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Cumbre del G7

Cada cierto tiempo vemos en las noticias a los líderes de las grandes potencias reunidos en un enclave idílico, rodeados de seguridad, cámaras, asesores y declaraciones solemnes, hablando de “los grandes desafíos globales”. Es la famosa Cumbre del G7, un evento que genera titulares, fotos oficiales y muchas frases de esas que parecen escritas por un comité de diplomáticos con alergia a hablar claro.

Y, sin embargo, para la mayoría de la gente sigue siendo un misterio.

Yo mismo, antes de profundizar un poco en el asunto, tenía la sensación de que aquello era una especie de club exclusivo de amigachos, donde se hablaba mucho, se comía mejor y se decidía poco. Pero cuando uno se detiene a analizarlo con calma, descubre que lo que allí se discute sí tiene consecuencias reales en nuestra economía, en nuestra seguridad, en el precio de la energía e incluso en el coste de llenar el carro de la compra.

Así que me propuse compartir estos modestos conocimientos adquiridos, porque una cosa es no saber algo —que no tiene pecado ninguno— y otra muy distinta es presumir de ignorancia con diploma oficial. Para eso ya tenemos bastantes planes de estudio que han confundido educar con entretener, exigir con traumatizar y pensar con repetir consignas.

Pero vamos a lo que vamos.

¿Qué es exactamente el G7 y por qué tiene tanto peso?

Te lo voy a explicar a mi estilo, sin pretender sentar cátedra, porque no soy más que un humilde viejo lobo de mar jubilado y, además, maúro de Telde desde que nací.

El G7, o Grupo de los Siete, es un foro informal que reúne a siete de las democracias más industrializadas del mundo: Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Japón. A ellos se suma la Unión Europea, que participa de forma estable en las reuniones.

Conviene dejar claro algo importante: el G7 no es una organización internacional formal. No tiene sede permanente, ni secretariado propio, ni estatutos comparables a los de la ONU, ni capacidad legal para imponer decisiones. Dicho en cristiano: no manda por decreto.

Pero cuidado, porque una cosa es no mandar formalmente y otra muy distinta es no influir.

Sus miembros representan una parte enorme de la economía mundial y concentran un peso político, militar, financiero y tecnológico considerable. Es decir: no mandan un carajo en términos legales, pero influyen mucho. Y en política internacional, muchas veces influir vale casi tanto como mandar. Si alguien lo duda, que se lo pregunte al rubio pistolero político Donald Trump, que en estas cosas suele dejarlo todo bastante clarito, aunque sea a su manera.

Un poco de historia: de crisis en crisis hasta convertirse en actor global

El G7 nació en los años setenta, en plena tormenta económica. Hablamos de la crisis del petróleo, la inflación disparada y un sistema monetario internacional que andaba tambaleándose.

En aquel contexto, los ministros de Finanzas de seis países —Estados Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia e Italia— empezaron a reunirse para coordinar respuestas económicas. En 1975 se celebró la primera cumbre del entonces G6, y un año después se incorporó Canadá, dando lugar al G7.

Durante un tiempo, Rusia formó parte del grupo, que pasó a llamarse G8. Pero tras la anexión de Crimea en 2014 y la ruptura con Moscú, el formato volvió a ser G7. El otro rubio con sueños zaristas de reconstruir una grandeza imperial que nunca fue como él la imagina siguió con su erre que erre, y de aquellos polvos vienen muchos de los lodos que todavía vemos en Ucrania.

Con los años, el G7 dejó de hablar solo de economía y pasó a tratar prácticamente todos los grandes asuntos globales: seguridad, energía, tecnología, clima, desarrollo, salud, migraciones, cadenas de suministro y todo ese potaje diplomático que, aunque parezca lejano, termina llegando a nuestras casas de una forma u otra.

¿Qué se supone que hace el G7?

Llegados a este punto, alguno estará pensando:

“Todo esto está muy bien, Julio, pero tú, como buen maúro de Telde que eres, habla claro y dinos qué demonios se decide ahí dentro”.

Pues mira, amigo, voy a tratar de explicarlo a mi manera. Y si al final terminas entendiéndolo del todo, vienes y me lo explicas a mí. Jajajaja.

El G7 funciona como un espacio donde las grandes potencias democráticas coordinan políticas económicas, fijan posiciones comunes ante conflictos internacionales, impulsan iniciativas globales y marcan tendencias que luego se trasladan a organismos como la ONU, el FMI, la OCDE, el Banco Mundial o el G20.

No aprueban leyes mundiales, no firman tratados vinculantes en cada cumbre y no pueden obligar a nadie a obedecer. Pero cuando siete de las economías más influyentes del planeta se ponen de acuerdo en sanciones, financiación, tecnología, energía o seguridad, el resto del mundo escucha. Algunos por interés, otros por miedo y otros porque no les queda más remedio.

También hay que reconocer que el G7 ha impulsado iniciativas relevantes. Entre ellas, la creación del GAFI, clave en la lucha contra el blanqueo de capitales; el apoyo al Fondo Mundial contra el sida, la tuberculosis y la malaria; acuerdos de alivio de deuda para países pobres; y la coordinación de sanciones en crisis internacionales.

Ahora bien, tampoco nos vengamos arriba. Muchas veces sus declaraciones se quedan en buenas intenciones, palabras bonitas y fotos de familia. Aquí entra la parte crítica: el G7 influye, pero no siempre transforma.

¿Cómo funciona una cumbre del G7?

Cada año, uno de los países miembros ejerce la presidencia del grupo. Dicho en lenguaje más de andar por casa: le toca hacer de anfitrión, organizar la cumbre, poner la alfombra, asumir el gasto y aguantar el marrón logístico.

