La Tierra no siempre fue como la conocemos. Hubo un tiempo —antes de los nombres, de los mapas e, incluso, de que la empezaran a mirar con ojos humanos normales y corrientes— en el que, simplemente, era. Respiraba en silencio en mitad del universo, giraba tranquila, sin prisa, y guardaba en su interior grandes historias que aún no habían sido vividas.
Nadie la llamaba «Planeta Tierra». Nadie la dividía en continentes. Nadie creía poseerla. Y, sin embargo, ya sentía.
Hasta que, por fin, estuvo lista para dejar que llegaran a ella.
Primero, el agua encontró su propio camino, deslizándose suave pero insistentemente, rellenando cada grieta y hendidura; después, comenzó a brotar la vida.
Mientras tanto, ella se mantenía expectante, observando. Experimentando y sintiendo cómo, cada raíz, de cada árbol, la acariciaba por dentro en busca de su hueco, cómo cada criatura iba dejando una huella diferente sobre su piel.
Y le gustaba.
Con los años, aparecieron los humanos. Al principio eran pequeños y frágiles, casi invisibles en comparación con la inmensidad de los bosques y océanos. Se movían despacio, mirando a las estrellas con asombro y escuchando el viento… como si les evocara algún viejo recuerdo.
—Estos son diferentes —pensó la Tierra.
Y es que, en estos humanos, había algo que los hacía diferentes. Algo que ella no había visto antes.
Los años fueron pasando y, los humanos, fueron creciendo y evolucionando: construyeron, rompieron, reconstruyeron, destrozaron… Pusieron nombre a cada rincón, como si les perteneciera; se adueñaron de cada montaña que veían, poniendo límites; cada estrella visible, recibió un apodo; diseñaron diferentes lenguajes y levantaron barreras en mitad de la nada a las que llamaron «fronteras». Y con todo ello, se apropiaron del mundo entero.
Mientras la Tierra, seguía observando.
—Se han olvidado de lo más importante: escuchar —susurró una noche para sus adentros, al tiempo que empezaron a aparecer luces artificiales que brillaban más que las propias estrellas.
Algunos días, el dolor se volvía insoportable. No lo sentía como los humanos, ni lo manifestaba como ellos, con lágrimas y gritos, pero sí le causaba una presión profunda, lenta y constante que la hacía sentir cada vez más tensa. Como si algo dentro de ella estuviera a punto de estallar.
Los árboles comenzaron a caer, los mares a cambiar y el aire a volverse cada vez más contaminado. Y, aun así, seguía respirando.
—¿Por qué no los detienes? —preguntó el viento una tarde—. ¿Por qué los sigues protegiendo?
La Tierra guardó silencio unos segundos, los suficientes para tomar conciencia de la importancia de la respuesta.
—Porque, en el fondo, todavía sienten algo —respondió—. Aunque parezcan irrespetuosos, sé que todavía son capaces de recordar y cambiar.
El viento no lo entendió.
Una noche, en algún lugar del mundo en la cara amable del mundo, donde el sol brilla casi todos los días del año y la temperatura se mantiene agradable, una niña de siete años se tumbó en la hierba de su jardín. Miró al cielo, a las nubes con formas divertidas, respiró profundo y cerró los ojos, apoyando una mano sobre su pecho y otra contra el suelo.
—Estás viva, mi preciosa Pachamama —susurró.
La Tierra la sintió. Por fin alguien, entre tantos millones de pasos, de ruido y de prisas, la había escuchado. Y por primera vez en mucho tiempo, algo en su interior se relajó.
«No todo está perdido», pensó.
Y es que la Tierra no necesita ser salvada, ella es sabia. Solo necesita ser recordada como lo que siempre ha sido, como lo que siempre ha representado para los seres humanos: un hogar que se siente, un latido constante bajo nuestros pies, un susurro antiguo que espera, paciente y tranquila, a que alguien vuelva a escucharla, a sentirla.
Y mientras gira y gira, sin detenerse, alrededor del Sol, seguirá hablando a través del mar, del viento, del crujir de las ramas de los árboles… hasta que alguien, además de esa niña, la esuche.
