3 marzo 2026 3:32 am
La dichosa maquetita

Todo empezó con un correo inocente en la bandeja de entrada escolar: «Construir una maqueta de vuestra ciudad ideal con materiales reciclados para después comentarla en clase». La ciudad ideal de los niños, decía. Mentira. Aquello no era un trabajo para niños; era el inicio de los Juegos del Hambre versión padres.

De la noche a la mañana —como casi todo lo que nos vienen pidiendo desde primero de infantil—, lo que debía hacerse con una caja de zapatos, dos rollos de papel higiénico y un poco de imaginación con macarrones, se convertía en un proyecto de ingeniería urbana sostenible de un recién graduado. Escuchabas a las madres hablando de «acabados», padres buscando silicona caliente y motores… mientras los niños observando desde un rincón, preguntándose en qué momento su simple deber se había observaban desde un rincón, preguntándose en qué momento, una simple tarea de clase se había transformado en la final de los juegos olímpicos de invierno.

Mi hija lo único que quería poner en su ciudad era un parque, una heladería y una calle llena de flores. Pero no. Allí estábamos nosotros —porque no íbamos a ser menos— debatiendo si el ayuntamiento debía llevar paneles solares, si había espacio para un hospital y si el carril bici quedaba mejor con pajitas recortadas o dibujado a mano.

Solo espero que los niños sepan explicar ante la clase cómo sería su ciudad ideal —o la de sus padres— y no acaben suspendiendo porque, evidentemente, después de todo el trabajo que han hecho nuestros queridos niños, se merecen un sobresaliente —no vamos a admitir que la hemos hecho nosotros, pero tampoco dejaremos nos suspendan—.

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