30 de julio Día Mundial contra la Trata de Personas. Cuando la tierra tiembla, las redes de trata también se mueven
Dia Mundial Contra De La Tratya De Personas
Dia Mundial Contra De La Tratya De Personas
El 30 de julio se conmemora el Día Mundial contra la Trata de Personas. Pero la trata no espera a que llegue una fecha señalada para seguir captando, trasladando, explotando y destruyendo vidas.

Estos días Venezuela vuelve a ocupar titulares por un terremoto que ha dejado a miles de personas enfrentándose, una vez más, a la incertidumbre y a la pérdida. Y mientras la mayoría observamos esas imágenes con tristeza, desde Cáritas Diocesana de Canarias han de continuar afrontando otras consecuencias de estas tragedias de las que casi nunca se habla.

Porque cuando una familia pierde su casa, su trabajo o la posibilidad de alimentar a sus hijos e hijas, la desesperación deja de ser sólo una emoción para convertirse en una oportunidad de negocio para quienes viven de explotar a otras personas. Las redes de trata conocen perfectamente ese momento.

Saben que una falsa oferta de empleo resulta mucho más creíble cuando alguien siente que no tiene nada que perder. Saben que una madre hará casi cualquier cosa si cree que así podrá sacar adelante a sus hijos. Saben que el hambre, las deudas o la necesidad de enviar dinero a quienes lo han perdido todo reducen el margen para decir que no. Y saben también que muchas mujeres que ya están siendo explotadas asumirán todavía más violencia para poder continuar enviando más dinero a casa.

Las catástrofes no sólo destruyen hogares. También multiplican la vulnerabilidad de quienes ya vivían al límite. Y la vulnerabilidad es el lugar donde la trata encuentra su mejor aliado.

Desde el Centro Lugo de Cáritas Diocesana de Canarias llevan treinta y ocho años acompañando a mujeres en contextos de prostitución y víctimas de trata, 655 mujeres en el pasado año. Mujeres que un día salieron de su país creyendo que emprenden un viaje hacia una vida mejor. Mujeres que solo querían trabajar, cuidar de sus familias, ofrecer un futuro diferente a sus hijos o, simplemente, sobrevivir.

Hoy, muchas de ellas son venezolanas. En los últimos años hemos visto cómo su presencia ha aumentado de forma constante. Es la nacionalidad más numerosa por detrás de la colombiana y sólo en el primer semestre de este año se ha atendido el 89% del número total de mujeres venezolanas atendidas en todo 2025.

Han escuchado historias atravesadas por la pobreza, la violencia, la inestabilidad política, el hambre, la desesperanza y la ausencia de oportunidades. Y después de tantos años caminando junto a ellas han aprendido algo esencial: la trata empieza mucho antes de la explotación, empieza cuando una mujer deja de tener alternativas. Pero también han aprendido otra cosa, la trata no existe únicamente porque existan tratantes, existe porque persiste un mercado dispuesto a comprar aquello que ellos venden.

Mientras haya hombres que paguen por acceder al cuerpo de una mujer, el negocio seguirá siendo rentable. Mientras sigamos creyendo que la prostitución ocurre lejos de nuestra vida cotidiana, continuaremos alimentando el silencio que protege a quienes se enriquecen explotando a otras personas.

Nos incomoda hablar de prostitución. Nos incomoda hablar de demanda. Nos incomoda reconocer que detrás de muchas puertas hay hombres integrados en nuestra sociedad sosteniendo una industria que mueve miles de millones de euros.

Pero lo verdaderamente incómodo debe ser aceptar esa realidad sin hacer nada. A menudo escuchamos frases como «ellas están ahí porque quieren», «es el trabajo más antiguo del mundo» o «¿por qué no se marchan?» Y siempre nos hacemos la misma pregunta: ¿Cómo hemos conseguido construir un relato en el que resulta más fácil cuestionar a una mujer explotada que a quien obtiene beneficios de su explotación?

Porque detrás de cada anuncio hay una historia que casi nunca vemos. Hay una deuda. Hay una amenaza. Hay una familia a la que mantener. Hay una frontera cruzada con la promesa de una vida mejor. Hay miedo. Hay violencia. Hay trauma. Hay una persona intentando sobrevivir.

Desde el Centro Lugo de Cáritas Diocesana de Canarias conocen sus nombres. Conocen lágrimas que nadie ve. Conocen mujeres que han tenido que aprender a sonreír mientras sobrevivían. Y también conocen algo que rara vez aparece en los titulares.

Han visto una cocina llena de risas después de meses sin escuchar una carcajada. Han visto a una mujer volver a elegir su propia ropa porque, por fin, nadie decide por ella. Han visto cómo alguien recupera su nombre después de años siendo sólo un anuncio. Han visto a madres volver a abrazar a sus hijos sin miedo.

Entonces entiendes que acompañar no consiste en salvar a nadie. Consiste en recordarles que nunca dejaron de ser personas, aunque el mundo las hubiera olvidado. Por eso necesitamos dejar de preguntarnos qué hicieron ellas para acabar ahí y empezar a preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad para que estas situaciones continúen ocurriendo.

