La Bajada del Tabique, una tradición que revive en las fiestas de Santa Rosa de Lima
La Bajada Del Tabique
La Bajada Del Tabique

El Grupo Arena, la Orquesta Panamaribe y Línea DJ con DJ Chechu pondrán música y ritmo a partir de las 21:00 horas

El barrio de Lanzarote, en Valleseco, se prepara para revivir este sábado 22 de agosto una de sus tradiciones más entrañables y cargadas de simbolismo: la XVII Bajada del Tabique, un acto que mantiene viva la memoria de la solidaridad vecinal en épocas de necesidad y que, con el paso de los años, se ha convertido en un homenaje a la historia compartida del municipio.

En el pasado, cuando la escasez formaba parte del día a día de muchas familias, vecinas y vecinos con pocos recursos recorrían a pie el camino hasta los cortijos de Cueva Corcho y Crespo, donde se elaboraban quesos. Allí aguardaban largas colas con lecheras y cacharras, con la esperanza de recibir un poco de tabique, los restos que quedaban tras el proceso de elaboración del queso.

Lejos de considerarse un simple sobrante, aquel tabique se convertía en un alimento de gran importancia para numerosos hogares. Lo que para unos era un resto de la producción, para otros suponía un recurso fundamental para alimentar a sus familias. En un gesto de generosidad, solidaridad y humildad, los ganaderos compartían lo que tenían con quienes más lo necesitaban, fortaleciendo un espíritu comunitario que ha perdurado de generación en generación.

Hoy, la Bajada del Tabique trasciende su carácter festivo para convertirse en un ejercicio de memoria colectiva. La tradición recuerda una época marcada por el esfuerzo y las dificultades, pero también por la capacidad de la comunidad para ayudarse mutuamente y afrontar las necesidades desde la unión y la solidaridad.

La jornada dará comienzo a las 17:00 horas, con la salida de la Bajada del Tabique desde el corazón del barrio, acompañada por la música de la Banda Guiniguada. El recorrido volverá a poner en valor los símbolos y las costumbres vinculadas a esta tradición, en una celebración en la que la participación vecinal desempeña un papel protagonista.

Desde la organización se anima a la población a participar portando la cacharra y la lechera de antaño, elementos que evocan aquel tiempo en el que el tabique constituía un recurso imprescindible para la subsistencia de muchas familias.

La celebración continuará a partir de las 21:00 horas con la tradicional Verbena del Tabique, que contará con las actuaciones del Grupo Arena, la Orquesta Panamaribe y Línea DJ, con DJ Chechu, en una noche de música, encuentro y baile popular.

La Bajada del Tabique se integra así en las fiestas en honor a Santa Rosa de Lima, recuperando año tras año una tradición profundamente arraigada en el barrio de Lanzarote y poniendo en valor unos recuerdos que forman parte del patrimonio inmaterial de Valleseco.

Más allá de la fiesta, esta celebración representa un reconocimiento a quienes, en tiempos difíciles, supieron compartir lo poco que tenían. Una historia de esfuerzo, dignidad y ayuda mutua que el barrio mantiene viva para las nuevas generaciones.

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Capitan Manuel Damía Guimerá
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Redacción NorteGranCanaria

