El Parque Eólico Municipal de Botija comienza a ser una realidad

El alcalde de Gáldar, Teodoro Sosa Monzón, ha visitado este miércoles las obras de instalación de los dos aerogeneradores del nuevo parque eólico municipal que se está ejecutando en Costa Botija promovido por el Ayuntamiento de esta ciudad y con el que espera generar 1,6 MW de potencia para verter a la red eléctrica.

El consistorio galdense adjudicó los trabajos de construcción a la empresa Elecnor por un importe de 2.865.939 euros, de los que 477.957€ serán cofinanciados a través de la Unión Europea con fondos Feder para proyectos que favorezcan el paso a una economía baja en carbono en entidades locales y el resto será financiado con fondos propios municipales, por lo que se espera amortizar la inversión en unos seis o siete años

Tras la cimentación de las bases de ambos generadores y la ejecución de las canalizaciones que conectarán el parque eólico con la red eléctrica, ya avanza la instalación de los dos molinos de 800 kW de potencia cada uno, que ya se pueden empezar a visualizar.

En su visita a las obras el alcalde destacó la importancia de esta inversión que afianza la política decidida en favor de las energías renovables y la buena imagen que se proyecta del municipio con una actuación de estas características

Cada molino tiene una altura de 89 metros, a la altura de la pala, con 24 m de longitud de pala y 48 m de diámetro de rotor.

Se trata además de un proyecto doblemente sostenible, ya que en el mismo lugar en el que se está llevando a cabo su construcción se concluyó hace unos meses con el sellado del antiguo vertedero de Botija, de donde se extrajeron unos 70.000 m3 de residuos que aún permanecían desde hace más de dos décadas en este paraje natural. Los trabajos concluyeron con la restauración paisajística y la repoblación de la zona con especies autóctonas.

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Antonio Cerpa Y Rodrigo Trujillo
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El Camellero y el Desierto

