Hay momentos en los que la política española parece escrita por un guionista empeñado en llevar la ficción hasta el límite de lo verosímil. Y, sin embargo, la realidad insiste en superarla.
El último episodio lo encontramos en el anuncio del presidente Pedro Sánchez sobre el inicio del procedimiento para elaborar los Presupuestos Generales del Estado de 2026. La orden se publicará en el BOE, se activará la maquinaria administrativa y se representará, una vez más, la apariencia de normalidad institucional. Todo ello en un contexto político en el que el Gobierno no ha logrado aprobar unos nuevos Presupuestos durante la legislatura y en el que su estabilidad parlamentaria parece cada vez más frágil.
La pregunta, por tanto, es inevitable: ¿estamos ante un ejercicio de responsabilidad institucional o ante una nueva maniobra para ganar tiempo?
España atraviesa un bloqueo político evidente. No hay una mayoría sólida, no hay capacidad real para impulsar grandes reformas y la legislatura avanza entre cesiones, tensiones internas, desgaste público y una sensación creciente de provisionalidad. En una democracia madura, cuando un Gobierno no puede gobernar con estabilidad, lo razonable no es fingir fortaleza, sino reconocer la situación y devolver la palabra a los ciudadanos.
Pero el Ejecutivo ha optado por otra vía: mantener el relato de la normalidad aunque la realidad diga lo contrario. Se anuncia una agenda, se proyecta actividad, se habla de futuro y se actúa como si el problema fuera únicamente de comunicación. Sin embargo, el problema no es de relato. Es de legitimidad política, de apoyos parlamentarios y de credibilidad institucional.
El anuncio presupuestario, en este contexto, no puede analizarse como un simple trámite técnico. Tiene una evidente carga política. Sirve para trasladar la imagen de un Gobierno que sigue trabajando, que mantiene el rumbo y que pretende agotar la legislatura. Pero esa imagen choca con una pregunta básica: ¿puede un Ejecutivo presentar seriamente unos Presupuestos si sabe que no cuenta con una mayoría suficiente para aprobarlos?
Cuando un Gobierno anuncia unos Presupuestos sin tener garantizados los apoyos necesarios, corre el riesgo de convertir una herramienta esencial del Estado en una pieza más del teatro político. Y eso no es menor. Los Presupuestos no son propaganda. Son el instrumento que define las prioridades económicas, sociales y estratégicas de un país. Utilizarlos como gesto de supervivencia política sería una falta de respeto a la ciudadanía.
Porque España no necesita más escenificaciones. Necesita claridad.
La ciudadanía no merece vivir instalada en una campaña permanente, ni asistir a una sucesión de anuncios destinados más a ocupar titulares que a resolver problemas. Tampoco merece que se le presente como normal lo que no lo es. Un país no puede avanzar con un Gobierno que aparenta estabilidad mientras depende de equilibrios cada vez más precarios.
A ello se suma el desgaste provocado por las controversias judiciales y políticas que rodean al entorno del Ejecutivo. Pretender que todo esto no afecta a la autoridad moral y política del Gobierno es, sencillamente, negar la evidencia. La confianza pública no se sostiene solo con discursos solemnes ni con comparecencias calculadas. Se sostiene con coherencia, responsabilidad y respeto institucional.
Por eso, cada vez son más las voces que consideran que España necesita elecciones generales. No como un capricho partidista, sino como una salida democrática a una situación de bloqueo. Las urnas no son una amenaza. Son precisamente el mecanismo que permite renovar legitimidades, aclarar mayorías y devolver al país un rumbo político definido.
Pedro Sánchez ha demostrado una extraordinaria capacidad para resistir. Nadie puede negarlo. Ha sobrevivido a crisis internas, a derrotas políticas, a cambios de posición que parecían imposibles y a pactos que durante años él mismo había rechazado. Pero resistir no siempre equivale a gobernar. Y permanecer en el poder no siempre significa servir al interés general.
La política no puede reducirse a una estrategia de supervivencia personal. España es mucho más que una legislatura, mucho más que un cálculo parlamentario y mucho más que la ambición de un presidente. Las instituciones no pueden convertirse en decorado de una huida hacia adelante.
Si el anuncio de los Presupuestos de 2026 responde a una voluntad real de gobernar, el Ejecutivo deberá demostrar que cuenta con apoyos suficientes, con un proyecto serio y con capacidad para aprobarlos. Pero si, como muchos sospechan, se trata solo de un gesto cosmético para ganar tiempo y desplazar el foco de otros problemas, entonces estaremos ante una irresponsabilidad política de primer orden.
España no necesita humo. No necesita teatro. No necesita solemnidad vacía. Necesita decisiones, claridad y liderazgo real.
Y cuando un ciclo político se agota, lo responsable no es alargarlo artificialmente. Lo responsable es asumirlo, dar la cara y permitir que sean los ciudadanos quienes decidan.
Porque una democracia se respeta escuchando a la ciudadanía, no entreteniéndola con simulacros.
Y desde Canarias, donde sabemos decir las cosas claras cuando toca, conviene recordarlo sin rodeos: a España se la gobierna con responsabilidad, no con trucos de supervivencia. Se la respeta con hechos, no con anuncios. Y se la defiende dejando hablar al pueblo cuando la política ya no tiene salida clara.
¡Qué cosas!
