Venid,
romped el vuelo, alzaos a esta lumbre,
bebed la claridad recién vertida,
deslizaos, alacres, por los tendidos toboganes
desde las altas cúpulas donde el sol se serena;
percibid las alondras incendiadas
de los aromos del Naciente,
sobrevolad la blancura de los pórticos
que anuncian la ardentía de la calma,
tendeos en sus lienzos de luminosidad:
mirad cómo se tornan los colores
en pura transparencia, y cómo luego
la transparencia ensambla lentamente
los tonos imposibles del azul;
tened, tentad
la delicada refulgencia de la música
que los acordes núbiles
propagan por los linos de la luz; balanceaos
en los oros que penden de los pretiles de la altura;
saboread el polen que desciende en finísima lluvia
y que alimenta como un manjar de soplo el alma;
bogad, uncid la gran ola celeste
meceos en su valle y ascended hasta el vértice
en que el fulgor se engendra; abandonaos,
abríos –aves ya de plenitud, alas de un himno–
al canto que armoniza todo impulso
y arded en la explosión de luminarias;
sentid, eterna, la dádiva del lapso,
su purificación, volad entre las llamas,
pavesas de este fuego sin ceniza,
quemaos, ascuas inmortales de la fulguración,
vivid.

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