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España ante el espejo del desorden, lamentable escaparate ante el mundo

29 de octubre de 2026

Lamentable escaparate ante el mundo

Soy consciente que mi indignación puede ser inmediata, pero el juicio definitivo, no; porque hay momentos en la historia de una nación, en los que la pregunta más importante no es: ¿quién ha provocado un problema?, sino ¿quién ha permitido que creciera hasta hacerse incontrolable? y España atraviesa uno de esos tristes momentos.

Las imágenes actuales de violencia callejera, disturbios, agresiones a las fuerzas de seguridad, mobiliario urbano destruido y barrios enteros viviendo con tensión, no pertenecen a un país lejano, ni a una región en conflicto. Son imágenes de nuestras propias calles. Son imágenes de una España que muchos ciudadanos apenas reconocen, y lo peor de todo no es la violencia en sí.

“Lo verdaderamente inquietante es la sensación de que, ni el gobierno social comunista de Pedro Sánchez, ni nadie, parece dispuesto a frenarla con la firmeza que exige una democracia madura”.

Resulta, cuando menos llamativo, que esta escalada de tensión social coincida “precisamente con el anuncio de un nuevo proceso electoral”. Puede que sea una casualidad o puede que no. Pero cuando millones de ciudadanos empiezan a hacerse preguntas, la obligación de los gobernantes, es responderlas; no ignorarlas, porque el silencio y las mentiras a que nos tiene acostumbrado este actual gobierno, nunca ha sido un buen antídoto contra las sospechas.

La reacción del Gobierno social comunista de Pedro Sánchez, ahora en funciones, ha transmitido una imagen preocupante de lentitud, cobardía e indecisión.

En situaciones excepcionales, los ciudadanos esperan liderazgo, claridad y determinación. No cálculos políticos. No comunicados ambiguos, tipo Marlaska, que no dice una verdad, ni que se lo proponga. No condenas que parecen llegar cuando la opinión pública ya ha dictado sentencia.

Mientras tanto, la presidencia del gobierno y el Ministerio del Interior, que dirige Marlaska, vuelven a exhibir esa peligrosa combinación de pasividad preventiva y contundencia tardía, que tantas veces hemos visto en los últimos años y muy recientemente en el vergonzoso  caso, aun sin resolver del asalto a Ceuta por parte de 80.000 marroquís, que ya está dando demasiadas pistas de su intencionalidad, más allá de lo que aparentan , aunque Pedro Sánchez y sus ministros, se empeñen en decirnos, que se trata de un hecho aislado y que Marruecos es un vecino fiel y fiable,

Ahora se anuncian elecciones y automáticamente, como si alguien hubiese prendido una segunda mecha al barril de pólvora, se detectan focos de tensión. Se anuncian concentraciones susceptibles de terminar en disturbios. Y, sin embargo, la impresión que recibe la ciudadanía, es que las instituciones observan los acontecimientos (como en Ceuta,) desde la barrera, hasta que el problema estalla y usando el mismo patrón que usaron con la crisis de Ceuta, mirar para otro lado, para que cuando estalle, ya sea demasiado tarde y así, poder refugiarse en la mentira y las falsas informaciones.

Tampoco ayuda que una parte de los detenidos recupere tan rápidamente la libertad provisional. Nadie discute la independencia judicial ni la presunción de inocencia, pilares esenciales del Estado de Derecho. Pero tampoco puede sorprender que muchos ciudadanos perciban que el actual sistema con sus leyes “progres de buenos buenismos”, nos parece más preocupado por proteger los derechos de quienes alteran el orden público, que por garantizar los derechos de los españoles que deseamos vivir en paz.

Ese sentimiento, acertado o equivocado, existe. Y negar su existencia es otra forma de irresponsabilidad política, tan típica de este gobierno social comunista “blandito” que preside Pedro Sánchez, del cual ya estamos comenzando a hartarnos de ver como ponen tantos paños calientes y tantas mentiras para tapar su manifiesta incompetencia,

Pero más preocupante aún si cabe, es la fractura que empieza a abrirse en el debate público. Las derechas culpan a las izquierdas; Las izquierdas culpan a las derechas, y ambos bloques parecen haber descubierto en la violencia una nueva oportunidad de propaganda electoral con que atacarse con el clásico… ¡Y tu más! Unos la utilizan para alimentar el miedo, otros para justificar su inmovilismo, pero lo verdaderamente triste, es que nadie parece dispuesto a asumir responsabilidades; todos pretenden obtener rentabilidad política, mientras la ciudadanía sufre la consecuencia de sus estúpidas guerras por el poder.

