Casas Consistoriales De Guía De Gran Canaria
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El alcalde de Guía gasta 135.000 euros en 37 contratos adjudicados a dedo para la celebración del Carnaval 2025

– El fraccionamiento de las fiestas de Carnaval alcanza la cifra de 135.000 euros a través de adjudicaciones directas firmadas por el alcalde Alfredo Gonçalves

El grupo político Juntos por Guía denuncia que el alcalde de Santa María de Guía, Alfredo Gonçalves, ha destinado alrededor de 135.000 euros a la organización del Carnaval 2025 del municipio, recurriendo para ello a un total de 37 contratos por adjudicación directa. Con ello incumple la instrucción para la contratación menor que el propio Alfredo Gonçalves aprobó, al formar el Carnaval, de acuerdo con la norma interna, una misma unidad funcional, sin acuerdo administrativo que autorice previamente la misma.

Entre los contratos adjudicados destacan los vinculados a servicios de producción, montaje musical y espectáculos de distintos artistas, con más de 66.000 euros repartidos en seis adjudicaciones. A esta cifra se suman cerca de 21.000 euros adicionales en iluminación y sonido, canalizados a través de otros cuatro contratos.

El resto del presupuesto se distribuye entre tres contratos para certificaciones técnicas, tres para planes de seguridad, tres para suministros diversos, dos para baños químicos, cuatro para transporte de agrupaciones, tres para publicidad, dos para seguridad privada y tres más para transporte sanitario. Toda esta contratación se concentró en los días concretos de celebración del Carnaval, lo que, a juicio del grupo político, evidencia un incumplimiento intencionado de la norma de contratación interna.

Juntos por Guía subraya que el grupo de gobierno ha mantenido desde su toma de posesión el argumento de que “no hay dinero” para dar respuesta a las necesidades reales del municipio por la gestión del grupo de gobierno saliente. Sin embargo, sostienen que el uso de los fondos públicos en este caso demuestra que el problema no reside en la falta de recursos, sino en la ausencia de control, de planificación y de prioridades que no se alinean con las demandas de los vecinos y vecinas.

El grupo mayoritario en la oposición denuncia lo que considera una forma de gobernar basada en la contratación a dedo, la falta de transparencia y el despilfarro de fondos públicos, y exige responsabilidades políticas. Asimismo, ha encomendado a su equipo jurídico el análisis detallado de todos los contratos adjudicados en el marco del Carnaval 2025, con el objetivo de determinar si se ha producido un incumplimiento de la norma de contratación interna que puedan dar lugar a impugnaciones o acciones legales ante los órganos competentes.

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El Caso Pujol: Doce años para enterrar la justicia bajo la alfombra de la impunidad

Doce años. Se dice pronto, pero es una cifra que pesa. Doce años han transcurrido desde aquel 2014 en el que una denuncia por cohecho, tráfico de influencias y blanqueo de capitales prometía sacudir los cimientos de la clase política. Doce años de titulares, de solemnes promesas parlamentarias de “llegar hasta el fondo” y de una instrucción que parecía eterna. Y ahora, en este 2026, el final ha llegado. Pero no ha llegado para hacer justicia, sino para certificar su defunción. El número doce tiene algo de bíblico, de solemne, de piedra grabada en mármol. Sin embargo, en el Caso Pujol, el doce solo simboliza la incapacidad —o la falta de voluntad— de un sistema para concluir lo que empezó. Tras una década de investigar, revisar, aplazar y volver a revisar, el proceso se archiva. Ha durado tanto que el propio Código Penal habría tenido tiempo de jubilarse por años de servicio. El milagro médico de la «oportuna» amnesia La causa se cierra y se guarda en un cajón con la delicadeza con la que se oculta un jarrón roto que nadie se atreve a tirar para no dar explicaciones. La razón oficial esgrime que el principal investigado ya no posee las «condiciones cognitivas» necesarias para afrontar un juicio. ¡Qué precisión suiza! ¡Qué milagro médico tan puntual! Resulta asombroso cómo la memoria, esa facultad tan humana, decide volverse frágil como el cristal justo cuando el calendario aprieta. Como ciudadano, y especialmente como contribuyente, uno no puede evitar sentir esto como un insulto a la inteligencia. ¿De verdad pretenden que creamos que doce años son suficientes para olvidar dónde se guardó lo ajeno? Ni en doce años ni en cien. La indignación que recorre las calles no es un arrebato emocional; es una conclusión racional frente a un patrón que se repite: cuando ciertos apellidos entran en el juzgado, el tiempo deja de ser un problema para convertirse en el mejor abogado defensor. Una justicia de dos velocidades Mientras el ciudadano corriente —ese «ser humano de a pie» que paga sus impuestos religiosamente y teme la llegada de una carta de Hacienda con tono amenazante— es perseguido hasta el último céntimo, observamos cómo una estirpe entera justifica fortunas en el extranjero apelando a la «herencia del abuelo». Un abuelo que, no lo olvidemos, ya protagonizó episodios oscuros como la quiebra de Banca Catalana, dejando a miles de familias en la ruina mientras los responsables salían indemnes. «La justicia en España no es lenta; es selectiva. El calendario no es un instrumento neutro, es un aliado para quienes saben manejar los hilos del poder.» Es vergonzoso que, en una democracia que presume de modernidad, se repita la historia: un caso de enorme relevancia pública se cierra sin juicio, sin responsabilidades y sin la devolución del dinero presuntamente defraudado. Ni el patriarca, ni la esposa, ni los hijos han tenido que responder ante un tribunal. Es la constatación de que existen dos velocidades: una para el administrado y otra, pausada y comprensiva, para los privilegiados. El espejo incómodo de una nación El mensaje que se envía a la sociedad es devastador: hay quienes nunca pagan. Vivimos en un ecosistema donde la ley parece flexible para unos y un muro infranqueable para otros. El archivo del Caso Pujol no es solo el fin de un procedimiento judicial; es un espejo incómodo que nos muestra una herida abierta en la credibilidad de nuestras instituciones. Como «viejo lobo de mar» y maúro de Telde, no puedo evitar sentir que esto es una bofetada a la confianza de quienes aún creíamos en el rigor del sistema. Doce años después, no nos queda una resolución, nos queda una sátira involuntaria; una tragedia con tintes de comedia que termina siendo una patada en el orgullo de los españoles de bien. Me quedo con el amargor de quien ve cómo la impunidad se convierte en costumbre. Y para aquellos que en la península puedan malinterpretar mis palabras o mi léxico, les invito a distinguir entre un «peninsular» y lo que aquí llamamos, con toda la carga de la palabra, un «godo». Porque hay comportamientos que no entienden de geografía, sino de una prepotencia que ya va siendo hora de señalar por su nombre. Doce años después, lo que queda no es justicia. Es una vergüenza nacional que no estamos dispuestos a olvidar.