La historia reciente de Telde arrastra un patrón demasiado conocido: obras municipales que comienzan envueltas en promesas, continúan entre retrasos y terminan atrapadas en el silencio administrativo. Entre todas ellas, hay una que duele especialmente a muchos teldenses porque representa mucho más que una infraestructura pendiente: el Mercado Municipal.
Prometido, anunciado y convertido en bandera electoral por quienes hoy forman parte del gobierno municipal, el Mercado Municipal sigue donde estaba hace años: cerrado, paralizado y sin un horizonte claro. Lo más grave ya no es únicamente el estado de la obra, sino la falta de información hacia quienes deberían ser los primeros en conocer la verdad: los vecinos y vecinas de Telde.
La ciudadanía contempla, entre la indignación contenida y la sensación de tomadura de pelo, cómo avanza la legislatura sin que aquella promesa se convierta en realidad. Antes de las últimas elecciones municipales, el actual grupo de gobierno incluyó la reapertura del Mercado en su programa. No era una promesa menor. Se hablaba de recuperar un espacio histórico, dinamizar la economía local, apoyar al pequeño comercio y devolver vida al casco urbano. Palabras que sonaban bien. Demasiado bien, quizá.
Sin embargo, la realidad es otra. La legislatura avanza y el panorama apenas ha cambiado. Las obras siguen sin concluir, los plazos se diluyen y la ciudadanía observa cómo pasa el tiempo sin explicaciones claras. El Mercado Municipal se ha convertido así en el símbolo de una forma de gestionar que Telde conoce demasiado bien: proyectos eternos, planificación débil, ejecución incierta y comunicación prácticamente inexistente.
Porque un mercado municipal no es solo un edificio donde comprar fruta, pescado, carne o productos de cercanía. Es un espacio de encuentro, un motor económico y un elemento de identidad colectiva. En muchas ciudades, los mercados renovados se han convertido en polos de actividad comercial, gastronómica, cultural y turística. Telde podría haber seguido ese camino. Todavía podría hacerlo. Pero cada mes perdido es una oportunidad que se escapa.
La parte más dolorosa de este asunto es el silencio institucional. La ciudadanía puede entender retrasos, dificultades técnicas, problemas administrativos o imprevistos económicos. Lo que no puede aceptar es que se la mantenga al margen. La falta de información no es un detalle menor: es una falta de respeto hacia quienes pagan las obras, hacia quienes votan y hacia quienes sufren cada día las consecuencias de la inacción municipal.
No hay comunicados claros. No hay cronogramas actualizados. No hay explicaciones públicas suficientes. Solo queda un vacío que alimenta la frustración y la desconfianza. Y Telde merece algo mejor.
La ciudad necesita instituciones que informen, planifiquen, cumplan y rindan cuentas. No se trata de colores políticos ni de campañas electorales. Se trata de gestión, responsabilidad y respeto por el ciudadano. También por quienes confiaron en el actual grupo de gobierno y hoy se sienten decepcionados. En mi caso, lo digo con claridad: me siento traicionado y desilusionado. Y cuando un gobierno pierde la confianza de quienes lo apoyaron, debería preguntarse seriamente en qué momento dejó de escuchar.
El Mercado Municipal podría ser un símbolo de renovación urbana. Hoy, lamentablemente, es un símbolo de abandono. Pero aún hay margen para corregir el rumbo. La ciudadanía no pide milagros; pide claridad, compromiso y hechos.
Por eso resulta imprescindible exigir una transparencia real: la publicación de un informe actualizado sobre el estado de la obra, un calendario público con fechas concretas, responsables identificables y explicaciones comprensibles. También hace falta participación ciudadana, escuchando a comerciantes, vecinos y asociaciones. Y, sobre todo, una reactivación inmediata del proyecto. Si existen problemas, deben explicarse con valentía. Si existen soluciones, deben aplicarse sin más demora.
El Mercado Municipal de Telde ya no es solo una obra parada. Es un recordatorio de lo que ocurre cuando la política se desconecta de la ciudadanía. Telde merece un mercado vivo, no un edificio fantasma. Merece un gobierno municipal que hable claro, que asuma responsabilidades y que cumpla lo prometido.
Porque cumplir con la palabra dada no debería ser una excepción en la vida pública. Debería ser la norma. Y si quienes gobiernan no son capaces de hacerlo, al menos deberían tener la decencia de explicarlo mirando de frente a la ciudadanía.
Telde no necesita más excusas. Necesita respuestas. Necesita gestión. Necesita hechos. Y el Mercado Municipal, cerrado y silencioso, sigue esperando que alguien en el Ayuntamiento entienda que las promesas electorales no se hacen para adornar programas, sino para cumplirse.