Así, mientras los partidos se lanzan acusaciones mutuas, el ciudadano contempla con estupor cómo la convivencia se deteriora y cómo la autoridad del Estado pierde prestigio día tras día, y es precisamente ahí donde nace la verdadera amenaza. No en unos cuantos de cientos de “gamberros moros” violentos con pasamontañas”. No en unos cuantos disturbios más o menos graves.

La amenaza real aparece cuando una sociedad empieza a creer que la ley ya no se aplica con el mismo rigor para todos; cuando millones de personas sienten que las instituciones reaccionan siempre tarde, y cuando la confianza en quienes nos gobiernan comienza a erosionarse, pues resulta obvio que, se trata mejor a un magrebí indocumentado, que ha entrado al país de forma ilegal, que, a los agentes de seguridad, que se dejan y juegan la vida por mantener el orden.

Porque cuando la confianza se pierde, el terreno queda abonado para toda clase de teorías, sospechas y rumores como el que ya circula en la calle: ¿Hay grupos interesados en aumentar deliberadamente la tensión social? ¿Existen actores políticos que creen poder beneficiarse de una España polarizada y enfrentada? ¿Están actuando intereses externos aprovechando las debilidades de las democracias europeas? Hoy nadie puede afirmarlo al 100% con pruebas concluyentes, pero tampoco puede ignorarse que esas preguntas ya no pertenecen únicamente a las tertulias de café. Han llegado a la calle, a los bares, a los mentideros populares y a las conversaciones cotidianas de miles de ciudadanos que observan con creciente inquietud cómo el desorden parece ganar terreno, mientras las respuestas oficiales siguen sin llegar con la claridad necesaria, mas que cuando la policía confirma que el 45 % de los detenidos eran de origen magrebí y ahora para más “Inri”, menores de edad, que reclaman “sus derechos” a que los tratan como lo que son;  gamberros rozando el terrorista clásico  de toda la vida. Y yo que no soy más que un mauro de Telde, me pregunto ¿A qué derechos se refiere? Porque yo que conozco bien sui país de origen, afirmo que, si hiciéramos con ellos, lo mismo que en Marruecos, “otro gallo les cantaría”.

Por otra parte resulta muy triste comprobar como en nuestra España si aplicáramos “mano dura” , la izquierda  no tardaría un segundo en condenarlo y tratar a los jueces y policías  de “fascistas y fachas” que no respetan los Derechos Humanos; y yo insisto que aquella Declaración de los Derechos Humanos  firmada en Paris el 10 de diciembre de 1948 a la que se adhiere España en diciembre de 1976, fue concebida parta aplicarse a “Los Humanos”, y no a la escoria de la humanidad, que se ha propuesto destruir las democracias y especialmente las europea. Para aplicarles a ellos debe haber otros “Derechos” específicos.

Lo intolerable sería despachar estas inquietudes con arrogancia o desprecio, como si formular preguntas fuese un delito democrático. En una sociedad libre, las preguntas y las opiniones son legítimas. Lo que no es legítimo es que quienes tienen la responsabilidad de gobernar, no sean capaces de ofrecer respuestas convincentes, mas allá de las mentiras y de poner “paños calientes a la situación”

Porque si nuestros gobernantes actuales continúan actuando como jefes de campaña, en lugar de comportarse como auténticos hombres y mujeres de Estado, llegará un momento en que el problema dejará de ser, el quién provocó el desorden. La verdadera cuestión será: ¿quién permitió que creciera; ¿quién miró hacia otro lado?; ¿quién calculó electoralmente cada contenedor incendiado, cada agresión, cada noche de disturbios y cada nuevo episodio de violencia?; ¿quién creyó que el fuego podía utilizarse para iluminar una campaña sin acabar quemando la propia casa común? Demasiadas preguntas con respuestas sencillas, que, con   la cobardica actitud de este nefasto gobierno social comunista de Pedro Sánchez, no quiere responder, porque no tienen la conciencia tranquila y además se reconocen parte del problema.

