9 abril 2026 1:11 pm
Julio Cesar
Julio Cesar
Casualidad puntual o provocación deliberada

Vaya por delante que quien suscribe es solo un humilde viejo lobo de mar, maúro de Telde por nacimiento y vocación. No busquen en estas líneas el rastro de un «progre» de manual, de esos de pancarta, animalismo de boquilla y camiseta del Che; pero tampoco me ubiquen en el extremo opuesto. Antes de entrar en faena, debo confesar que todo lo que sea hablar de «cuernos» es algo que, sencillamente, me chirría en el intelecto. ¡Qué le vamos a hacer!

Una imagen bajo la lupa

La reciente publicación de una fotografía del rey emérito, Juan Carlos I, rodeado de un nutrido grupo de toreros ataviados con sus trajes de luces, ha reavivado un debate que trasciende lo meramente anecdótico. La imagen, aparentemente informal o fruto de una coincidencia, adquiere inevitablemente una dimensión simbólica al situarse en el complejo tablero de la sociedad española actual y su cambiante relación con la tauromaquia.

En nuestra tierra, en Canarias, no tenemos ese problema. Las corridas de toros están prohibidas por el Gobierno Autonómico desde 1991, cuando se incluyó la llamada «fiesta nacional» dentro de la Ley 8/1991. Fuimos, dicho sea de paso, la primera comunidad autónoma en hacerlo. ¡Toma ya!

Como curiosidad histórica, cabe recordar que en el Archipiélago no se celebran corridas desde 1984, pero no porque los canarios fuéramos «buenos, buenísimos» o animalistas precoces, sino por una cuestión mucho más pragmática: resultaba carísimo trasladar las reses bravas hasta las islas.

Entre la afinidad y el símbolo

Volviendo al caso que nos ocupa, e intentando mantener la objetividad, conviene alejarse de interpretaciones precipitadas. No es ningún secreto que la figura del emérito ha mantenido históricamente una cercanía estrecha con el mundo taurino y el de los cuernos —a la expresión cultural me refiero, porque a la otra, como el valor en la mili, solo «se le supone»—. Desde esta perspectiva, la foto podría ser una simple prolongación de sus afinidades personales en un encuentro privado.

Sin embargo, el momento en que la imagen ve la luz no es un detalle menor. España atraviesa un proceso de revisión crítica de sus tradiciones. El distanciamiento de las nuevas generaciones hacia este espectáculo es innegable; la tauromaquia ha dejado de ser un elemento de consenso.

«Cualquier gesto de la Corona, ya sea voluntario o no, es interpretado como una toma de posición en una sociedad que ya no guarda silencios.»

¿Provocación o desconexión?

¿Estamos ante una provocación deliberada? No existen indicios claros para afirmarlo. Para que hubiera intencionalidad, debería existir una voluntad explícita de intervenir en el debate social, algo que no encaja con el perfil discreto que el emérito ha intentado mantener recientemente.

Resulta más plausible pensar en una desconexión —quizá involuntaria— entre ciertos códigos tradicionales y la sensibilidad actual. Lo que en otro tiempo habría pasado desapercibido, hoy genera incomodidad. La fotografía se sitúa en esa zona ambigua donde lo casual se vuelve simbólico.

Tal vez la cuestión de fondo no sea la intención del gesto, sino la lectura que hace de él una sociedad plural y en transformación. Este episodio nos invita a reflexionar sobre el delicado equilibrio que deben mantener las instituciones entre sus gustos privados y la diversidad de una ciudadanía a la que, de una forma u otra, siguen vinculados.


Y volviendo a la inoportunidad de la dichosa foto, les contesto como maúro de Telde que soy: ¿Qué quiere que le diga, cristiano? Yo sigo pensando lo mismo; estas cosas no se pueden hacer de «ahora para dispues». Así que, la próxima vez, afíleme bien el lápiz y esparrame mejor la vista, compadre, que ahí más allá… ¡Casos se han dado!

¡Qué cosas!

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