Agosto: ese mes en el que todos tuvimos la misma idea

Hay algo que no logro entender de la llegada del verano: nos pasamos el año diciendo que necesitamos vacaciones para descansar y, cuando por fin llegan, viajamos a lugares donde hay más gente que en las rebajas.

—Necesito desconectar —dices. Y reservas un hotel en pleno agosto.

Error. Desconectar en agosto es prácticamente imposible porque, al parecer, ocho millones de personas más han tenido la misma idea que tú. No necesitas más que unas horas para darte cuenta de que has tomado la peor decisión del año, cuando decides bajar a la playa temprano y descubres que la gente lleva allí desde ayer, con la sombrilla pegadita a la orilla de la playa y la casa desplegada alrededor. Niños corriendo, neveras de todos los colores, flotadores con forma de flamenco, pelotas atravesando el espacio aéreo de un lado al otro de la playa… más densidad de población que algunas capitales europeas.

—Allí parece que cabe una toalla.

Pero no, no cabe. Como mucho entra un calcetín.

Veinte minutos después, tras una larga caminata por arena recién salida del horno, cargada con un bolso repleto de cosas que nadie sabe por qué has traído, encuentras setenta centímetros cuadrados disponibles entre una familia de nueve miembros y una pareja de jóvenes con un altavoz portátil. Pero eres feliz porque ¡estás de vacaciones!

Extiendes la toalla y diez minutos después pasa un niño corriendo y te llena de arena; a los quince, te pisan la toalla; y, un rato después, te cae una pelota encima.

Y así todo el tiempo, hasta que te levantas y te metes en el agua para evitar gritarle a alguien.

—Qué gusto.

Una ola te sube el bikini. Un niño te salpica. Un churro se cruza en tu camino. Y una señora mayor se coloca tan cerca que parece que has venido a la playa con ella. Así que regresas a la toalla y decides acercarte a una terraza a tomarte algo fresquito para no perder el optimismo con el que empezaste las vacaciones, pero cuando llegas al paseo te das cuenta de que todas las terrazas están llenas, no queda ni una sola silla libre y, además, hay lista de espera para sentarse.

Respiras hondo, cuentas hasta diez y te colocas al final de la fila porque ya tu mente se había hecho a la idea de tomarse un tinto de verano y no quieres defraudarla. Total, hay unos cuantos que parecen haber terminado. O no.

Una hora después, tras unas cuantas disputas con varias familias que juran estar allí antes que tú, consigues mesa y te sientas orgullosa como si acabaras de conquistar Constantinopla.

Mientras esperas por el tinto —y por la tapa de calamares que pediste ya que estabas—, observas el paseo. Familias, niños llorando porque quieren un helado, padres diciendo que no, gente buscando aparcamiento… ¡Pobrecitos!, no saben que en vacaciones encontrar aparcamiento en la playa es misión imposible: sales con tiempo, das varias vueltas, te desesperas y acabas aparcando a un kilómetro de la playa.

Luego están quienes deciden reservar una habitación de hotel para descansar —porque allí te lo hacen todo— y acaban madrugando para colocar las toallas en las hamacas a las seis de la mañana. Y sí, todos lo hemos hecho: marcar territorio como si fuéramos animales. Y si, por desgracia, no has llegado a tiempo, pasas la mañana observando las hamacas vacías cubiertas con toallas de quienes decidieron salir de excursión tras el desayuno sabiendo que, a la vuelta, tendrían su hueco esperándoles.

Por la noche, después de haber pasado el día enfadada por el ruido, las actividades en el agua, la cantidad de gente que hay en la piscina y el humo del tabaco de quienes han decidido obviar la señal de «prohibido fumar», decides bajar a cenar o, al menos, a intentarlo, porque encontrar mesa disponible y no morir de asco viendo cómo algunos llevan tiempo sin comer reservándose para el momento «buffet libre» es todo un reto.