Como diría un mauro de Telde: “Ojalá cristiano acertemos con el nuevo novio, porque si no… ¿Vémeria purísima!”

 

La historia demuestra que las democracias raramente mueren de forma repentina. Primero, se erosionan (como está ocurriendo). Después se acostumbran a lo inaceptable (las mentiras se aceptan como parte natural del proceso), Más tarde  se normalizan la violencia como algo común e inevitable, para finalmente descubrir, demasiado tarde, que la autoridad legítima había sido sustituida por el miedo  y la desconfianza;  y España no puede permitirse recorrer ese camino, y sí quienes tienen la obligación de garantizar el orden constitucional, la seguridad de los ciudadanos y la convivencia democrática no reaccionan con la firmeza, la transparencia y la determinación que exige la gravedad del momento, serán ellos quienes deban rendir cuentas ante la Historia. Porque la paciencia de un pueblo no es infinita. Porque la libertad no puede sobrevivir sin ley.

Y porque cuando los españoles empiezan a sentir que las calles dejan de pertenecer a los ciudadanos honrados para convertirse en territorio de los violentos, el problema ya no es de orden público; Es un problema de Estado, y los problemas de Estado, cuando se dejan pudrir por cobardía, cálculo político o incompetencia, como ya nos tiene acostumbrado este gobierno social comunista de Pedro Sánchez, terminan pasando una factura que siempre, acaba pagando la nación entera.

España merece respuestas. España merece autoridad democrática. España merece seguridad y, sobre todo, merece gobernantes auténticos, capaces de poder apagar los incendios antes de que las llamas alcancen los cimientos de nuestra convivencia. Porque si algún día, esos cimientos llegan a resquebrajarse, ya no importará quién ganó las elecciones, si las izquierdas o las derechas, pues habremos perdido algo mucho más importante: “la confianza de los ciudadanos en su propio país”, y una vez que esa confianza se rompe, repararla exige décadas y a veces generaciones enteras, y en eso por desgracia en la España del siglo XX, adquirimos algo de experiencia.

Como canario y español, me resisto a creer que hayamos llegado todavía a ese punto. Pero también me niego a aceptar que todo esto sea normal. No lo es; la violencia nunca puede convertirse en paisaje. El desorden nunca puede transformarse en costumbre y la pasividad de los poderes públicos jamás debe confundirse con prudencia, porque cuando el Estado retrocede, siempre hay alguien dispuesto a ocupar el espacio que deja vacío, y cuando la ley deja de imponerse por convicción, termina reclamándose por desesperación.

Ojalá quienes hoy tienen en sus manos las riendas de España comprendan la gravedad del momento. Porque las naciones no suelen derrumbarse por un gran golpe de mar. Normalmente se hunden por pequeñas vías de agua que nadie quiso reparar a tiempo.

Y la sensación de inseguridad, impunidad y abandono que comienza a extenderse entre muchos ciudadanos españoles en la actualidad, se parece demasiado a una de esas peligrosas vías de agua.

Todavía estamos a tiempo de cerrarla, pero el tiempo, como la mar, cuando se da cuenta que hemos “soltado el cabo por la mano”, como diría un viejo lobo de mar, jamás espera por nadie.

“Lo que no puede permitirse al actual gobierno social comunista de Pedro Sánchez, aunque sea consciente y esté seguro que les queda menos en este patio que un caramelo en la puerta de un colegio, es no actuar con valentía y determinación, y solo pensando en no molestar a Mohamed VI de Marruecos,   o a sus socios “progres de la extrema izquierda, como los  ex terroristas de Bildu o independentista catalanes, mientras ve que la casa se le está inundando y ellos siguen tan felices en Belén con los pastores, porque ser socialista histórico y  auténtico,  no caza con ser  “Sanchita descafeinado y cobarde”; significa ser ante todo, valiente y   patriota  español sin fisuras,  qué… ¡Casos se han dado!

¡Qué cosas!

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