Del estupor a la indignación

Sin la menor duda y a medida que se acercan las elecciones que, salvo treta sanchista no descartable, se celebrarán en los próximos seis o siete meses, cada día amanecemos con un nuevo estupor sin que aún hayamos digerido del todo la indignación que nos resta del escándalo gubernamental de ayer. Las ruedas de molino que nos ofrece el Gobierno para trasegar cada día, empiezan a acumularse. Y es que en las zahúrdas de La Moncloa, donde trabajan cientos de asesores expertos en manipulación, se aplican a conciencia para conseguir lo que ya Lenin y su discípulo Goebbles predicaron: que un nuevo escándalo, si no más gordo sí más llamativo, haga olvidar el anterior. Esta parece ser la más intensa estrategia del sanchismo desde hace meses.

Si se repasan los principios básicos de la manipulación política, todos y cada uno los aplica el sanchismo cuando ministros, portavoces y periodistas afines repiten como loritos el argumentario del día, que bien pudiera estar en contradicción con lo que afirmaban en las anteriores papelas. La repetición enfática de lo mismo por los mismos actores, simulando indignación (y si es la PSOE acusando a Ayuso de lo que fuera menester), induce en las víctimas de este proceso, que son los ciudadanos normales no sectarizados, a que duden de lo que les recuerda su memoria y su percepción, creando en él una sensación de incertidumbre. Es lo que en psicología se suele llamar “Gaslighting”, es decir hacerle “Luz de gas”.

Uno de los escándalos más graves para la democracia en España, es el más que presunto intento de manipular los resultados electorales a partir de la adulteración del censo CERA, Censo de Españoles Residentes Ausentes, a partir no como dice el sanchismo de la aplicación de la Ley de Nietos sino de la instrucción dictada por Sofía Puente. Lo de “instrucción dictada” tiene su aquel. Por cierto, el nombrecito de ese censo CERA se las trae, pues a la vista de los casos publicados, varios cientos de miles de esos nuevos españoles, no han sido nunca “residentes” en España aunque sí, con toda propiedad, son y están literalmente “ausentes”.

Pero si todos esos escándalos que vemos cada día en la prensa, desde el Tito Berni hasta lo del censo, pasando por simplemente Begoña, no la mujer del Dr. Sánchez, son de una gravedad y desvergüenza sin parangón, lo que a mí me tiene en un sin vivir es la situación de Ceuta, luego Melilla, después Canarias y al final tal vez incluyan a Granada en el Gran Marruecos para reivindicar al sultán Boabdil el Chico, el moro llorón que rindió el Reino Nazarí a los Reyes Católicos.

Los días 30 y 31 de julio, nosotros y el mundo entero, pudimos ver en directo en las televisiones como entraban libremente unos 80.000 invasores a la ciudad española de Ceuta, azuzados por la policía marroquí y con la pasividad inexplicable de las fuerzas del orden españolas. Reconozco que me quedé estupefacto, sin poder asimilar del todo lo que estaba viendo. Poco después empezó un proceso que nos hizo pasar a muchos del estupor a la indignación. Vimos a un ministro de Asuntos Exteriores, un tal Albares, afirmar que todos los invasores, sin excepciones, volverían por donde entraron. Ya fue sospechoso que no nombrara a Marruecos, el país de donde venían los invasores. Vimos, creo recordar que desde Lanzarote a un busto parlante y sin pies, el Presidente, decir que había sido una asalto a la frontera de España. Dos días después, al parecer, retornaron unos 75.000 marroquíes a su tierra. Faltó tiempo para que el twittero Óscar Puente, nos diera la gran noticia: “otra crisis más resuelta” en 48 horas por Pedro Sánchez. Consideró que el hecho cierto de que la ciudad de Ceuta permanecía ocupada por varios miles de asaltantes, era un detalle sin mayor importancia.

A estas alturas del siglo, es una verdad similar a las del barquero, que el Gobierno del Dr. Sánchez nos volvería a mentir y a tergiversar la evidencia, pues se sabe apoyado por la Brunete Pedrete. Lo que tanto Albares como el propio presidente y algunos palmeros más habían definido como un asalto intolerable a nuestra frontera, se transformó primero en una crisis inmigratoria y después en otra crisis humanitaria. La traición a España estaba servida, como la cabeza del Bautista, Ceuta, fue ofrecida no por Herodes sino por el Dr. Sánchez a Mohamed VI, en el papel estelar de Salomé.

Y como creo que en La Moncloa están convencidos de que esto no les pasará factura electoral, ahora nos dice el Presidente que los ceutíes y melillenses han de adaptarse a la nueva “realidad estructural”. No sabemos a ciencia cierta qué quiso decir con tamaña revelación a sus siervos, pero los exegetas de ese nuevo Zeus en el Olimpo dicen que ya Ceuta está cedida al Comendador de los Creyentes… así que ya saben los ceutíes a quién han de “encomendarse”.

Y todo esto me ha hecho pasar del estupor a la indignación y ahora a la preocupación por nuestro más que incierto futuro si no hay cambio en las próximas elecciones y desaparece el sanchismo. Si así no fuera, como nos advierten los venezolanos exiliados en España: “yo vengo del futuro de España”. ¿Escarmentaremos en cabeza ajena y pondremos nuestras barbas a remojar viendo arder las del vecino ceutí?

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