A mis 74 años de edad, nacido en Telde y enamorado de mi tierra como el primer día que mis ojos vieron la luz, me veo en la inapelable obligación de alzar la voz. Lo hago movido por una realidad que me duele profundamente en el alma: Canarias sigue sin enseñar su verdadera historia a sus propios hijos. Y lo digo con la serenidad que otorga la perspectiva de los años, pero también con la firmeza inquebrantable de quien ha dedicado media vida a estudiar lo que otros, por comodidad o desidia, han preferido ignorar.
El peso del pasado y el fracaso de la democracia
Durante la dictadura de Franco, la obsesión centralista por la unidad nacional impidió que los pueblos de España conocieran y profundizaran en sus propias raíces. Eran tiempos oscuros, donde investigar la identidad regional corría el riesgo de interpretarse como una amenaza de separatismo. No lo justifico en absoluto, pero puedo llegar a comprender el rígido contexto surgido tras una cruel guerra civil.
Lo que resulta inadmisible —lo que ni entiendo ni acepto— es que, 47 años después de recuperada la democracia, las islas sigan huérfanas de un programa educativo serio. Un plan institucional que enseñe a nuestros niños, desde la infancia, quiénes fueron los antiguos habitantes de cada isla, cómo vivían, qué nombres grabaron en la piedra, qué lengua hablaban y qué legado imperecedero nos dejaron en custodia.
El problema actual no es solo que los escolares desconozcan la tierra que pisan. Lo verdaderamente grave, el síntoma de una enfermedad más profunda, es que muchos de los docentes en ejercicio tampoco la conocen, o la manejan de forma alarmantemente superficial.
Un ejemplo flagrante es el uso indiscriminado del término “guanche” para empaquetar a todos los aborígenes del archipiélago. Los guanches eran, única y exclusivamente, los habitantes originarios de la isla de Tenerife. Cada isla albergaba a su propio pueblo, con su propia denominación, su cultura y su particular organización social.
Generalizarlo todo bajo una misma etiqueta es sumamente cómodo para el burócrata, sí, pero es igualmente falso y destructivo. Es pretender repartir el mismo café diluido para todos. Cuando este error se enquista en las aulas y se repite curso tras curso, termina por convertirse en costumbre. Y la costumbre, indefectiblemente, deviene en olvido.
La pérdida del léxico y el desprecio institucional
Soy solo un humilde oficial de la marina mercante jubilado. He pasado décadas navegando por océanos y mares, y en la obligada soledad de esas largas travesías, me dediqué a estudiar con pasión la historia antigua de Canarias y nuestro léxico tradicional. De ese esfuerzo nacieron dos libros publicados sobre nuestro habla canaria, esa que, por desgracia, languidece un poco más cada día.
Estamos siendo víctimas de una colonización cultural y una contaminación lingüística, tanto anglosajona como peninsular, que avanza sin freno. Lo digo sin tapujos: ¡Cada vez que un canario emplea el vocablo “vosotros”, muere un baifo!
Desde que desembarqué definitivamente de los barcos hace ya catorce años, me he venido ofreciendo de manera totalmente altruista a impartir charlas, conferencias o clases semanales en los centros educativos. Jamás he pedido un solo euro a cambio. No busco palmaditas en la espalda, ni medallas, ni reconocimiento público; solo he pedido que se me permita compartir el conocimiento acumulado.
La respuesta de las instituciones —tanto del Gobierno de Canarias como de los distintos Cabildos— ha sido siempre idéntica: un silencio absoluto y sepulcral.
Quizá a la clase política actual, tan acostumbrada al intercambio de favores y facturas, le cueste digerir que alguien pretenda servir a su patria chica sin pedir nada a cambio. Les aseguro que algunos todavía funcionamos por amor al arte y a la tierra.
Para ilustrar el desprecio con el que se gestiona nuestra cultura, basta un botón: el último responsable político del Gobierno autonómico con el que logré hablar —gracias a la mediación de mi buena amiga, la diputada Sonsoles Martín— me despachó por teléfono tras dos semanas de esperas con una frase lapidaria: «Dese prisa en exponer su propuesta. Tiene dos minutos, porque estoy muy ocupado». Lo juro por Dios y por mi honor que fue así. Ante semejante falta de respeto, le colgué el teléfono de inmediato.
Afortunadamente, no todo está perdido en el panorama civil. Debo agradecer públicamente a Radio Aventura Siglo 21, en Telde, y a su director, Don Carmelo Martín, quienes me abrieron las puertas de par en par cediéndome una hora semanal de emisión ininterrumpida para desgranar la historia de Telde y de Canarias. Quienes conocen los costes de la radiodifusión saben el valor de ese gesto, más aún tratándose de una emisora que se mantiene por sus propios medios, sin las generosas subvenciones oficiales que alimentan a otros altavoces. Gracias, Don Carmelo, por apostar por lo nuestro y, como decimos por aquí: ¡Nunca las mañas pierda!
Un llamamiento directo a las aulas
Dado que los despachos oficiales permanecen cerrados a cal y canto por la soberbia política, he decidido romper amarras y dirigirme directamente a los profesionales que están a pie de cañón.
Me dirijo a los directores, directoras y maestros de los colegios de Canarias: Me ofrezco, de manera totalmente gratuita, a impartir una charla semanal o mensual sobre la verdadera historia de Canarias y su léxico tradicional durante las horas lectivas que consideren oportunas.
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Sin costes.
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Sin burocracia asfixiante.
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Sin sesgos ni intereses partidistas.
Es solo conocimiento compartido por amor a Canarias y un deseo firme de sembrar valores en las nuevas generaciones. Estoy dispuesto a desplazarme por los centros de Gran Canaria, e incluso a viajar a otras islas si se me facilitan los costes mínimos de desplazamiento aéreo y estancia. Mi único norte es que nuestros niños crezcan sabiendo quiénes fueron sus antepasados, porque la realidad histórica es radicalmente distinta a cómo se la están fabricando hoy en día.
Aún estamos a tiempo. Canarias no es, ni puede ser convertida, en un simple parque temático o en un mero destino turístico de sol y playa. Somos un pueblo con raíces milenarias y profundas, poseedor de una historia apasionante y de una identidad que exige ser conocida y respetada. Si no enseñamos de dónde venimos, terminaremos por extraviar el rumbo. Y un pueblo que pierde su memoria, pierde irremediablemente su alma y se convierte en un pueblo muerto. Eso es lo que está logrando el actual sistema educativo derivado de tantas reformas nefastas: moldear ciudadanos supuestamente «progresistas» en la superficie, pero alarmantemente indocumentados en el fondo.
Por todo ello, mientras me quede un soplo de aire en los pulmones, seguiré ofreciendo lo que sé. Espero que algún docente, algún director o directora que sienta el pulso de esta tierra con la misma intensidad que yo, decida abrirme la puerta que la administración me mantiene cerrada. Y un consejo previo: no intenten elevar esta propuesta a las altas esferas del Gobierno de Canarias; mucho me temo que obtendrán el mismo silencio por respuesta que yo he cosechado en los últimos catorce años.
A un viejo lobo de mar, a un maúro de Telde que lleva incrustadas las clacas y la sal marina en el cuerpo, no lo achica un politiquillo de tres al cuarto por muy consejero o viceconsejero que se titule. Podrán ignorar los escritos, pero conmigo pincharán siempre en hueso duro; un hueso curtido en mil temporales que, lejos de amainar, siempre supo mostrarle al temporal el pecho sereno.
¡Qué cosas!