Y así, sobreviviendo, llega el último día, momento de hacer la maleta y descubrir que lo que entró el primer día con facilidad ahora no encuentra su lugar.

«Qué pena volver», piensas. Porque somos así. Pasamos una semana quejándonos de que hay demasiada gente y, cuando llega el momento de marcharnos, nos entra una tristeza profunda. Volvemos a casa cansados de «descansar», con arena en lugares que desconocíamos, tres kilos de ropa sin lavar y la tarjeta bancaria pidiendo asistencia psicológica.

Y al día siguiente, mientras desayunamos antes de volver al trabajo, alguien pregunta:

—¿Qué tal las vacaciones?

Y respondemos sin dudar:

—Geniales. Se nos hicieron cortísimas.

Luego abrimos el calendario, miramos agosto del año siguiente y pensamos: «habrá que ir mirando algo». Porque quizá ese sea el auténtico espíritu de las vacaciones: que todos sabemos perfectamente lo que nos espera —las colas, las terrazas llenas, el tráfico, las playas abarrotadas, las hamacas secuestradas, los precios de agosto— y, aun así, cada año, millones de personas tenemos exactamente la misma idea: irnos de vacaciones para descansar. Todos juntos. Al mismo sitio. Y a la misma hora.

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Redacción NorteGranCanaria

Ceuta desbordada, los tribunales avanzan y Moncloa habla de música: la España que el presidente parece no ver