El formato suele incluir reuniones plenarias, encuentros bilaterales, sesiones temáticas, participación de países invitados y una declaración final conjunta.

Es un foro de diálogo, sí, pero también de negociación. Aunque no firmen tratados en sentido estricto, lo que allí se acuerda suele marcar el rumbo de la política internacional. Y, de paso, también hay que decirlo, se pegan una semana de reuniones, banquetes, recepciones, fotos oficiales y buen comer que ya quisieran muchos ciudadanos de a pie. Algunos van con sus esposas, otros con sus asesores, y alguno no sé si con la conciencia tranquila, que de todo hay en la viña del Señor.

La última cumbre: Évian-les-Bains, Francia

La última cumbre del G7 se celebró en Évian-les-Bains, Francia, entre el 15 y el 17 de junio de 2026, en un contexto internacional especialmente delicado.

Los temas centrales fueron, principalmente, los conflictos internacionales, la economía global, la energía, la tecnología, la inteligencia artificial, las cadenas de suministro, la seguridad digital, las migraciones, la salud y los minerales críticos.

En materia de seguridad internacional, se habló de Ucrania, de la situación en Oriente Medio, de Irán y de la importancia del Estrecho de Ormuz para el transporte de petróleo. Y aquí conviene recordar una cosa: cuando se tensa una zona por donde pasa buena parte del comercio energético mundial, el susto no se queda en los despachos. Termina llegando a la gasolinera, a la factura eléctrica y al precio de casi todo.

También se abordaron asuntos de economía y energía, especialmente los riesgos de nuevas subidas del petróleo, la inflación persistente y la necesidad de reforzar cadenas de suministro estratégicas.

Les puedo jurar que de las joyas de la política española, de los líos familiares de unos, de las fontanerías de otros, de los escándalos de partido y de la picaresca nacional no se dijo ni “mu”. Bastantes problemas tienen ya fuera como para ponerse a estudiar nuestras tragicomedias domésticas. Jajajaja.

En tecnología e inteligencia artificial, se trató la regulación global de la IA, la competencia tecnológica con China, la seguridad digital y la protección de los menores en internet.

En cuanto al clima y la transición energética, volvieron a aparecer los compromisos de reducción de emisiones, las fórmulas de financiación climática para países en desarrollo y esas promesas que luego, entre una cosa y otra, no cumple ni Dios como las anunció.

También participaron países invitados o socios en distintas sesiones, entre ellos Brasil, India, Corea del Sur, Kenia, Egipto, Australia, Qatar y Ucrania, además de organismos internacionales como el FMI y la OCDE.

No, a Pedro Sánchez no lo invitaron como miembro del club, porque España no forma parte del G7. Otra cosa es que, si lo hubieran invitado, algunos pensarían que acabaría cambiando de opinión antes del café. Y se quedaría tan fresco el gachó, que casos se han visto.

¿Y todo esto en qué nos afecta a nosotros?

Aquí es donde el G7 deja de ser un concepto abstracto y empieza a tocar la vida cotidiana.

Nos afecta en la economía y los precios, porque sus decisiones pueden influir en el precio del combustible, la inflación, la electricidad, los alimentos y las cadenas de suministro. Cuando el G7 coordina sanciones, medidas energéticas o estrategias comerciales, los efectos se sienten en el bolsillo.

También nos afecta en la seguridad internacional, porque sus posturas influyen en la política exterior de la Unión Europea, en la gestión de crisis migratorias, en la estabilidad de regiones clave y en la respuesta ante conflictos que, aunque parezcan lejanos, terminan condicionando nuestra vida.

Para no cansarte demasiado, que a estas alturas de la paliza ya te veo con cara de querer ir a por un cortado, te diré que también influye en la tecnología, el empleo, el cambio climático y la geopolítica mundial. El G7 sigue siendo un actor clave frente a potencias emergentes como China o India. Sus decisiones influyen en acuerdos comerciales, estándares tecnológicos, inversiones estratégicas y relaciones internacionales.

¿Sigue siendo importante un foro imperfecto?

Yo creo que sí.

El G7 no es un gobierno mundial. Tampoco es un club con capacidad para imponer decisiones a todo el planeta. Pero sí es un espacio donde se coordinan algunas de las potencias más influyentes del mundo.

Lo que allí se discute —energía, seguridad, tecnología, clima, economía— termina afectando a la economía global y, en consecuencia, a la vida de millones de personas.

Por eso, aunque a veces parezca un evento lejano, lleno de fotos oficiales, sonrisas ensayadas y declaraciones diplomáticas, la realidad es que el G7 sigue siendo un actor clave en la política internacional. Entenderlo es una forma de comprender mejor el mundo en el que vivimos.

Dicho todo lo anterior, este humilde viejo lobo de mar y maúro de Telde como el que más solo alberga la esperanza de haberte ayudado a entender un poco mejor este potaje de verjilla, como decimos por aquí.

Reconozco que a veces pego la tablilla y que, con lo que me gusta hablar, soy capaz de aburrir a un santo. Pero insisto: mis explicaciones están cargadas de buena voluntad. Estoy convencido de que una gran parte de los ciudadanos de a pie no tiene ni idea de lo que es la famosa cumbre anual del G7. Y si encima han pasado por planes educativos donde se ha confundido aprender con aprobar y razonar con repetir consignas, entonces la cifra aumenta de manera preocupante.

Porque progresistas podrá haber muchos, y conservadores también. Pero burros, amigo mío, burros hay en todas partes. Y algunos, además, con máster, cargo público y coche oficial.

¡Qué cosas!

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