La energía ha sido, desde la Revolución Industrial, el motor silencioso que sostiene la economía global. Cada vez que ese motor se gripó —1973, 1979, 2008, 2022— el mundo entero sintió el impacto. Hoy, en pleno 2026, la pregunta vuelve a resonar con fuerza en los despachos y en las calles: ¿Realmente estamos entrando en la mayor crisis energética de la historia moderna?
La respuesta no es sencilla. No vivimos un shock puntual como el embargo petrolero de 1973, ni una disrupción localizada como la guerra del Golfo. Lo que enfrentamos ahora es una crisis sistémica: un punto de colisión donde confluyen tensiones geopolíticas simultáneas, dependencias heredadas del siglo XX, una transición verde que avanza a trompicones y un mercado global extremadamente volátil.
En este tablero, España, y muy especialmente Canarias, se encuentran en un punto crítico. Tenemos fortalezas evidentes, sí, pero también vulnerabilidades estructurales que podrían amplificarse de la peor manera si la situación geopolítica se sigue deteriorando.
Mirar atrás para entender el presente: El patrón del colapso
Para entender dónde estamos, conviene mirar el retrovisor. Las grandes crisis energéticas del último siglo comparten un patrón común e implacable: cuando la energía falla, todo lo demás se desmorona.
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1973 (El embargo petrolero): Los países árabes cerraron el grifo a Occidente. El precio del crudo se cuadruplicó. España, que dependía en un 80% del petróleo de Oriente Medio, entró de golpe en una dura recesión, arrastrando a Europa a una década de inflación y estancamiento.
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1979 (La Revolución Iraní): Otra escalada de precios que volvió a congelar las economías occidentales.
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2008 (La burbuja especulativa): El barril de crudo superó los 140 dólares. La economía española, ya tocada, sufrió una caída del 3,8% de su PIB en 2009.
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2022 (La invasión rusa de Ucrania): Cuando empezábamos a respirar tras años de vacas flacas —y de la casi bancarrota en la que nos dejó la gestión de José Luis Rodríguez Zapatero—, Vladimir Putin invadió Ucrania. Europa perdió de la noche a la mañana el 40% de su suministro de gas. España resistió mejor gracias a su red de regasificadoras, pero los precios eléctricos se dispararon a las nubes.
Hoy, entre 2024 y 2026, sufrimos una crisis de naturaleza distinta. No hay un único detonante, sino una acumulación de riesgos. Las tensiones en el Mar Rojo y el nuevo conflicto en Oriente Medio —alimentado por el regreso del «pistolero del lejano Oeste», Donald Trump, y la ofensiva bélica de Benjamín Netanyahu para asegurar sus propios intereses geoestratégicos— han vuelto a encender todas las alarmas en las rutas marítimas mundiales.
España resiste, pero con reservas para el corto plazo
Hay que ser justos: España llega a esta tormenta con una posición relativamente sólida en comparación con sus vecinos europeos. Aprendimos de los palos del pasado y diversificamos. Hoy importamos petróleo de más de 30 países y solo un 5% del crudo y un 2% de nuestro gas pasan por el estrecho de Ormuz, uno de los puntos más calientes del planeta.
Además, poseemos seis plantas de regasificación, lo que representa casi un tercio de toda la capacidad de la Unión Europea. Gracias a esta infraestructura, durante la crisis del gas ruso no sufrimos cortes ni racionamientos. ¡Ole mi España… y no tiene novio!
Por su parte, la Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos (CORES) mantiene existencias equivalentes a más de 90 días de consumo. De hecho, en este 2026, el Gobierno ya ha tenido que liberar 11,5 millones de barriles para estabilizar el mercado interno. Pero no nos engañemos: estas reservas son para apagar fuegos temporales, no para sobrevivir a un colapso prolongado del suministro global.
Y aquí es donde el panorama se complica. El 70% del petróleo que consumimos en el país va directo al transporte. Cualquier subida del crudo encarece la logística, la cesta de la compra, la movilidad y, de forma muy alarmante, el turismo.
Canarias: El gigante con pies de barro y la incomprensión de «pá fuera»
«Esa palabreja, la ‘insularidad’, que tanto nos cuesta explicarles a los peninsulares de ‘pá fuera’ y que nunca acaban de entender… ¡animalitos de Dios!»
Si España tiembla con el petróleo, Canarias sufre un terremoto. El turismo representa el 12% del PIB nacional, pero en el Archipiélago supera el 35% del PIB y sostiene la inmensa mayoría de los empleos. Somos un gigante económico, sí, pero con pies de barro, porque dependemos absolutamente del coste del transporte aéreo y de la estabilidad energética.