Homenaje póstumo a mi amigo, colega y maestro, capitán Manuel Damía Guimerá

Ayer zarpó hacia su último puerto de destino, el Capitán Manuel Damiá Guimerá, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, por lo que hice un paréntesis en mis artículos de opinión diario, para dedicarle a él, que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, ésta, que nunca le conté, pero que estoy seguro que hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las contaba en el puente del buque Tajo, y me decía… ¡Julio esa es buena!  Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribe “Historias de la Mar. Ahí te va, para ti Manolo, convertida en artículo de opinión y homenaje póstumo, porque “los viejos lobos de mar”, sabemos que los capitanes como tú, que no se van del todo. Se quedan en la mar que nos enseñaron a querer. ¡Grande Manolo! Esta mañana como de costumbre, me senté delante de mí portátil, dispuesto a preparar la crónica de hoy viernes, y cuando ya prácticamente la tenía acabada, recibí un WhatsApp desde Castellón de mi buena y vieja amiga Isabel, esposa del también viejo y entrañable amigo, el Capitan Manuel Damiá Guimerá, a quien conozco desde que era Oficial Alumno de Puente y hacia mis prácticas en el buque Duero de la Naviera Pinillos, donde él ejercía de primer oficial. Luego acabada las practicas, me embarqué en un buque inglés y perdimos todo contacto, hasta que regresé a España y él al enterase que estaba buscando nuevo barco, me reclamó para el suyo, donde ahora era Capitan; El Tajo, de la misma naviera donde yo había hecho buena parte de mis prácticas de mar. Con él ingresé de tercer oficial, ascendí a segundo y luego a primero, hasta que la compañía me destinó a Tierra para sustituir, provisionalmente al delegado que existía en Las Palmas, ya que éste se iba de vacaciones.  Después de esto, ya no coincidimos en ningún otro barco, pero nuestra amistad perduró, a pesar de que apenas nos veíamos. Él era un fan de mis libros y publicaciones y yo desde que acababa uno nuevo, se lo hacía llegar Llevaba unos ya 18 años jubilado y ayer me comunicó su esposa qué, mi querido y admirado “Capitán Manuel Damiá Guimerá”, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, había   zarpado hacia su último puerto de destino.  Por lo que, automáticamente me detuve en el artículo que estaba escribiendo, para hacer uno distinto que pudiera dedicárselo a él, y en calidad de homenaje póstumo, recordando que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, y esta nueva, que nunca le conté, pero que estoy seguro que, hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las leía en borrador en el puente del buque Tajo y me decía… ¡Julio esa es buena!  Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribes de “Historias de la Mar”. Sabe bien amigo Manolo, que aquel libro, ya lo acabé y publiqué con mucho éxito, por cierto, pues ya van tres ediciones entre España y Sudamerioca.  Pero yo quiero contarte hoy otra nueva ,  que para que te entretengas mientras, en ese viaje que te llevará al Cielo junto al Todopoderoso, te entretengas una vez más leyéndome. Así que, ahí te va amigo Manolo. “El mes en que la mar me dejó varado… en el hielo” Hay recuerdos que regresan como una marea lenta: primero un olor, luego un ruido, después una imagen. Y cuando uno menos lo espera, ahí está de nuevo la juventud, llamando a la puerta como un viejo camarada que viene a tomar un café y a recordarte que la vida, pese a todo, sigue siendo hermosa. Hoy, mientras España navega entre temporales que parecen no escampar, me ha dado por rescatar una vivencia que nació en un ciclón y terminó siendo una historia cálida, casi tierna. Por ello quiero dedicarla a ti, que fuiste mi maestro, mi capitán y mi amigo, Manuel Damiá Guimerá, que ayer has emprendido tu última singladura.  “Ana: la primera vez que la muerte me miró a los ojos” Aquel viaje a Canadá comenzó con mal gesto. Nos cruzamos con el “ciclón tropical Ana” que, aunque ya venía subiendo por la costa Este de los Estados Unidos perdiendo fuelle, conservaba la “mala leche” suficiente como para recordarnos que la mar, cuando quiere, se convierte en un animal vivo. Mi barco tenía 150 metros de eslora, 30.000 toneladas, moderno, orgullos, pero se movía como si alguien lo hubiera agarrado por la quilla y lo estuviera sacudiendo para ver qué caía dentro. El viento no soplaba, “mordía como un perro de presa canario” que no quería soltarnos. Las olas no rompían: “caían como muro de piedra”. Y yo, joven tercer oficial de puente, descubrí que la muerte tiene cara… y que era “fea como el demonio”. Pero sobrevivimos. Y llegamos a nuestro destino, Canadá. Porque sabes bien que los marinos no navegamos; “resistimos”. Y porque yo llevaba en la cabeza las enseñanzas de aquel hombre que sabía leer la mar como otros leen un libro; el Capitán Guimerá. “Summer Side: cuando el océano se volvió piedra” Llegamos a “Summer Side”, en la Isla del Príncipe Eduardo, (Canadá) el 28 de diciembre. El termómetro marcaba –18 ºC, que ya es suficiente para que, a un canario como yo, se le congelaran hasta los recuerdos. Dos días después bajó a “–25 ºC”, y la bahía entera se convirtió en una lápida blanca. El barco quedó atrapado, inmóvil, prisionero del hielo como un juguete olvidado por un gigante distraído. La mar, aquella mar que días antes rugía como una fiera, ahora era un silencio absoluto. Un silencio que no se oía; se sentía. Allí estuvimos atracados “un mes entero”, sin podernos mover, esperando a que un rompehielos de la Armada canadiense viniera a rescatarnos. Un mes de frío, de rutinas suspendidas, de vida detenida… y de una sorpresa que aún hoy me hace sonreír.  Target: la flecha que