos.
Así somos: hospitalarios hasta el exceso, capaces de sentar a uno más a la mesa y decirle que coma todo lo que quiera, que hay de sobra… aunque no la haya.
Y mientras suenan las isas y las folías, las chácaras marcan el ritmo y los trajes típicos llenan las calles, uno entiende que Canarias tiene alma propia. Un alma que se nota en cada una de nuestras tradiciones, en las manos arrugadas de los mayores que enseñan lo que saben a los más pequeños, en las abuelas que preparan la pella de gofio «a ojo» y nos machacan el plátano para merendar, en los jóvenes que solo escuchan reggaetón, pero se emocionan con Los Sabandeños, en quienes presumen del Clipper y de las chocolatinas Tirma.
Porque hay algo que todos tenemos en común: el amor por esta tierra. Una tierra hecha de lava, viento y salitre; de personas luchadoras y solidarias; de hogares con el corazón caliente.
Ya casi está aquí el Día de Canarias, con su olor a mar y a parranda, a vino dulce y fiesta en la plaza, a niños corriendo vestidos de magos, a timples sonando en las noches cálidas, a familia y amigos, a gente bailando y cantando, aunque no sepa.
Y sí, de cara al mundo somos playa, sol y paisajes hermosos por los que hacer senderismo. Pero también somos cultura e historia, tradición e identidad; pero, sobre todo, somos pueblo y hogar.
Porque quien nace aquí lleva las islas recorriéndole las venas para toda la vida.
