En Canarias existen dos tipos de personas: las que dicen que vivir aquí es una maravilla porque estamos en el paraíso y las que lo siguen diciendo incluso cuando abren la ventana y se encuentran dentro de un paquete de gofio.
Porque sí, aquí la calima llega siempre sin pedir permiso, como las visitas que se presentan sin avisar diciendo «solo un momentito» y acaban opinando sobre la crianza de tus propios hijos. Un día las islas se paralizan por una gran tormenta con nombre de mujer y, al día siguiente, el coche amanece cubierto de polvo y el aire cambia de color, como si viviéramos dentro de una foto editada en tono sepia.
***
Olga se levantó a las cinco, abrió la ventana del dormitorio y se quedó paralizada, mirando hacia afuera con cara de estar contemplando una desgracia y pensando en su más que probable crisis asmática del día.
—Ay, no… primero una tormenta con nombre de mujer paraliza a las islas y ahora esto.
Desde el piso de abajo, su todavía no marido, Jorge, respondió con la calma ya casi ofensiva que le caracteriza:
—¿Qué fue?
—Que parece que alguien sacudió una alfombra encima de mi coche.
Jorge se asomó a la puerta con la taza del café en una mano y una galleta a medio morder en la otra y miró hacia la calle. Todos los coches, no solo el de ella, estaban cubiertos de una capa fina de polvo marrón recién traída del Sahara —solo para molestar— que alguien se encargó de repartir concienzudamente. Algo parecido al pan rallado —por si me lee alguien que aún no tenga el placer de saber lo que es—.
—Bueno —dijo él—, míralo por el lado bueno.
—¿Ya no tendrás que ir a comprar pan para las croquetas?
—No, mujer, que así no se ve el rayón que le hiciste ayer al coche.
Olga se asomó a la escalera y lo miró de reojo, calculando la distancia que habría desde allí hasta la puerta para saber si le merecía la pena el esfuerzo de tirarle la chola o si era mejor reservar las fuerzas para sobrevivir al resto del día.
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La calima tiene la capacidad de meterse en todas partes. Da igual si cierras puertas y ventanas de manera hermética, asfixiándote dentro de casa: el polvo acaba entrando tarde o temprano. Tiene la capacidad de meterse en cada una de las grietas del suelo, en las esquinas más recónditas de los muebles, en los pliegues de la ropa limpia y doblada tras las puertas del armario, en el vaso que acabas de fregar y, si te descuidas, hasta en el filtro de la cafetera.
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A media mañana, en el trabajo, Olga salió a por el desayuno. Error. En cuanto puso un pie en la calle, sintió que el aire la abrazaba con la sutileza de un papel de lija y que las lentillas se le llenaban de micropartículas que, normalmente, no usaban sus ojos como hábitat natural. Corrió hasta la cafetería entornando los ojos y agachando la cabeza, creyéndose protagonista de toda una escena bíblica.
A su lado, su compañera de batallas, Rocío, gritaba «¡ay Dios, que me voy a tener que tomar el aerosol otra vez!». Parecía una escena de película en la que ambas, o bien huyen de los periodistas cubriéndose el rostro, o bien intentan sobrevivir al fin del mundo.
—Mi niña, ¿cómo vas? —preguntó Olga.
—Aquí, respirando con orgullo.
—Yo tengo la garganta como si me hubiese tragado un puñado de arena de la playa.
Rocío asintió.
—Mi pobre perrita no va a querer asomarse hoy a la calle.
Dentro de la cafetería el ambiente era aún peor. Todos, excepto el camarero, tenían cara de pocos amigos, como si la calima fuera un problema personal. Las mesas estaban llenas de polvo y los clientes protestaban por querer sentarse dentro y no caber.
—Y que los pobres trabajadores tengan que aguantar a la gente…
—Yo los mandaba a todos a coger lapas a la marea —añadió Olga—, así de paso se dan un bañito y se limpian de malas energías.
Rocío soltó una carcajada tan fuerte que casi tira los cafés.
Al salir, vieron que ya habían empezado los mensajes y los memes en el grupo del trabajo.
Mari Carmen: ¿Por aquí parece que acaba de aterrizar un helicóptero en mi azotea?
Sabina: Yo acabo de fregar y ha quedado peor.
Mari Carmen: En el grupo de meteorólogos dicen que… ajo y gofio, digo, ajo y agua. Jajaja.
Jose: Esto seguro que fue culpa mía, que lavé el coche ayer y, siempre que lo lavo, viene la calima —otra verdad universal: si lavas el coche, o llueve o se te llena de tierra—.
Volvieron al trabajo despeinadas, asfixiadas y con dos cafés con sabor a barro. Dani las recibió con el teléfono en la mano.
—¿Qué tal fuera?
—Había menos polvo en la reforma de mi casa.
—Seguro que en un rato mejora, que yo tengo que ir al Hiperdino.
—Sí, claro. Y yo mañana me hago rica —respondió Belén desde detrás del ordenador.
Se hizo el silencio, uno de esos silencios en los que parece que todos andan inmersos en algún correo superimportante que requiere de toda la atención posible, hasta que Ana, la celadora que siempre sube a preguntar qué tal va la cosa, apareció con el móvil en la mano.
—La peña está subiendo fotos y vídeos de la calima y parecen películas apocalípticas.
—La mía se titula Muerte por asfixia —respondió Olga.
—Qué exagerada eres —dijo Jose riéndose—. Yo vi un meme donde ponía «Canarias, el paraíso en la tierra», nunca mejor dicho.
Dani soltó una risa desde el otro lado de la sala.
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En el fondo, la calima es un poco como la vida en las islas: imprevisible, intensa, incómoda a ratos, pero siempre es un motivo de risas y conversación universal. Porque no hay nada que una más a los canarios que una buena queja colectiva con base meteorológica, sobre todo últimamente.
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Ese mismo día, al caer la tarde, Olga observó desde su ventana cómo la vecina subía a la azotea a recoger la ropa que, ingenua ella, había tendido la noche anterior. Sus sábanas parecían tener una textura acartonada sospechosa y, mientras las sacudía, una nube pequeña de polvo se hacía más y más grande cada vez.
—Maravilloso —murmuró para sí—, ropa limpia al estilo desierto.
Olga sonrió pensando que la pobre vecina no tendría más remedio que guardarla así para volver a lavarla al día siguiente, mientras los demás seguirían subiendo fotos, memes hablando sobre la calima, coches sucios y frases de hartazgo con la misma pasión con la que luego presumen de clima ante los peninsulares.
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Porque aquí somos así: nos quejamos, sí, un montón y, además, con mucho arte. Pero eso sí, no permitimos que nadie de fuera venga a criticarnos el tiempo, las playas o la comida, porque nos sale la vena guanche defensora de lo nuestro y le cantamos la canción de Los Gofiones en un momentito.
***
—He tomado una decisión —le dijo Olga a Jorge.
—Sorpréndeme —contestó levantando la cabeza.
—Hasta que no se vaya la calima, no limpio más.
—Suerte… no a ti… a la calima.
Olga se echó a reír a carcajadas, perdiendo la cuenta de las veces que lo había hecho durante el día.
Fuera, el cielo seguía color café con leche. Dentro, el gato y el perro la miraban con cara de querer salir y no poder.
Menos mal que aún conservaba el humor que, en Canarias, es lo único verdaderamente impermeable al polvo.