Hay momentos en los que un Gobierno no solo debe gestionar una crisis. También debe transmitir que comprende su dimensión. Y ahí está uno de los principales problemas del Ejecutivo de Pedro Sánchez en estos momentos: la distancia entre el discurso de normalidad que proyecta Moncloa y una realidad política, judicial y territorial extraordinariamente complicada. Ceuta continúa soportando las consecuencias de la entrada masiva registrada los días 30 y 31 de julio. No hablamos de una controversia política menor. El propio Gobierno declaró posteriormente una situación de interés para la Seguridad Nacional debido a la permanencia de un elevado número de migrantes y a que las capacidades ordinarias de gestión, acogida, asistencia y seguridad habían quedado superadas. La Audiencia Nacional, además, ha asumido una investigación relacionada con aquellos acontecimientos ante la posible existencia de un ataque grave contra la integridad territorial española. Esa calificación judicial aconseja abandonar tanto las exageraciones como cualquier intento de minimizar lo sucedido. Los documentos posteriormente desclasificados tampoco permiten despachar el asunto como una crisis migratoria convencional. Informes del CNI y de la Guardia Civil describieron una respuesta insuficiente por parte de Marruecos y señalaron que no se detectó una actuación proactiva de sus autoridades durante momentos decisivos de la crisis fronteriza. El presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, ha ido incluso más lejos al acusar a Marruecos de utilizar en distintas ocasiones la presión migratoria para poner en dificultades la integridad territorial de Ceuta, España y Europa. Es su valoración política, no una sentencia judicial, pero procede del máximo responsable institucional de una ciudad que ha vivido directamente las consecuencias de aquella jornada. Pedro Sánchez rechaza, sin embargo, llamar «invasores» a quienes cruzaron la frontera. En su entrevista del pasado 9 de septiembre en TVE defendió que se trataba mayoritariamente de personas que buscaban mejores oportunidades y reconoció que el Estado debe mejorar su capacidad de anticipación frente a lo que él mismo calificó como «ataques híbridos». También sostuvo que su Gobierno había estado «al pie del cañón» desde el primer momento. La discrepancia política es legítima. Lo que resulta mucho más difícil de ignorar son las dimensiones de la crisis y la percepción de abandono expresada desde Ceuta. Y en ese contexto sorprende especialmente la imagen pública que ofrece el presidente. Al finalizar aquella misma entrevista, Sánchez reivindicó la cultura, la música y la lectura después de que se le preguntara por las recomendaciones culturales que suele compartir. «Música, siempre. Lectura, siempre», afirmó. No hay absolutamente nada reprochable en que un presidente lea, escuche música o recomiende cultura. El problema es el contraste político entre esas comunicaciones y la situación que atraviesa el país. Cuando una ciudad española acaba de sufrir la mayor entrada migratoria de su historia reciente, cuando se ha activado el mecanismo de Seguridad Nacional y cuando existen diligencias judiciales sobre lo sucedido, el ciudadano puede legítimamente preguntarse si Moncloa está transmitiendo las prioridades adecuadas. A ello se añade otro frente especialmente delicado: la Ley de Amnistía. Este fin de semana se ha conocido la propuesta de sentencia del magistrado del Tribunal Constitucional José María Macías sobre el recurso relacionado con Jordi Turull. Su ponencia considera jurídicamente razonable la interpretación del Tribunal Supremo que excluye de la amnistía determinados supuestos de malversación porque existió un beneficio personal en forma de ahorro patrimonial. Conviene precisar algo esencial: todavía no es una sentencia del Constitucional. La ponencia deberá someterse a deliberación y votación y las informaciones disponibles apuntan a que previsiblemente no obtendrá el respaldo de la mayoría progresista del tribunal. Por tanto, hablar hoy de derrota definitiva de la amnistía sería incorrecto. Pero tampoco puede ignorarse que un magistrado del propio Constitucional considera defendible jurídicamente la posición mantenida por el Supremo. Mientras tanto, el entorno más próximo al presidente continúa marcado por procedimientos judiciales. Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez, celebró el pasado 8 de septiembre la audiencia preliminar correspondiente al procedimiento que podría llevarla a juicio con jurado por presuntos delitos de tráfico de influencias y malversación. La Audiencia Provincial había respaldado previamente que esos dos delitos fueran sometidos a juicio, al tiempo que archivó otros inicialmente investigados. Su defensa reclama la absolución y niega cualquier aprovechamiento de su relación matrimonial con el presidente. Gómez conserva plenamente su presunción de inocencia. La situación judicial de David Sánchez, hermano del presidente, está todavía más avanzada. Su juicio por la contratación en la Diputación de Badajoz quedó visto para sentencia el pasado 9 de junio. Fue juzgado por presuntos delitos vinculados a prevaricación y tráfico de influencias. La Fiscalía y su defensa solicitaron la absolución, mientras determinadas acusaciones populares pidieron condenas. También en este caso debe mantenerse íntegramente la presunción de inocencia hasta que exista sentencia. Y la presión judicial ya no termina en el círculo familiar. La gerente del PSOE, Ana María Fuentes, declaró esta misma semana como investigada ante la Audiencia Nacional en el denominado caso Leire Díez. El juez investiga una supuesta trama destinada a obtener información o desarrollar actuaciones contra investigaciones judiciales que afectaban al Gobierno y al PSOE. Fuentes negó conocer a Leire Díez y atribuyó al entonces secretario de Organización Santos Cerdán la decisión sobre determinados contratos investigados. Estamos nuevamente ante una investigación abierta, no ante hechos penalmente probados. El presidente sostiene que no existe financiación irregular del PSOE y asegura que el partido ha entregado documentación y cuentas para demostrarlo. Esa es su posición y también debe reflejarse. Pero la cuestión política trasciende ya la culpabilidad o inocencia penal de cada persona. Un presidente puede defender a su Gobierno, a su partido y a su familia. Tiene derecho a hacerlo. También puede discrepar de jueces, tribunales y oposición dentro de los límites institucionales. Lo que no puede exigir es que los ciudadanos contemplen todos estos acontecimientos como si fueran episodios inconexos y sin importancia. Ceuta sigue intentando recuperar la normalidad. Marruecos continúa siendo una cuestión estratégica de primer orden para España. Melilla observa inevitablemente cuanto ocurre al otro lado de su frontera. Canarias tiene razones evidentes