El honor no puede ser un adorno: la cúpula de la Guardia Civil debe dar un paso atrás
Honor Y Divisa
Honor Y Divisa

Hay instituciones que no se sostienen solo sobre organigramas, despachos y nombramientos publicados en el BOE. Se sostienen, sobre todo, sobre algo mucho más delicado: la confianza. La Guardia Civil es una de ellas. Y cuando esa confianza se resquebraja en la cúspide, no basta con invocar la presunción de inocencia, ni con refugiarse en la comodidad de los comunicados políticos. Hace falta una respuesta institucional a la altura del uniforme.

La imputación —hoy, formalmente, la condición de investigados— de la directora general de la Guardia Civil, Mercedes González, y del director adjunto operativo, Manuel Llamas, en el llamado caso Leire, coloca a la institución en una situación de enorme gravedad. No porque una investigación judicial equivalga a una condena. No lo es. Conviene repetirlo: nadie debe ser condenado públicamente antes de que hable la Justicia. Pero tampoco puede confundirse la presunción de inocencia con la permanencia automática en el cargo, especialmente cuando lo que está bajo sospecha afecta al corazón mismo de la cadena de mando.

Aquí está la cuestión: no hablamos de un cargo político cualquiera ni de una polémica menor. Hablamos de la dirección de un cuerpo de naturaleza militar, con funciones policiales esenciales, sometido a disciplina, jerarquía, neutralidad institucional y servicio permanente al Estado. Hablamos, además, de una causa que gira en torno a presuntas presiones o maniobras relacionadas con la Unidad Central Operativa, una de las unidades más sensibles y prestigiosas de la Guardia Civil. Por eso el problema no es únicamente jurídico. Es moral, institucional y operativo.

El Gobierno sostiene que abrir investigaciones internas por filtraciones no puede considerarse delito por sí mismo. Ese argumento, en abstracto, es razonable. Toda filtración en una investigación delicada debe investigarse. De hecho, no hacerlo sería una irresponsabilidad. Pero el debate real no está ahí. El debate está en si esas actuaciones se utilizaron, o pudieron utilizarse, como una forma de presión sobre agentes que investigaban asuntos especialmente incómodos para el poder político. Y mientras esa duda esté encima de la mesa judicial, quienes ocupan la cúspide de mando no pueden seguir actuando como si nada hubiese ocurrido.

La Guardia Civil tiene una cultura propia, exigente y severa. No es un departamento administrativo más. Su Código de Conducta no habla del honor como una frase bonita para colocar en una pared. Lo define como “principal divisa”. La integridad, la rectitud, la honradez, la disciplina, la responsabilidad y el ejemplo no son ornamentos retóricos: son obligaciones. Y si esos principios se exigen al guardia destinado en un puesto de pueblo, al agente que patrulla una carretera de madrugada o al cabo que firma un parte disciplinario, deben exigirse con más fuerza aún a quienes dirigen el Cuerpo desde arriba.

Esa es la contradicción que más daño provoca. A cualquier guardia civil se le recuerda que debe evitar comportamientos que comprometan el prestigio del Cuerpo. A cualquier mando se le exige ejemplaridad. A cualquier agente se le puede abrir un expediente por conductas que afecten a la imagen de la institución, incluso antes de que exista una condena penal. Entonces, ¿por qué la vara de medir tendría que relajarse cuando miramos hacia la Dirección General o hacia la Dirección Adjunta Operativa?

No se trata de aplicar una justicia de titulares ni de alimentar una cacería política. Se trata precisamente de lo contrario: de proteger a la Guardia Civil de la batalla partidista. La permanencia de González y Llamas en sus cargos convierte cada decisión interna, cada nombramiento, cada expediente y cada declaración pública en materia contaminada por la sospecha. Aunque finalmente resultaran exonerados, la institución ya estaría pagando un coste innecesario: el de parecer subordinada a la conveniencia política del momento.

Por eso la salida más limpia no tiene por qué ser una dimisión entendida como confesión de culpabilidad. Puede ser un apartamiento temporal, una renuncia preventiva o un cese por razones de higiene institucional. Llámese como se quiera. Lo importante es que la Guardia Civil no quede atrapada en una defensa numantina de sus máximos responsables mientras sus propios principios internos reclaman otra cosa.

La presunción de inocencia protege a las personas frente a una condena anticipada. Pero la responsabilidad política e institucional protege a las instituciones frente al deterioro de su credibilidad. Son planos distintos. Confundirlos es un error interesado. Nadie pide que se nieguen derechos a los investigados. Lo que se exige es que quienes están bajo una investigación de esta naturaleza no sigan mandando sobre el mismo cuerpo cuya actuación aparece en el centro de la controversia.

El honor, en una institución como la Guardia Civil, no consiste en resistir en el cargo hasta que la presión amaine. Consiste en saber cuándo la permanencia personal empieza a perjudicar al conjunto. Consiste en anteponer el prestigio del Cuerpo al interés propio o al interés del Gobierno que nombró a sus responsables. Consiste, en definitiva, en comprender que hay momentos en los que marcharse no es una derrota, sino el último servicio que puede prestarse.

