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Veneguera: cuando el progreso se encalla por miedo a soltar amarras

Hay lugares donde el debate público parece vivir en un bucle eterno, como si la aguja del reloj se negara a avanzar. En Canarias, ese bucle tiene nombre, “Veneguera”.

Cada vez que aparece un proyecto turístico, cada vez que un inversor potente muestra interés, cada vez que surge la posibilidad de generar empleo y riqueza, se levanta la misma muralla de oposición, como si el progreso fuera un enemigo y no la tabla de salvación de un territorio que vive —literalmente— del turismo.

El colectivo ecologista “Salvar Veneguera” vuelve a la carga. Se manifestarán el día 24 ante el Cabildo Insular para protestar por unas obras en terrenos privados”, promovidas por una empresa privada, destinadas a la industria turística. Reclaman que todo el enclave sea protegido de manera absoluta, como si la isla pudiera permitirse el lujo de congelar su futuro en nombre de una pureza que, siendo hermosa, no alimenta a nadie.

 “La resistencia sistemática: un bloqueo que ya no es inocente”

Hay algo profundamente injusto en esta dinámica, y es el que, “cada vez que Canarias atrae inversión seria, aparecen las pegas, los vetos, las trabas, las denuncias, los recursos y las pancartas”. Como si no necesitáramos esa inversión. Como si la economía isleña fuera autosuficiente. Como si el turismo no fuera la única industria real que tenemos.

La pregunta es dura, pero inevitable… ¿Cuántas oportunidades más vamos a dejar escapar por miedo a que el territorio cambie?

Porque el territorio ya cambió. Cambió cuando nuestros abuelos tuvieron que embarcarse rumbo a Cuba. Cambió cuando nuestros padres hicieron cola para embarcar hacia Venezuela. Cambió cuando miles de canarios se vieron obligados a abandonar su tierra porque aquí no había trabajo, ni industria, ni futuro alguno.

Y ahora que sí tenemos una industria capaz de sostenernos, ahora que el turismo es la vela mayor que impulsa a Canarias, ¿Vamos a dejar que el inmovilismo vuelva a empujarnos hacia la emigración? ¿Vamos a repetir la historia por miedo a construir un hotel, un sendero, un mirador o un complejo turístico bien diseñado?

“Turismo sostenible: no es destruir, es integrar”

Los defensores “progres trasnochados y amantes   del no tocar nada”, suelen confundir conservación con parálisis. Pero el turismo sostenible” —turismo sostenible— no es una excusa para arrasar, sino una herramienta para integrar naturaleza y desarrollo” de forma inteligente, creando una simbiosis con la propia naturaleza de la isla.

Turismo sostenible significa: “intervenir con criterios técnicos”, no con ocurrencias; “regenerar el entorno”, no degradarlo; “controlar la carga turística, no saturarla; “garantizar empleo local”, no precariedad y por último, proteger lo esencial”, no convertirlo en un santuario intocable que condena a la población a la dependencia y al paro como en el siglo pasado.

La naturaleza puede convivir con el progreso. Lo que no puede convivir es con la pobreza y con la miseria que significaría la prohibición absoluta de todo loque se mueva.

 “La memoria de la emigración, es un espejo que algunos no quieren mirar”

Cuando uno escucha ciertos discursos, pareciera que Canarias fuera un parque temático de la intocabilidad, un decorado que debe permanecer igual que hace siglos. Pero quienes defienden esa visión suelen hacerlo desde la comodidad urbana, desde la seguridad económica, desde la distancia emocional de quien nunca tuvo que hacer maletas para sobrevivir.

Los canarios sí lo hicieron. Y lo hicieron porque “no había industria”. Porque “no había inversión”. Porque “no había oportunidades”.

Hoy, por primera vez en la historia, Canarias tiene una industria capaz de evitar esa tragedia; el turismo. Y, sin embargo, cada vez que aparece un proyecto, se le dispara con toda clase de la munición. Como si el progreso fuera un intruso. Como si la inversión fuera una amenaza. Como si las islas pudieran vivir de recuerdos y de romanticismo trasnochados.

Veneguera”: ¿Proteger o condenar?

Veneguera es hermoso, sí. Pero también es un espacio donde existe la “propiedad privada”, donde hay un municipio —Mogán— que vive del turismo, y donde la población necesita empleo, estabilidad y futuro y Canarias no es Cuba.

La pregunta no es si el territorio debe permanecer virgen. La pregunta es:

¿Puede Canarias permitirse que Veneguera siga siendo intocable mientras sus jóvenes buscan trabajo fuera?

