Por Fernando Malaxechevarría Suárez, ferrolano residente en Santa María de Guía, Gran Canaria, y director de NorteGranCanaria.com
Lo escribo desde Santa María de Guía, en Gran Canaria, pero con el corazón clavado en Ferrol, en las rías, en los montes, en ese verde que uno lleva dentro aunque pasen los años y aunque la vida lo haya llevado a vivir lejos. Hay imágenes que duelen más que una noticia. Una columna de humo sobre Galicia no es solo humo. Es infancia, memoria, paisaje, casas, animales, vecinos con miedo y brigadistas jugándose la vida.
Y sí, lo digo con tristeza, con rabia contenida y con una preocupación que no me cabe en el pecho: otro año más Galicia arde.
En las últimas horas, la provincia de Pontevedra ha vuelto a vivir una de esas tardes que nadie debería normalizar. Fuegos en Vilanova, Cambados, O Grove, A Illa, Bueu y Cuntis. Algunos ya extinguidos, otros controlados, pero todos dejando la misma pregunta amarga: ¿hasta cuándo?
Lo más grave no siempre se mide en hectáreas. A veces se mide en metros. En Vilanova y Cambados, las llamas llegaron a amenazar una vivienda de madera, una granja porcina, una industria conservera y varias casas. En O Grove, el fuego llegó a estar a poco más de cincuenta metros de las viviendas. Cincuenta metros. Eso no es una estadística: eso es una familia mirando por la ventana y preguntándose si en diez minutos seguirá teniendo casa.
También en A Illa saltaron las alarmas por un pequeño incendio en O Carreirón, entre dos campings. En Cuntis se habló de fuego cerca de la aldea de Gontade. En Calvos de Randín, en Ourense, ardió parte del entorno del Parque do Xurés, un espacio natural que debería ser intocable. Cambian los nombres de los lugares, pero la herida es la misma.
Y aquí está la cuestión: Galicia no puede acostumbrarse a ver arder sus montes como si fuera una estación más del año.
El calor aprieta, el monte está seco, el viento hace su trabajo sucio y el abandono del rural convierte demasiadas zonas en auténtica pólvora. Pero seamos claros: detrás de demasiados incendios aparece la mano humana. A veces por intención criminal. A veces por negligencia. A veces por abandono. A veces por esa irresponsabilidad cobarde de quien prende, se marcha y deja que otros —vecinos, bomberos, brigadistas, voluntarios— se enfrenten al infierno.
Que investiguen. Que se pruebe. Que actúe la justicia. Pero que nadie nos pida ingenuidad. No todo arde solo. No todo es mala suerte. No todo se explica con el calor.
A los que provocan un incendio, si finalmente se demuestra su responsabilidad, habría que mirarles a los ojos y decirles algo muy simple: no queman maleza, queman vida. Queman la memoria de un pueblo. Queman casas, trabajo, animales, soutos, pinares, caminos, recuerdos. Queman el esfuerzo de generaciones enteras. Queman Galicia.
Y a los que tienen la responsabilidad de prevenir, limpiar, vigilar, coordinar y actuar antes de que el fuego llegue a las puertas de las casas, también hay que exigirles más. La extinción es heroica, sí, pero llega tarde cuando el monte ya está ardiendo. Galicia necesita prevención real, vigilancia real, investigación real y castigo real para quien prende fuego al país.
Desde Gran Canaria, donde también sabemos lo que significa mirar al monte con miedo cuando sopla el viento y suben las temperaturas, siento hoy una tristeza especial. Porque Galicia es mi raíz. Porque uno puede vivir lejos, pero no se desprende de la tierra donde aprendió a ser quien es.
A los brigadistas, bomberos, agentes forestales, voluntarios y vecinos que estos días han estado frente a las llamas, gracias. Gracias por hacer lo que muchos solo vemos desde una pantalla, con el corazón encogido y la impotencia en la garganta.
A mi Galicia, solo puedo decirle esto: aguanta.
E a quen queima, por acción ou por abandono, que o saiba ben: Galicia non é cinza. Galicia é memoria, é vida, é futuro. Y no podemos permitir que, año tras año, nos la sigan convirtiendo en humo.
Y a quien quema, por acción o por abandono, que lo sepa bien: Galicia no es ceniza. Galicia es memoria, es vida, es futuro. Y no podemos permitir que, año tras año, nos la sigan convirtiendo en humo.
Outro ano máis, a miña terra quéimase. Y otro año más, duele como si ardiera una parte de nosotros.