Mercedes González y Manuel Llamas tienen derecho a defenderse. Tienen derecho a explicar su versión ante el juez. Tienen derecho a que no se les condene en una plaza pública. Pero la Guardia Civil también tiene derecho a no ser arrastrada por una crisis que afecta directamente a su imagen, a su independencia operativa y a la confianza de sus propios agentes.

Viendo las ordenanzas, el Código de Conducta y la tradición moral del Instituto Armado, la respuesta es clara: sí, deben cesar o ser apartados mientras se aclaran los hechos. No por venganza. No por ruido político. No porque una imputación equivalga a culpabilidad. Deben hacerlo porque el honor, cuando se toma en serio, obliga más cuanto más alto se está en la escala de mando.

La Guardia Civil ha sobrevivido a gobiernos, crisis, errores y escándalos porque su fuerza no reside en quienes ocupan temporalmente un despacho, sino en miles de hombres y mujeres que cumplen su deber cada día lejos del foco. A ellos se les debe una dirección limpia de sospecha. Y a la ciudadanía, también.

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Nuestras Fiestas
Redacción NorteGranCanaria

La Aldea de San Nicolás fomenta la tradición de las rondas y serenatas durante las Fiestas de San Nicolás de Tolentino 2026

El Ayuntamiento ha presentado este lunes la Noche de Rondas y Serenatas, que recorrerá el casco del municipio el próximo viernes 28 de agosto junto a la Parranda Alisios  El Ayuntamiento de La Aldea de San Nicolás ha presentado este lunes la Noche de Rondas y Serenatas, una de las propuestas incluidas en el programa de las Fiestas Patronales de San Nicolás de Tolentino 2026, que se celebrará el próximo viernes 28 de agosto, a partir de las 23:30 horas, por diferentes calles del casco del municipio junto a la Parranda Alisios. El alcalde de La Aldea de San Nicolás, Pedro Suárez, y la concejala de Patrimonio Histórico, Ingrid Navarro, junto al autor intelectual del evento, Cristian Pérez, han dado a conocer los detalles de una iniciativa que pone en valor una tradición vinculada a la música, la convivencia y la participación de la ciudadanía, invitando a vecinos y vecinas a sumarse desde sus casas y a acompañar a los músicos durante el recorrido. Al acto de presentación también ha acudido la concejala de Fiestas Populares y Festejos, Leandra Delgado. La Noche de Rondas y Serenatas contará con un recorrido oficial por el casco histórico del municipio, con salida y final en diferentes puntos de las calles del centro, y con paradas de avituallamiento en el Centro Municipal de Cultura y en la trasera del Ayuntamiento de La Aldea. El itinerario discurrirá por calles como Calle Real, Calle Mariano de Cáceres, Calle Carmita Afonso y Calle Cervantes, siguiendo el recorrido establecido por la organización. La propuesta busca que la ciudadanía no sea únicamente espectadora, sino que participe activamente en esta celebración. Para ello, desde la organización se anima a acudir con ganas de disfrutar, participar en los coros y estribillos, acompañar a los músicos durante el recorrido y, especialmente, embellecer el evento desde las viviendas, colocando faroles encendidos en balcones, ventanas o azoteas y acompañando las interpretaciones con aplausos y muestras de reconocimiento. Asimismo, se invita a familiares, amigos y vecinos a participar desde sus casas y a realizar, en la medida de lo posible, peticiones musicales o dedicatorias a la parranda. La organización recuerda también la importancia de respetar a los músicos durante sus interpretaciones, evitar ruidos innecesarios y seguir las indicaciones de la dirección musical para contribuir al buen desarrollo de la actividad. “Queremos recuperar el espíritu de las rondas y serenatas como una forma de compartir nuestra música, nuestras calles y nuestras tradiciones”, ha señalado el alcalde Pedro Suárez, quien ha destacado que “esta iniciativa nos permite disfrutar de nuestras fiestas de una manera diferente, llevando la música directamente a nuestros barrios y haciendo que los vecinos y vecinas sean también protagonistas de la celebración”. Por su parte, la concejala de Patrimonio Histórico, Ingrid Navarro, ha puesto en valor que “las rondas forman parte de una manera de entender la cultura y la convivencia que debemos seguir transmitiendo a las nuevas generaciones”, recalcando que “se trata de una cita obligada para el reencuentro de los aldeanos y aldeanas que regresan por estas fechas, para quienes vivimos aquí todo el año y para quienes nos visitan”. La Noche de Rondas y Serenatas se consolida así dentro la programación de las Fiestas Patronales de San Nicolás de Tolentino 2026, reforzando el carácter cultural y participativo de unas celebraciones que buscan mantener vivas las tradiciones del municipio y generar espacios de encuentro entre generaciones.