La respuesta es clara: no.

Proteger no es prohibir. Conservar no es paralizar. Y amar la tierra no es convertirla en un museo sin vida.

Esa pregunta te la dejo a ti “ecologista irresponsable”, pero te pido que me la contestes, mirándole la cara a tu hijo, que espera crecer y tener una oportunidad de prosperar en su propia tierra, sin verse obligado a emigrar, como tuvieron que hacer sus abuelos y tantos otros canarios, donde me incluyo, porque, aunque marino mercante, en su día, no encontré un barco de bandera nacional, donde poder desarrollar mi profesión y me tuve que ir a buscar un barco de bandera inglesa. Aunque hoy reconozco que me sirvió de verdadera escuela de vida; pues con él me recorrí el mundo y aprendí, entre otras cosas, lo importante que es la patria; “la chica y la grande” y deja de llamarme “facha”, por esto que te digo, que “facha” es una cosa y “patriota”, que es por lo que me tengo, otra bien distinta. Claro que, si eres, o has sido alumno de la LOGSE, te va a costar entenderlo, pero tranquilo, que por ley natural hasta “esos” maduran y aprenden con el tiempo.

 

“Como conclusión, te digo convencido qué, Canarias no puede volver a embarcarse hacia la pobreza”

Los viejos lobos de mar decimos qué… “No está en manos del piloto dejar que el viento sople, pero siempre puede ajustar mejor las velas”. Pues es precisamente lo que necesita Canarias, “ajustar las velas del progreso”, y no amarrarse al muelle del inmovilismo, como prenden un manojo de románticos trasnochados, que no saben lo triste que es que tener que abandonar tu patria, para poder ganarte el pan.

Venezuela puede ser un ejemplo de cómo se hace bien, o de cómo se bloquea todo. Pero lo que no puede ser, es un símbolo de la parálisis que ya una vez nos obligó a emigrar.

Canarias merece futuro. Mogán merece oportunidades. Y Veneguera merece una intervención sostenible, inteligente y valiente y sin complejos.

Dicho lo anterior, te digo ecologista inconformista de todo, piénsatelo dos veces antes de acudir a esa manifestación del día 24 ante el Cabildo de Gran Canaria, con el lema “Veneguera no se toca”, y como decimos los mauros de Telde como yo, … “Puestos a pedir, puedes pedir también, pan, plátanos y perras pál cine, que el miércoles echan una del oeste y además es fémina en el Cervantes. Eso sí; las pulgas que agarres allí, van incluidas con la misma entrada, y los polvos ZZ para matarlas, los compas en la Farmacia de Don Gilberto Monzón, la que está en la plaza de San Gregorio.  Que el bueno de Castellano, siempre tan atento y servicial  te los sirve sin receta. Y no te me rías compadre, qué… ¡Casos se han dado!

¡Qué cosas!

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Antonio Cerpa Y Rodrigo Trujillo
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El Camellero y el Desierto

