Hubo un tiempo en que España no se limitaba a esperar el futuro: contribuía a construirlo.
El prestigio del país no descansaba únicamente sobre su historia, su cultura o su patrimonio. También se forjaba cada día en los astilleros, las fábricas, el campo, los talleres y los puertos. España producía, exportaba y competía. Confiaba en su capacidad para generar riqueza mediante el trabajo, el conocimiento y el talento propios.
Cada territorio ocupaba un lugar esencial dentro de aquella estructura económica. Barcelona se consolidó como uno de los grandes polos industriales del sur de Europa. Ferrol construía buques destinados a numerosos países. Vizcaya convirtió el acero en el motor de una potente industria. Andalucía hizo de su agricultura, especialmente del aceite de oliva, una referencia internacional. Castilla fue durante décadas sinónimo de cereal y vino. Galicia encontró en el mar una fuente de empleo, riqueza y proyección exterior.
Aquella diversidad no era únicamente geográfica. Constituía una amplia red productiva capaz de generar prosperidad, conocimiento y oportunidades.
También hubo empresas que simbolizaron esa ambición colectiva. Pegaso, Barreiros, Ebro, Derbi, Montesa, SEAT o Talgo representaban a un país que diseñaba, fabricaba y exportaba. Eran la expresión de una economía que aspiraba a competir en los mercados internacionales con productos propios y mayor valor añadido.
Aquel modelo, naturalmente, también tenía limitaciones. España nunca fue ajena a las crisis económicas, las reconversiones industriales o las desigualdades entre territorios. Sin embargo, existía una idea ampliamente compartida: buena parte del progreso dependía de producir más, producir mejor y hacerlo con un mayor componente de innovación.
Hoy, aquella convicción parece haberse debilitado.
La industria ha perdido peso dentro de la economía. El sector primario afronta costes crecientes, incertidumbre regulatoria y márgenes de rentabilidad cada vez más estrechos. La pesca intenta sobrevivir entre las restricciones, el envejecimiento de sus trabajadores y la falta de relevo generacional. Mientras tanto, miles de jóvenes altamente cualificados continúan buscando en otros países las oportunidades profesionales que no encuentran en España.
A ello se suman el crecimiento de la deuda pública y los sucesivos casos de corrupción, que han contribuido a erosionar la confianza de una parte de la ciudadanía en las instituciones.
Sería injusto atribuir esta situación exclusivamente a las decisiones adoptadas dentro de nuestras fronteras. La globalización, la deslocalización industrial, la revolución tecnológica y el aumento de la competencia internacional han transformado profundamente las economías de prácticamente todos los países desarrollados.
Pero sería todavía más equivocado utilizar esas transformaciones como excusa para eludir una pregunta incómoda: ¿qué modelo económico quiere construir España para las próximas décadas?
Las economías más sólidas no pueden sostenerse únicamente sobre el consumo y los servicios. Necesitan una base productiva capaz de generar innovación, empleo cualificado, inversión y autonomía estratégica. Necesitan empresas que investiguen, industrias que fabriquen, agricultores y ganaderos que mantengan vivo el territorio, pescadores que puedan seguir faenando, ingenieros que desarrollen nuevas tecnologías y emprendedores capaces de abrir mercados.
Porque los países rara vez entran en decadencia de un día para otro.
Comienzan a hacerlo cuando dejan de confiar en sus propias posibilidades. Cuando la ambición colectiva es sustituida por la resignación. Cuando producir deja de ser una prioridad, innovar se convierte en una excepción y el conformismo ocupa el lugar de la confianza.
España continúa contando con talento, empresas competitivas, universidades de prestigio, recursos naturales y una posición estratégica privilegiada entre Europa, África y América. El potencial sigue existiendo.
La cuestión ya no es si España puede volver a crecer con fuerza.
La verdadera pregunta, mucho más incómoda, es otra:
¿En qué momento dejamos de creer que podíamos hacerlo?
