LA METAMORFOSIS DEL TREPA 

La categoría personal, profesional, social o política no la otorga el desempeño de un cargo, aunque la parafernalia de las apariencias así lo pretende.

La validez o categoría precede a cualquier responsabilidad sea privada o pública, se enraíza en la trayectoria de cada uno, el camino que ha recorrido para llegar al lugar donde se encuentra. Mirando ese camino, ese recorrido, podemos calificar al personaje y la validez de lo que representa. Y los hay que lo valen y otros que dan pena. Entre estos últimos abunda el trepa.

El trepa carece de ideología, de principios y de valores, su única motivación es satisfacer sus intereses, generalmente, económicos y de notoriedad como remedios a sus complejos de inferioridad e inutilidad personal y social.

Una de las principales características del trepa es que utiliza a los demás para conseguir sus objetivos, pero cual tozuda suele ser la realidad, pues termina siendo utilizado para tapar las vergüenzas o los despropósitos de aquellos que le facilitaron el ascenso.

El servilismo y el trato empalagoso suele ser otra de sus características, es el veneno que estás víboras suelen inocular a sus presas para ocultar sus verdaderas intenciones, y aparentar lo que no son ni pueden llegar a ser, pues siguiendo con el símil del reptil, son auténticos encantadores de serpientes.

Los espejos no solo nos reflejan sino que en ocasiones nos interrogan, en este caso la respuesta está antes que la pregunta:

“Dime cómo has llegado y te diré quién eres”.

Mientras los partidos políticos actúen como agencias de colocación y de mejoras salariales, seguirán siendo el refugio del trepa, que primero como gusano, después como crisálida y por último como mariposa celebrará su metamorfosis como el mejor ejemplo que cuando no le sirve unos principios, valores, partido, familiares, amigos…, se adaptan y adoptan todo aquello que les sirve para alzar el vuelo en busca de su ambición, obviando, que corto es el camino y breve el éxito forjado a la sombra de la traición.

Cuando vemos que el trepa logra su sillón, sería conveniente formularnos la siguiente pregunta:

Estaría usted dispuesto hacer lo que ha hecho un trepa para llegar a tener un puesto en política?

Cuando llegue el momento de la caída, sus padrinos miraran para otro lado.

Feliz vuelo, que la caída te sea leve.

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Manolo Díaz
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Manuel Díaz García, el hombre que amasa pan, palabra y memoria en Juncalillo

El impulsor de Artebirgua Literario ha convertido su amor por Juncalillo en una obra cultural hecha con la misma paciencia con la que se elabora el buen pan: desde la raíz, con tiempo, entrega y verdad Hay oficios que se parecen más de lo que parece. Hacer pan y hacer literatura exigen paciencia, sensibilidad y una forma especial de mirar el mundo. En ambos casos hay que saber esperar. Hay que conocer la materia, respetar los tiempos y confiar en que aquello que se trabaja con las manos, con la memoria y con el alma acabará alimentando a otros. Manuel Díaz García lo sabe bien. En su vida, el arte de hacer pan y el arte literario no caminan por separado. Se entrelazan como dos maneras de servir a su gente. Una alimenta el cuerpo; la otra, el espíritu. Una nace de la harina, el agua y el fuego; la otra, de la palabra, la emoción y la memoria. Pero las dos comparten una misma esencia: el cuidado. Hablar de Manuel Díaz García es hablar de Juncalillo, de sus medianías, de sus caminos, de su gente y de esa manera silenciosa y firme con la que los pueblos conservan su identidad. Su nombre está unido de forma inseparable a Artebirgua Literario, un encuentro que ha logrado situar a este pago de Gáldar como referencia cultural en Canarias. Pero detrás de esa cita no hay solo una programación de actos. Hay una vida dedicada a amasar cultura desde abajo, con humildad, constancia y amor profundo por la tierra. Como quien prepara el pan antes de que amanezca, Manuel ha ido dando forma a un proyecto que necesitaba tiempo para crecer. Primero fue la idea, pequeña y luminosa. Luego vinieron el trabajo, las manos amigas, las voces invitadas, los encuentros, los versos, las conversaciones y la certeza de que Juncalillo podía convertirse en algo más que un lugar en el mapa. Podía ser también escenario, refugio y cumbre de la palabra. Artebirgua Literario tiene mucho de horno encendido. En él se reúnen escritores, poetas, artistas, investigadores y vecinos para compartir pensamiento, creación y memoria. Allí la cultura no se presenta como algo lejano ni reservado a unos pocos. Se sirve cercana, como el pan recién hecho, con el calor de lo auténtico y con la intención de alimentar a una comunidad que se reconoce en sus raíces. Manuel Díaz García ha sabido demostrar que los pueblos también pueden crear cultura con mayúsculas. Que no hace falta alejarse de la tierra para mirar al mundo. Al contrario, cuanto más honda es la raíz, más lejos puede llegar la palabra. Desde Juncalillo, su labor ha abierto caminos para que la literatura dialogue con el paisaje, con la tradición, con la música, con la pintura, con la historia y con las voces de todas las islas. Su amor por su pueblo está presente en cada gesto. No es un amor de discurso fácil, sino de presencia, de trabajo y de compromiso. Manuel no solo nombra a Juncalillo: lo proyecta. Lo defiende con hechos. Lo convierte en punto de encuentro. Lo muestra como un lugar capaz de acoger pensamiento, belleza y emoción. En sus manos, la cultura se parece al pan cuando se comparte: cobra sentido cuando llega a los demás. Quizá por eso Artebirgua emociona. Porque no nace de la prisa ni del artificio. Nace de una fidelidad. De la fidelidad de un hombre a su pueblo, a la palabra y a una forma de entender la cultura como alimento común. Cada edición parece recordar que la literatura también necesita levadura: personas que crean, que convocan, que sostienen y que creen incluso cuando el camino no es sencillo. En tiempos en los que muchas zonas rurales luchan contra el olvido, Manuel Díaz García ha levantado desde Juncalillo una propuesta cultural que habla de dignidad, identidad y futuro. Ha demostrado que la medianía no es margen, sino centro vivo. Que en los altos también se escribe, también se piensa, también se sueña y también se construye comunidad. Su relación con Artebirgua va más allá de la organización. Es una relación de alma. Como el panadero que conoce el punto exacto de la masa, Manuel ha sabido dar a este proyecto la textura necesaria: cercanía, profundidad, emoción y apertura. Ha unido tradición y creación, pueblo y Archipiélago, memoria y horizonte. Juncalillo ha encontrado en Manuel Díaz García una voz que lo amasa con ternura y lo eleva con orgullo. Y Artebirgua Literario, bajo esa mirada, se ha convertido en mucho más que un festival. Es pan compartido y palabra encendida. Es alimento para la memoria. Es la prueba de que, cuando la cultura se hace con amor verdadero, puede salir de un pequeño pueblo y alcanzar la altura de una cumbre.