Necesitamos entender que la prostitución no existe aislada de nosotros. Existe porque alguien consume. Porque alguien anuncia. Porque alguien alquila un piso. Porque alguien obtiene beneficios. Y porque demasiadas personas siguen mirando hacia otro lado.

Desde Cáritas Diocesana de Canarias siguen llamando a las puertas y compartiendo un café alrededor de una mesa. Siguen creyendo en las mujeres incluso cuando ellas han dejado de creer en sí mismas. Pero ojalá llegue el día en que su trabajo deje de ser necesario.

Ojalá llegue el día en que ningún terremoto, ninguna guerra, ninguna crisis económica y ninguna frontera vuelvan a convertirse en una oportunidad para quienes hacen negocio con la desesperación humana. Porque ese será el día en que habremos entendido que ninguna sociedad puede llamarse verdaderamente libre, mientras exista una sola mujer cuya libertad pueda comprarse por horas. 

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Cuando El Gobierno Navega Entre Favores Y Fugas España En Estado De Escora
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Redacción NorteGranCanaria

Cuando el gobierno navega entre favores y fugas: España en estado de escora

España lleva demasiado tiempo navegando con el casco abierto y el puente de mando mirando hacia otro lado. La sensación, cada vez más extendida, es que el Gobierno social comunista de Pedro Sánchez, ha convertido la gestión pública en una “derrota sinuosa”, donde los favores se pagan con dinero de todos, y las decisiones se toman como quien ajusta velas para proteger a los suyos, no para mantener el barco del Estado en equilibrio. El rescate de Plus Ultra y el indulto parcial a Laura Borràs no son dos episodios aislados; son “dos vías de agua abiertas en el mismo costado”; y el Gobierno, lejos de achicar, parece empeñado en “tapar con lonas mojadas lo que ya todo el mundo ve”.  “Plus Ultra: la maniobra que nadie entiende” El rescate de Plus Ultra es, para muchos ciudadanos, el ejemplo perfecto de una política que ya no se guía por criterios técnicos, sino por “lealtades de camarote”. Un rescate millonario, rodeado de irregularidades, defendido con una disciplina férrea por parte del Ejecutivo, como si la prioridad no fuera explicar, sino “blindar”. La pregunta es inevitable: ¿por qué cerrar filas en torno a una operación que huele a gasoil rancio desde el primer día? Cuando un Gobierno se acerca a lo que huele mal, en vez de alejarse, la confianza pública se evapora como la bruma al amanecer.  “Laura Borràs o la condena que se diluye en el oleaje” En paralelo, el indulto parcial a Laura Borràs —condenada por corrupción— ha dejado a muchos jueces con la amarga sensación de que su trabajo puede ser “neutralizado desde tierra firme.” La reducción de la pena, que evita su entrada en prisión, transmite un mensaje devastador: “la justicia es firme solo cuando no molesta al poder”. ¿Hay corruptos de primera y corruptos de segunda? ¿Depende la severidad de la justicia del color político del acusado? La ciudadanía, que no es tonta, ya ha empezado a responder esas preguntas por su cuenta.  “Dos varas de medir, dos mares distintos” Mientras el ciudadano común navega con las normas bien apretadas, pagando impuestos y cumpliendo con la ley, quienes se mueven en la órbita del poder parecen disfrutar de “mareas más suaves”, indultos oportunos y rescates inexplicables. Es la imagen de un país donde “la justicia no es el faro que guía, sino la luz que se apaga cuando conviene”.   “La desmoralización como tormenta perfecta” Lo más grave no es el daño reputacional, sino la “desmoralización colectiva”. Cuando un país empieza a asumir que la corrupción tiene premio, que los favores se pagan con dinero público y que las condenas se negocian, la democracia pierde su esencia. España no puede permitirse que sus ciudadanos piensen que el Gobierno protege a los suyos, aunque hayan sido condenados, ni que rescata empresas con vínculos dudosos mientras exige sacrificios a quienes sostienen el país con su trabajo.  “Cuando el barco que escora y la mar que no perdona” Porque la mar, amigo lector, no entiende de favores. La mar no indulta. La mar no rescata a quien no sabe gobernar su propio barco. Hoy España navega con “escora evidente”, inclinada hacia el lado donde se acumulan los indultos, los rescates sospechosos y las decisiones que huelen a pago de favores. Y todos sabemos lo que ocurre cuando un barco escora demasiado o rompen su ángulo GZ (máxima escora) , primero se pierde la confianza de la tripulación, luego se pierde el control del timón, y al final, si nadie corrige el rumbo, “a mar acaba dictando sentencia”. Y la mar, cristiano, y se lo digo ya, que conozco el oficio, “no admite varias varas de medir” y mucho menos que se le falte el respeto como lo está haciendo desde que lo auparon a presidente unos partidos, que nada quieren saber de España, más que sacar adelante sus propios intereses”. Legal si, constitucional, también; pero carente en absoluto de ética y honor, y cuando un gobierno como el actual social comunista  de Pedro Sánchez, pierde su credibilidad y su honor, quien sufre es España, porque a ellos, como desconocen el valor de la palabra “honor” se las trae todo al pairo. Y mira que esos tristes episodios, yo pensaba que solo ocurrían en las repúblicas bananeras, porque … ¡Casos se ha dado! ¡Qué cosas!