Los añorados ochenta del milenio pasado, esos mismos que los más veteranos del lugar recordamos con una visión distorsionada, cargándonos de imágenes y anécdotas que nuestras mentes empiezan a dibujar con trazos cada vez más idealizados e irreales, haciendo propio aquello de «cualquier tiempo pasado fue mejor», también contaban con desiertos culturales donde las oportunidades de manifestarse creativamente se antojaban más crudas que hoy en día. Ahora, las nuevas tecnologías y las redes sociales muestran oasis donde muchos —quizás más de los llamados— tienen la oportunidad de mostrar su talento y creatividad, o la falta de ambos. Aquellos duros desiertos de soledad y falta de oportunidades se intentaban paliar con mucho ingenio y pocos medios. Proliferaron los fanzines de todo tipo: algunos básicos, rayando el panfleto artesanal de fotocopias de instituto, y otros con una calidad que podía pasar por una publicación profesional. Eran los años de la Movida madrileña, que marcó muchas de las pautas de estas publicaciones artesanales. En nuestro archipiélago, «La Hormiga de Pan», en Tenerife, se dispuso a cruzar ese desierto árido que se plantaba delante de las inquietudes artísticas de los amantes del cómic; pero fue un auténtico Camello, en Gran Canaria, quien cruzó la playa de Las Canteras, las dunas de Maspalomas y cualquier arenal que se interpusiese en la creatividad de los jóvenes talentos de la isla. Había nacido «Un fanzín llamado Camello», fruto de la inquietud de algunos talluditos amantes del cómic. Destacaba como cabeza visible, siempre en un discreto segundo plano, Rodrigo Trujillo Rivero, amante del cómic clásico, profundo conocedor del medio y en contacto con muchos profesionales de la época. Gracias a él, en las páginas de Camello los aficionados del lugar tuvieron la oportunidad de codearse con profesionales de la talla de Alberto Manrique de Lara, Perera, Comas Quesada, Azpiri, Espallardo, Das Pastoras, Juan Giménez… Algunos de aquellos aficionados tomaron este fanzín como un banco de pruebas donde adquirir rodaje y experiencia artística que, de una manera u otra, les sirviera para su futuro deambular en el medio. Cabe recordar al madrileño Ramón Armas, que empezó su carrera en el número 7 con una estupenda portada y cuatro páginas a color, y luego continuó con una prolífica carrera en el cómic erótico; a Antonio Cerpa, sí, el que les habla, que publicó en el número 1 la primera adaptación al cómic de los famosos cuentos de Pepe Monagas, obra literaria original del escritor Pancho Guerra, que seguiría publicándose en la prensa local y años más tarde en volúmenes recopilatorios; o a Pipo Hernández, amante de la ciencia ficción reconvertido en artista multifacético, y a su hermano Alberto Hernández, que nunca tuvo la oportunidad de publicar en Camello por ser muy jovencito, pero que terminaría convirtiéndose en una de las firmas más sólidas del panorama profesional. Javier Núñez supuso el impulso de la parte moderna de la publicación. Relataba que el nombre del fanzín se le ocurrió mientras echaba profundas caladas a su marca de cigarrillos preferida, Camel, y que nada tenía que ver con otro tipo de camellos dedicados a actividades delictivas. Rodrigo Trujillo puso la coletilla definitiva con aquello de «Un fanzín llamado…», haciendo un guiño a la famosa película Un hombre llamado Caballo, estrenada a principios de la década de los setenta. Y es como he dicho: Rodrigo era un amante de los clásicos. Fueron entrañables años de camaradería artística entre jóvenes cargados de ilusión; recuerdos empañados de nostalgia, a golpes de refresco, en aquellas reuniones de la desaparecida cafetería Triana, hablando de cómics, enseñando páginas y dibujos. Hasta que, un mal día, agotado por la sobrecarga de la vida, por el peso del papel impreso o, peor aún, por el amargo sabor de la tinta china, nuestro camello, con trece fatídicos números en sus corcovas, dejó de caminar y ante nosotros se abrió nuevamente la sequedad del desierto infinito. Han pasado más de cuarenta años. Rodrigo Trujillo continuó durante ese tiempo con su callada labor de estudio, recuperación y publicación artesanal de obras clásicas del cómic, una labor impagable solo valorada por quienes saben apreciar las verdaderas joyas y el trabajo bien hecho. 0En los últimos años mi relación con él era puntual y, hace poco me enteré por su hijo que, en Noviembre del pasado año 2025, Rodrigo había partido con su camello hacia las dunas preñadas de estrellas. Sentí nuevamente la tristeza del desierto profundo. Se fue como siempre vivió: caminando de puntillas y descalzo para no hacer ruido. Él, que tanto sabía de zapatos y tantos vendió a lo largo de su vida; el amante del dibujo que, sin saber trazar una línea, tantos buenos consejos sabía dar en este campo; el amigo socarrón que contaba historias como nadie y del que tanto aprendíamos todos; el hombre culto que nunca presumió de su sabiduría y que tanto nos enseñó; el jinete, el camellero sin cuya guía aquel fanzín nunca hubiese sido lo que fue. Ahora estará en algún oasis a la espera de nuevas aventuras, compartiendo anécdotas con personajes de historietas y dibujantes que partieron antes que él, hablando de acuarelas con Alberto Manrique o con Comas Quesada, o de viñetas con el gran Azpiri. Suele ocurrir. «El púgil enmascarado», como le gustaba firmar sus artículos por su amor al boxeo, disciplina de la que fue entrenador, gustaba de preparar a todos en la sombra mientras reservaba para sí el eterno anonimato. Lo fue también en su labor cultural. Llegó a tener dos librerías especializadas en cómic en Las Palmas: Cuto y Nemo, clásicos siempre, como él mismo. Rodrigo Trujillo, entregado a sus aficiones culturales y a sus amigos, quienes no deberíamos olvidar nunca a aquellos que, por humildad, escogieron el anonimato y tanto bien hicieron amaestrando camellos que nos llevaron a oasis de esperanza. Va por tu recuerdo, Rodrigo.