Historia De Un Romance Af Guadalupe
Historia De Un Romance Af Guadalupe
La Agrupación Folclórica Guadalupe presenta el espectáculo “Historia de un Romance” en la Villa de Moya

La Agrupación Folclórica Guadalupe presenta el sábado 31 de enero, a las 19:00 horas, en el Salón de actos de la Casa de la Cultura de la Villa de Moya, con entrada libre, su nuevo espectáculo “Historia de un Romance”, una propuesta escénica que combina música tradicional, narración e interpretación para recrear una historia de amor ambientada en los tiempos de nuestros abuelos.

Diseñado por su director, Misael Pérez, el espectáculo narra un romance a través de la música popular, donde las canciones tradicionales se entrelazan con la acción escénica para dar forma a un relato cargado de pasión, encuentros y despedidas. El repertorio abarca desde temas ampliamente conocidos como “Andrés, repásate el motor” o “El Teide en la nube gris”, hasta otras composiciones menos difundidas como “La luna bajo las ruinas del castillo” o “Sueños de fantasía”, ofreciendo al público un recorrido musical diverso y evocador. Cada melodía representa una etapa del amor —su nacimiento, su intensidad, sus silencios y su recuerdo— mientras los personajes, con humor, emoción y poesía, transmiten la esencia de los sentimientos populares presentes en cada verso y en cada nota.

“Historia de un Romance” será dirigida por Misael Pérez y Emeterio Perdomo y contará con la participación de la ACEDC Dragos y Laurel, así como la colaboración de Juan Bosco Arencibia, Noelia Perera y Aarón González, que enriquecen la propuesta con su aportación artística.

Este espectáculo cuenta con la colaboración imprescindible del Ayuntamiento de la Villa de Moya y del Cabildo de Gran Canaria, cuyo apoyo hace posible la puesta en escena de esta nueva producción de la Agrupación Folclórica Guadalupe.

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Julio Marino
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1º de Mayo: Cuando la historia interpela al presente

El Día Internacional de los Trabajadores no es una efeméride más. Es una fecha que, cada año, nos obliga a detenernos y mirar de frente una verdad incómoda: la historia del trabajo es la historia de un conflicto permanente entre quienes producen la riqueza y quienes la administran, la reparten o la acumulan. Esa tensión, lejos de ser un vestigio del pasado industrial, sigue definiendo buena parte de las dinámicas laborales del siglo XXI. Para entender la fuerza simbólica del 1º de Mayo hay que volver a Chicago, 1886. A una ciudad que hervía de fábricas, inmigración y desigualdad. A un movimiento obrero que, harto de jornadas de hasta 14 horas, decidió exigir algo tan básico como la jornada de ocho. La huelga, la represión, la revuelta de Haymarket y la ejecución de varios sindicalistas marcaron un punto de inflexión. Aquellos hechos no solo alumbraron una fecha: alumbraron una conciencia; la conciencia de que la dignidad laboral no se concede, se conquista. Más de un siglo después, el 1º de Mayo sigue siendo un espejo. Lo que refleja hoy es un paisaje laboral profundamente transformado, pero atravesado por tensiones que resultan inquietantemente familiares. La sombra de la precariedad La economía global ha cambiado de forma radical. La digitalización, la automatización, la transición ecológica y la reorganización de las cadenas de valor han reconfigurado el empleo; sin embargo, estos cambios no han venido acompañados, en todos los casos, de una mejora equivalente en las condiciones de vida de quienes trabajan. La precariedad se ha extendido como una sombra persistente: contratos temporales, jornadas parciales involuntarias, salarios que no acompañan el coste de la vida e incertidumbre permanente. La brecha salarial, especialmente para mujeres y jóvenes, sigue siendo una herida abierta. Además, la fragmentación del mercado —con trabajadores de plataformas, falsos autónomos y empleos intermitentes— ha debilitado la capacidad de negociación de amplios sectores. La paradoja es evidente: nunca se ha producido tanta riqueza, y nunca ha sido tan evidente que esa riqueza no se distribuye de forma equitativa. El desafío tecnológico: ¿Progreso para quién? La digitalización es uno de los grandes vectores de cambio. Puede mejorar la productividad y reducir tareas repetitivas, pero también puede convertirse en un instrumento de control e intensificación si no se regula adecuadamente. El teletrabajo, por ejemplo, ha demostrado su potencial para conciliar, pero también ha difuminado fronteras y extendido jornadas. Por su parte, la inteligencia artificial puede aumentar la eficiencia, pero también desplazar empleos o precarizarlos si no se acompaña de formación y protección. El 1º de Mayo obliga a plantear una pregunta esencial: ¿Progreso en qué condiciones? La tecnología no es neutral; su impacto depende de decisiones políticas, empresariales y sociales. Una llamada a la acción Desde una perspectiva institucional, este día recuerda que el Estado no puede limitarse a observar. Debe actuar y garantizar que el progreso económico se traduzca en progreso social. El diálogo social —entre gobiernos, sindicatos y empresas— no es un trámite, es una herramienta imprescindible para evitar que los cambios generen exclusión. Pero el 1º de Mayo también tiene una dimensión combativa que no debe diluirse. No es aceptable que la precariedad se normalice, ni que la juventud viva con menos expectativas que generaciones anteriores. No es aceptable que la tecnología se utilice para intensificar ritmos en lugar de mejorar la vida. Esta fecha no es nostalgia; es una advertencia. Una llamada a no dar por sentado lo que costó generaciones conquistar. Una invitación a construir un futuro donde el trabajo no sea un factor de vulnerabilidad, sino un pilar de dignidad. Porque la historia lo demuestra: cuando los trabajadores avanzan, avanza toda la sociedad. Y cuando retroceden, retrocedemos todos. ¡Qué cosas!