Los añorados ochenta del milenio pasado, esos mismos que los más veteranos del lugar recordamos con una visión distorsionada, cargándonos de imágenes y anécdotas que nuestras mentes empiezan a dibujar con trazos cada vez más idealizados e irreales, haciendo propio aquello de «cualquier tiempo pasado fue mejor», también contaban con desiertos culturales donde las oportunidades de manifestarse creativamente se antojaban más crudas que hoy en día. Ahora, las nuevas tecnologías y las redes sociales muestran oasis donde muchos —quizás más de los llamados— tienen la oportunidad de mostrar su talento y creatividad, o la falta de ambos. Aquellos duros desiertos de soledad y falta de oportunidades se intentaban paliar con mucho ingenio y pocos medios. Proliferaron los fanzines de todo tipo: algunos básicos, rayando el panfleto artesanal de fotocopias de instituto, y otros con una calidad que podía pasar por una publicación profesional. Eran los años de la Movida madrileña, que marcó muchas de las pautas de estas publicaciones artesanales. En nuestro archipiélago, «La Hormiga de Pan», en Tenerife, se dispuso a cruzar ese desierto árido que se plantaba delante de las inquietudes artísticas de los amantes del cómic; pero fue un auténtico Camello, en Gran Canaria, quien cruzó la playa de Las Canteras, las dunas de Maspalomas y cualquier arenal que se interpusiese en la creatividad de los jóvenes talentos de la isla. Había nacido «Un fanzín llamado Camello», fruto de la inquietud de algunos talluditos amantes del cómic. Destacaba como cabeza visible, siempre en un discreto segundo plano, Rodrigo Trujillo Rivero, amante del cómic clásico, profundo conocedor del medio y en contacto con muchos profesionales de la época. Gracias a él, en las páginas de Camello los aficionados del lugar tuvieron la oportunidad de codearse con profesionales de la talla de Alberto Manrique de Lara, Perera, Comas Quesada, Azpiri, Espallardo, Das Pastoras, Juan Giménez… Algunos de aquellos aficionados tomaron este fanzín como un banco de pruebas donde adquirir rodaje y experiencia artística que, de una manera u otra, les sirviera para su futuro deambular en el medio. Cabe recordar al madrileño Ramón Armas, que empezó su carrera en el número 7 con una estupenda portada y cuatro páginas a color, y luego continuó con una prolífica carrera en el cómic erótico; a Antonio Cerpa, sí, el que les habla, que publicó en el número 1 la primera adaptación al cómic de los famosos cuentos de Pepe Monagas, obra literaria original del escritor Pancho Guerra, que seguiría publicándose en la prensa local y años más tarde en volúmenes recopilatorios; o a Pipo Hernández, amante de la ciencia ficción reconvertido en artista multifacético, y a su hermano Alberto Hernández, que nunca tuvo la oportunidad de publicar en Camello por ser muy jovencito, pero que terminaría convirtiéndose en una de las firmas más sólidas del panorama profesional. Javier Núñez supuso el impulso de la parte moderna de la publicación. Relataba que el nombre del fanzín se le ocurrió mientras echaba profundas caladas a su marca de cigarrillos preferida, Camel, y que nada tenía que ver con otro tipo de camellos dedicados a actividades delictivas. Rodrigo Trujillo puso la coletilla definitiva con aquello de «Un fanzín llamado…», haciendo un guiño a la famosa película Un hombre llamado Caballo, estrenada a principios de la década de los setenta. Y es como he dicho: Rodrigo era un amante de los clásicos. Fueron entrañables años de camaradería artística entre jóvenes cargados de ilusión; recuerdos empañados de nostalgia, a golpes de refresco, en aquellas reuniones de la desaparecida cafetería Triana, hablando de cómics, enseñando páginas y dibujos. Hasta que, un mal día, agotado por la sobrecarga de la vida, por el peso del papel impreso o, peor aún, por el amargo sabor de la tinta china, nuestro camello, con trece fatídicos números en sus corcovas, dejó de caminar y ante nosotros se abrió nuevamente la sequedad del desierto infinito. Han pasado más de cuarenta años. Rodrigo Trujillo continuó durante ese tiempo con su callada labor de estudio, recuperación y publicación artesanal de obras clásicas del cómic, una labor impagable solo valorada por quienes saben apreciar las verdaderas joyas y el trabajo bien hecho. 0En los últimos años mi relación con él era puntual y, hace poco me enteré por su hijo que, en Noviembre del pasado año 2025, Rodrigo había partido con su camello hacia las dunas preñadas de estrellas. Sentí nuevamente la tristeza del desierto profundo. Se fue como siempre vivió: caminando de puntillas y descalzo para no hacer ruido. Él, que tanto sabía de zapatos y tantos vendió a lo largo de su vida; el amante del dibujo que, sin saber trazar una línea, tantos buenos consejos sabía dar en este campo; el amigo socarrón que contaba historias como nadie y del que tanto aprendíamos todos; el hombre culto que nunca presumió de su sabiduría y que tanto nos enseñó; el jinete, el camellero sin cuya guía aquel fanzín nunca hubiese sido lo que fue. Ahora estará en algún oasis a la espera de nuevas aventuras, compartiendo anécdotas con personajes de historietas y dibujantes que partieron antes que él, hablando de acuarelas con Alberto Manrique o con Comas Quesada, o de viñetas con el gran Azpiri. Suele ocurrir. «El púgil enmascarado», como le gustaba firmar sus artículos por su amor al boxeo, disciplina de la que fue entrenador, gustaba de preparar a todos en la sombra mientras reservaba para sí el eterno anonimato. Lo fue también en su labor cultural. Llegó a tener dos librerías especializadas en cómic en Las Palmas: Cuto y Nemo, clásicos siempre, como él mismo. Rodrigo Trujillo, entregado a sus aficiones culturales y a sus amigos, quienes no deberíamos olvidar nunca a aquellos que, por humildad, escogieron el anonimato y tanto bien hicieron amaestrando camellos que nos llevaron a oasis de esperanza. Va por tu recuerdo, Rodrigo.