El combustible de aviación es el tendón de Aquiles de nuestra economía. Cuando el queroseno sube, Canarias tiembla. Ya lo vimos en 2022: el queroseno se disparó un 80%, los billetes se encarecieron y las aerolíneas empezaron a recortar las rutas menos rentables. En una crisis prolongada, el turismo de larga distancia (británicos, alemanes, nórdicos) simplemente se desplomaría. Y para un territorio sin alternativa de transporte terrestre, eso es una condena.
VULNERABILIDAD CANARIA (2026)
[Dependencia Exterior] ---------> 99% Combustibles importados
[Generación Eléctrica] ---------> +60% Basada en derivados del petróleo
[Motor Económico] --------------> 35% del PIB (Dependiente del Queroseno
La paradoja de la transición y la «perreta» del ecologismo de salón
Canarias quiere y necesita ser un territorio resiliente, pero a menudo los mayores obstáculos los tenemos en casa. Nos enfrentamos a la paradoja de ciertos sectores —esos «progres de salón» con camiseta del Che Guevara— que se oponen sistemáticamente a cualquier infraestructura estratégica.
Tienen la clásica y absurda «perreta» del No al turismo que deteriora, unida a campañas sistemáticas en contra del proyecto de almacenamiento hidroeléctrico de Chira-Soria, o la oposición a instalar placas solares en tierras mayoritariamente baldías y molinos de viento (tanto en tierra como en el mar) bajo el pretexto de no molestar al lagarto campestre.
Lo que parece que no les han explicado bien a estos activistas es la cruda realidad del Archipiélago:
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Importamos más del 99% de los combustibles que consumimos.
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Traemos de fuera prácticamente la totalidad de los bienes esenciales: alimentos, medicinas y materiales.
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En pleno 2026, más del 60% de la electricidad canaria se sigue generando con derivados del petróleo, y las islas menores dependen casi al 100% del gasóleo para encender sus bombillas.
La factura eléctrica en Canarias es infinitamente más sensible a los vaivenes de la geopolítica que la de la Península. Una crisis energética prolongada destruye el empleo, dispara el paro estacional y encarece la vida diaria a niveles insoportables. ¡Hasta la grifa que consumen algunos para evadirse de la realidad se les va a poner por las nubes! Deberían pensárselo dos veces antes de salir a la calle, silbato en boca y pancarta en mano, con consignas antisistema obsoletas más propias de trasnochados que de canarios preocupados de verdad por el futuro de su tierra.
¿Está el Archipiélago preparado?
Si hacemos balance, encontramos luces y sombras en nuestro horizonte:
Las Luces
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Renovables en marcha: Crecimiento acelerado de la energía eólica y fotovoltaica.
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Almacenamiento: Proyectos vitales como el de Chira-Soria en Gran Canaria para dar estabilidad a la red.
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Nuevos vectores: Un interés creciente por el hidrógeno verde en instalaciones como el Puerto de la Luz.
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Eficiencia: Mejoras notables en el consumo energético de la planta hotelera.
Las Sombras
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Dependencia del crudo: Seguimos atados al petróleo para la generación eléctrica base.
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Aislamiento: La falta de interconexión eléctrica entre la mayoría de las islas (por razones obvias de profundidad marina).
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Monocultivo: La extrema dependencia de un sector turístico hiper-expuesto al coste del queroseno.
Conclusión: La opinión de un viejo lobo de mar
España resiste, pero en Canarias se siente el temblor. No estamos al borde del colapso inminente, pero sí navegamos en un escenario de máxima tensión global.
Como viejo lobo de mar y maúro de Telde, les digo con total franqueza: no me gusta nada cómo caza la perrita. Ya estamos tardando en meter una marcha más. Necesitamos más renovables, más almacenamiento real, más diversificación de nuestra economía y una logística de resistencia.
El futuro de Canarias no depende de los caprichos del precio del barril de Brent, sino de nuestra capacidad para anticiparnos a un mundo inestable donde «pistoleros» y conflictos cruzados amenazan la paz y el comercio mundial.
Así que, compadre, como decimos en mi pueblo: lo mejor es ir preparándose y mandarnos a mudar con la caja de turrones a otra parte, porque tal como se está poniendo la fiesta en el tablero internacional, aquí no pintamos nada si no empezamos a valernos por nosotros mismos. ¡Oiga, qué casos se han dado… y qué cosas veremos!
